Mundo de ficçãoIniciar sessãoAlexander Morgan es el dueño soberbio y cruel de un imperio tecnológico en Los Ángeles. Un hombre sin empatía que acaba de despedir con desprecio a su secretaria, a la que ni siquiera llama por su nombre. Tras una jornada de humillaciones que llevan a Maya al límite, un accidente deja a Alexander inconsciente y con amnesia total. Al despertar, el magnate no recuerda su fortuna ni su propia arrogancia; solo ve a la mujer que lo asiste. Agotada de ser pisoteada, Maya ejecuta una venganza fría: aprovecha su confusión y le miente diciéndole que es su novia. Ella toma el control de su vida y de su intimidad metiéndose poco a poco en el corazón del millonario, pero mientras el deseo le gana a la razón, y el amor al odio, las cosas se saldrán de control y descubrirán que una mentira puede ser el inicio de una gran historia.
Ler mais—Martha, a mi despacho. Ahora.
Maya cerró los ojos un segundo. El aire se le estancó en los pulmones. No era Martha. Nunca lo había sido en los siete meses que llevaba sentada tras ese escritorio de cristal templado, pero para Alexander Morgan, las personas eran activos o interferencias.
Solo se aprendía los nombres de las personas que le interesaba, claramente ella, no era una de esas personas afortunadas.
Ella, claramente, era una interferencia necesaria para manejar su agenda.
Caminó hacia la puerta de madera maciza. Toco dos veces, nadie contesto como siempre, por ello ingreso.
Él no levantó la vista. Estaba inclinado sobre tres monitores que proyectaban ráfagas de datos en verde y blanco.
Alexander Morgan: Mandíbula de granito, camisa negra sin una sola marca de uso y una mirada que no buscaba ver personas, sino vulnerabilidades. Era una máquina. Guapo, de esa forma cruel que tienen las cosas que son perfectas y peligrosas a la vez. Como un algoritmo diseñado para destruir.
—Señor Morgan... —la voz de Maya salió pequeña, casi un hilo.
Él detuvo el tecleo. Un silencio denso cayó sobre la habitación. Alexander giró la silla lentamente. Sus ojos eran dos esquirlas de hielo que se clavaron en ella, desmantelando su timidez como si fuera un firewall de baja categoría.
—Llegas tres segundos tarde, Martha —soltó él. Su tono era plano, desprovisto de cualquier rastro de humanidad—. Y tu respiración es errática. Si no puedes controlar tus pulmones, dudo que puedas controlar mi correspondencia de hoy.
Maya apretó los dedos contra el muslo. Quería corregirlo. Quería decir "Me llamo Maya", pero la frialdad de ese hombre operaba como un inhibidor de voluntad.
—Lo siento, señor —logró decir, bajando la mirada al suelo de mármol.
—No me sirven los remordimientos, me sirve la eficiencia —él extendió una carpeta de piel negra sin mirarla—. Esto es el protocolo de seguridad para el servidor de Frankfurt. Léelo, tradúcelo al ruso y tenlo en mi mesa antes de que termine el café.
El es quien sabe ruso, no entendió porque se lo pedía a ella.
—Pero... yo no hablo ruso, señor Morgan.
Alexander se reclinó en su asiento. Una sonrisa mínima, carente de calor, asomó en la comisura de sus labios.
—Entonces aprende en el camino a la cafetera. Sal de aquí.
—De acuerdo, señor —respondió Maya, tragándose el nudo de amargura que le raspaba la garganta.
Dio media vuelta. Su mente ya estaba visualizando el impacto de la carpeta de piel negra estrellándose contra la nariz perfecta de Alexander Morgan. Pero el metal de su voz la detuvo en seco.
—Espera, Martha.
Maya se congeló. No se giró de inmediato, temiendo que su expresión la delatara.
—Mírame —ordenó él.
Ella obedeció, girando lentamente. Alexander se puso de pie, rodeando el escritorio con la parsimonia de un depredador que analiza una presa defectuosa. Se detuvo a escasos centímetros. El olor a sándalo y metal frío que emanaba de él era asfixiante y eso a ella, siempre lograba que el corazón se le acelerara.
—Tienes los ojos rojos —sentenció, escaneando su rostro con una frialdad técnica—. ¿Te drogas?
El impacto de la pregunta la dejó sin aire. El miedo reemplazó a la furia. Maya negó frenéticamente, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas. No eran drogas; era el vacío que dejó su gato al morir la noche anterior.
