Mundo ficciónIniciar sesiónMAYA
El aire en el despacho de la planta 42 era tan denso que se podía cortar con un bisturí. Alexander Morgan estaba sentado tras su escritorio de ébano, impecable, con las manos entrelazadas sobre la superficie pulida.
—Estás despedida —soltó Alexander. La frase cayó como una guillotina de hielo.
Maya, que aún temblaba y sentía el ardor de sus rodillas raspadas bajo la falda destrozada, parpadeó aturdida. Las lágrimas, que habían estado contenidas por la adrenalina, empezaron a desbordarse, trazando surcos limpios sobre su rostro manchado de polvo.
—¿Despedida? —susurró ella, con la voz quebrada.
—Sí, Marta, tal como lo oíste. Estás despedida por incompetente. Acabo de perder un negocio de miles de millones de dólares por tu culpa. Tu retraso de quince minutos fue la firma de tu sentencia. No permito que el caos de la vida personal de mis empleados infecte mi rendimiento corporativo.
Maya sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Todo el esfuerzo, la carrera desesperada cuesta abajo, el acoso del tipo de la camioneta, el dolor físico y la humillación pública en la cafetería... todo para terminar así. Dio media vuelta, destrozada, con los hombros hundidos. Caminó hacia la puerta de madera maciza, sintiendo el peso de un mundo que parecía diseñado exclusivamente para aplastarla. Pensó en su gatita muerta, en su departamento vacío, en su cuenta bancaria en rojo y en este hombre que la trataba como si fuera basura reciclable.
Pero justo cuando su mano tocó el pomo de la puerta, algo en su interior hizo clic. No fue un pensamiento lógico; fue una explosión. Una rabia volcánica, alimentada por meses de silencios y humillaciones, le recorrió la columna vertebral.
Se giró con una violencia que hizo que sus cabellos desordenados azotaran su rostro.
—¿Sabe qué? —su voz ya no era un susurro. Era un rugido que hizo que Alexander levantara la ceja, sorprendido.
—Vete, Marta. No hagas esto más patético de lo que ya es —dijo él con fastidio.
—¡MI NOMBRE NO ES MARTA, JODER! —gritó Maya, y el impacto de su grito pareció hacer vibrar los cristales del despacho—. ¡ES MAYA! ¡M-A-Y-A! Llevo siete meses sentada ahí fuera, rompiéndome la espalda por usted, y ni siquiera se ha tomado la puta molestia de leer cuatro letras en mi expediente.
Alexander se puso de pie, su figura alta y amenazante recortada contra el ventanal. Una sombra feroz cruzó su mirada al ver que su "ratita tímida" finalmente mostraba los dientes. Pero Maya no se detuvo. Caminó hacia el escritorio y, con una fuerza que no sabía que poseía, le dio un golpe seco a la mesa con la palma de la mano. El estruendo resonó en toda la oficina.
—¡Es usted un hombre cruel! —le espetó, señalándolo con un dedo que temblaba de furia, no de miedo—. No tiene idea de lo que pasé hoy. Se me dañó el auto, tuve que correr por las colinas hasta sangrar por las rodillas. ¡Un desgraciado se propasó conmigo en una camioneta, me tocó las piernas y quería más porque me vio indefensa! Me duele cada centímetro del cuerpo por intentar salvarle su maldito negocio, ¿y lo único que recibo son sus humillaciones? ¡Es usted un desgraciado!
Alexander la observaba, impactado. Por primera vez en su vida, no veía a la secretaria mediocre; veía a una mujer envuelta en llamas. Algo oscuro y primitivo se despertó en su interior al ver que ella no tartamudeaba. Sus palabras eran dardos precisos.
Y eso, lo excitaba.
—Usted es la peor persona que he conocido en mi vida —continuó Maya, sollozando de rabia—. El incompetente es usted, que no puede manejar su propia vida sin una novia que le exige despedir gente para complacer a sus amigas. ¡Es un títere de traje caro!
—¿Ya terminaste de desahogarte? —preguntó Alexander, recuperando su máscara de frialdad, aunque sus ojos ardían—. Ahora te puedes ir. Y te aseguro que, después de este espectáculo y de la forma en que me has hablado, no vas a recibir ninguna recomendación. No volverás a trabajar ni en una tienda de abarrotes en esta ciudad.
—¡Sabe qué! ¡Muérase! ¡Váyase al infierno con su dinero y su arrogancia! —Maya estaba fuera de sí. El dolor de su cuerpo y el vacío de su alma se concentraron en un solo punto.
—Muy bien, Marta, gracias por tus buenos deseos —dijo él, con una sonrisa sádica, usando el nombre falso solo para herirla una última vez—. Ya te puedes ir.
—¡QUE MI NOMBRE ES MAYA, JODER!
En un acto reflejo, Maya buscó algo en el escritorio para lanzarle. Su mano se cerró alrededor del pesado cenicero de cristal tallado que Alexander usaba para sus puros caros. Lo lanzó con toda la fuerza de su desesperación, sin apuntar, solo queriendo destruir algo de la perfección de ese hombre.
El proyectil voló por el aire. Alexander, que no esperaba que ella se atreviera a tanto, no llegó a esquivarlo por completo. El cristal impactó con un golpe seco y sordo justo en el centro de su frente.
Alexander Morgan se tambaleó. Sus ojos se pusieron en blanco por un segundo antes de que sus rodillas cedieran. Cayó pesadamente sobre la alfombra, golpeando el suelo con un ruido que a Maya le pareció el fin del mundo.
El silencio que siguió fue absoluto.
—¿Señor? —Maya dio un paso atrás, el aire escapándose de sus pulmones—. ¿Alexander?
El pánico reemplazó a la furia en un nanosegundo. Corrió rodeando el escritorio y se arrojó al suelo junto a él. Alexander estaba inconsciente. Un chichón violáceo empezaba a inflamarse en su frente, justo encima de sus cejas perfectas.
—¡Oh Dios mío, no! ¡Alexander! —le tocó la cara con sus manos aún sucias. La piel de él, normalmente fría, se sentía extrañamente cálida contra sus dedos—. Por favor, despierte... ¡Señor Morgan!
Maya estaba aterrorizada. Lo había desmayado. En su intento por defender su dignidad, acababa de noquear al hombre más poderoso de la ciudad. Mientras le acariciaba el rostro buscando alguna señal de vida, se dio cuenta de lo vulnerable que se veía Alexander así, sin su armadura de arrogancia, con ese bulto creciendo en su frente.
—Maldita sea, Maya... ¿qué has hecho? —se preguntó a sí misma en un susurro, mientras el corazón le latía tan fuerte que temía que se le saliera por la boca.
Maya sentía que el mundo giraba en una espiral de pánico. Pero Antes de ser la secretaria invisible de Morgan, Maya había estudiado enfermería; recordaba los protocolos, los signos vitales, la urgencia de la respuesta pupilar.
—Alexander, mírame... —susurró, olvidando por completo que lo odiaba hace apenas dos minutos.
Buscó desesperadamente en el mueble bar del despacho y encontró un frasco de sales que Alexander guardaba para sus invitados tras largas noches de negociaciones. Lo destapó y lo pasó con cuidado bajo la nariz de su jefe. El olor penetrante hizo que Alexander soltara un quejido profundo.
Sus párpados vibraron. Maya contuvo el aliento, con el corazón martilleando contra sus costillas. Cuando Alexander finalmente abrió los ojos, Sus pupilas estaban dilatadas.
Él parpadeó varias veces, enfocando la figura que lo sostenía. Maya estaba despeinada, con la blusa rota y las mejillas sucias, pero la luz del atardecer que entraba por el ventanal la envolvía en un aura casi mística.
—¿Quién... quién eres tú? —preguntó Alexander.
Maya se quedó petrificada. El golpe del cenicero había hecho más que dejarle un chichón en la frente; parecía haber borrado el disco duro del hombre más despiadado de Los Ángeles.
—¿No... no sabe quién soy? —preguntó ella, aturdida.
Alexander extendió una mano temblorosa y, con una delicadeza que Maya nunca habría creído posible, rozó su mejilla sucia.
—No lo sé —respondió él, sin apartar la vista de sus ojos—. Pero eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
El aire se escapó de los pulmones de Maya. Ahí estaba él, el hombre que la había llamado "gorda", "incompetente" y "Marta", mirándola como si fuera una divinidad caída del cielo. La rabia por el despido, el dolor de sus rodillas y la sed de venganza se mezclaron en su mente en una fracción de segundo.
Maya tragó saliva. El vacío de su futuro y la oportunidad de oro bailaron frente a sus ojos. Si él quería una identidad, ella le daría una que él jamás olvidaría.
—Soy tu novia —soltó Maya, con una seguridad que la sorprendió a ella misma—. Soy Maya, Alexander... y nos amamos profundamente.