—No, señor... yo no me drogo. Lo que pasa es que mi...
—No me interesa —la cortó él, volviendo a su silla como si ella fuera un mueble que acabara de perder su valor—. Llama a la joyería Lumière d'Étoile, en Wilshire Boulevard. Habla con la dependiente, Clara. Ella tiene los detalles del collar para Stefany.
Maya asintió mecánicamente. Stefany. La mujer del mes. La que recibía joyas mientras ella recibía humillaciones y el nombre equivocado.
—Hazlo ahora —añadió él, ya sumergido de nuevo en sus monitores.
Maya salió del despacho maldiciéndolo entre dientes. "Imbécil", susurró para sí misma mientras marcaba el número de Los Ángeles. "Autómata sin alma".
El tono de llamada sonó tres veces antes de que una voz profesional respondiera.
—Lumière d'Étoile, buenas tardes.
—Buenas tardes. Habla la secretaria de Alexander Morgan. Quisiera hablar con Clara, por favor.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Maya escuchó el tecleo de una base de datos.
—Lo siento, señorita, aquí no trabaja nadie llamada Clara.
Maya frunció el ceño.
—Es imposible. Mi jefe estuvo ahí personalmente. Se trata de un collar para la señorita Stefany. Él coordinó los detalles con una mujer...
—Ah, entiendo —la interrumpió la voz, ahora más amable—. Se refiere a Claris. Soy yo. El señor Morgan suele tener problemas con los nombres que no considera... relevantes para su sistema de seguridad.
Maya apretó el auricular con fuerza. Era de esperarse. El gran Alexander Morgan borraba la identidad de todo aquel que no fuera una pieza clave en su tablero de poder.
—Claris, entonces —dijo Maya, sintiendo una punzada de solidaridad invisible con la mujer al otro lado del teléfono—. Dígame los detalles del collar. Mi jefe no tiene mucha paciencia hoy.
Maya mantenía el auricular presionado contra la oreja, mientras su dedo índice navegaba frenéticamente por el sitio web de la exclusiva joyería Lumière d'Étoile. Claris, la dependiente, seguía en línea, esperando.
—Aquí está —susurró Maya. La imagen se cargó en su monitor.
Maya observó la joya en la pantalla. No era un adorno, era un arma de luz. Una cascada de diamantes fríos sobre platino que terminaba en un colgante con forma de copo de nieve geométrico. Era masivo, pesado y carente de cualquier calidez. Una pieza diseñada para exhibir poder, no afecto.
—¿Lo visualiza, señorita? —la voz de Claris rompió su trance.
—Sí. El "Cœur Glacé".
A Maya le encantaba las joyas tambien.
—Exacto. El precio, como coordinó el señor Morgan, es de cuatrocientos ochenta y cinco mil dólares. El pago debe procesarse de inmediato para el envío asegurado.
Casi medio millón de dólares. Maya contuvo el aliento. Esa cifra equivalía a años de su salario, gastados en un capricho para una mujer que Alexander probablemente olvidaría en un mes. Con manos temblorosas, Maya comenzó a ingresar los datos de la tarjeta corporativa negra de Morgan.
Estaba a mitad del proceso de verificación cuando la pesada puerta de del ascensor se abrió. Maya no levantó la vista de inmediato, concentrada en los números de la tarjeta, pero el aroma a sándalo y un perfume mucho más cálido y cítrico inundó el aire.
—Por favor, espere un momento, Claris.
Era Agustin, amigo de su estúpido jefe.
—Hola, preciosa —dijo Agustín, con una sonrisa perezosa que no llegó a su mirada depredadora. Tenía ese aire de los que nunca han conocido un "no"—. ¿El ogro está en su cueva?
Maya asintió, su timidez activándose al máximo ante la presencia de tanto poder y belleza.
—Sí... el señor Morgan está en su despacho.
—Gracias, hermosa.
Agustín no esperó a que ella lo anunciara. Caminó hacia la puerta maciza del despacho, sus movimientos fluidos y seguros.
Maya terminó de procesar el pago. La confirmación de la compra del "Cœur Glacé" apareció en la pantalla. Cuatrocientos ochenta y cinco mil dólares menos en la cuenta corporativa. Se puso de pie, enderezando su falda, lista para entrar al despacho y confirmar el envío.
Caminó hacia la puerta de madera, que Agustín había dejado entreabierta. Iba a llamar, pero la voz de Alexander, más fría que de costumbre, la detuvo.
—...y por eso le di el protocolo de Frankfurt —estaba diciendo Alexander.
—¿El protocolo? —la voz de Agustín sonaba divertida—. Alexander, ese documento es un laberinto legal incluso en inglés. ¿Por qué se lo diste a Martha?
—Porque es una prueba, y se que va a fracasar y tendré un motivo para despedirla.
Él no parpadeó. La frialdad habitual regresó a su rostro como una máscara de hierro, ocultando el caos que hervía en su cabeza. Sostuvo el teléfono con firmeza, alejando ligeramente la cara de Stefany para crear una barrera.—Es Martha —respondió Alexander, con una voz tan seca que cortaba el aire—. Solo me equivoqué. El golpe en la frente me tiene disperso, eso es todo.Stefany entornó los ojos, buscando una grieta en su mentira, pero Alexander ya estaba presionando el teléfono contra su oreja, dándole la espalda de forma sutil.—¿Qué pasa, Martha? —dijo él por el auricular, remarcando el nombre falso mientras clavaba la mirada en el vacío del salón—. Te dije que no me molestaras a menos que fuera una emergencia de seguridad.Al otro lado de la línea, el silencio de Maya fue casi cínico. Ella sabía perfectamente que él estaba mintiendo para salvar el pellejo frente a su novia, y esa posición de poder le encantaba.Alexander apretó el auricular, sintiendo la mirada inquisitiva de Stef
Alexander salió de la ducha dejando un rastro de vapor en el vestidor. Se tragó un par de pastillas con el agua que la empleada le había dejado sobre la cómoda y se quedó frente al espejo, inspeccionando el hematoma que coronaba su frente. El golpe tenía un tono violáceo que contrastaba con su expresión de pocos amigos.En ese momento, la puerta se abrió sin previo aviso. Emma, su hermana menor, entró con esa energía caótica que siempre lograba sacarlo de sus casillas. Se detuvo en seco y soltó una carcajada que resonó en toda la habitación.—Cuando la empleada me dijo que tenías un chichón de caricatura en la frente, no lo creí —dijo Emma, acercándose para verlo de cerca con una sonrisa burlona—. ¿Qué te pasó, hermanito? ¿Te peleaste con una puerta o finalmente el karma te dio un puñetazo?Alexander no se inmutó. Se aplicó su perfume, dejando que el aroma a madera y cuero llenara el espacio, y se ajustó el reloj con movimientos precisos.—No te importa —soltó él, con una voz gélida.
La tradición de los viernes era sagrada. En dos años, ni Maya ni Camila habían faltado a su cita con el alcohol y el desahogo mutuo. El ritual servía para purgar la toxicidad de la oficina antes de que el fin de semana les permitiera respirar.El taxi se detuvo frente al edificio de Maya, en una zona que le costaba más de lo que su sueldo de secretaria debería permitir, pero era su inversión, su refugio. Camila, antes de bajar, la miró con pragmatismo.—Sabes que, si quieres, puedes contar conmigo para sacarte un buen auto —le soltó Camila—. Uno bueno te ahorra problemas y dinero en transporte.Por culpa de su jefe, su estúpido auto se daño y el arreglo vale un platal que ella no se puede permitir.—No me lo puedo permitir, Cami —respondió Maya secamente—. Pago este apartamento para que sea mío algún día. El esfuerzo se va aquí.Camila asintió, pero no se quedó callada. Ella siempre tenía una solución bajo la manga.—Te comprendo, amiga. Pero si quieres, puedo recomendarte un trabajo
El ambiente en el bar era denso, saturado de música baja y el aroma a ginebra que emanaba del vaso de Camila. Maya no era la única que necesitaba anestesia esa noche; su amiga sostenía su copa con la misma urgencia con la que se aferraba a los chismes de la oficina.Camila casi escupe el trago sobre los expedientes de Recursos Humanos que había llevado para seguir trabajando en casa. Se echó hacia atrás en la silla, mirando a Maya como si le hubieran salido dos cabezas.—¿Tú hiciste qué? —soltó Camila, dejando el vaso de ginebra con un golpe seco sobre la madera maltratada—. Maya, dime que es el delirio por el golpe de calor. Me pediste que te ayudara a traducir ese documento al ruso en tiempo récord porque era "de vida o muerte" para el jefe, y ahora me sales con esto.Maya no respondió de inmediato. Se empinó el chupito de tequila sin asco. El ardor en la garganta le supo a gloria, a pura justicia líquida. Dejó el vaso vacío sobre la mesa, encogiéndose de hombros porque ahora mas qu
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