CAPITULO 2. LA PRUEBA 2

Un silencio espeso cayó. Maya aguzó el oído, su corazón martilleando contra sus costillas.

—¿Una prueba de qué? —preguntó Agustín.

—Le ordené que lo tradujera al ruso y lo tuviera en mi mesa antes del almuerzo —dijo Alexander, y Maya pudo sentir la sonrisa despiadada en su voz—. Ella no sabe ruso. Lo sé perfectamente. Si lo entrega con un solo error de contexto o peor aún, si usa un traductor automático y arruina la terminología técnica, la despido por incompetencia. Es simple darwinismo corporativo. Si no es lo suficientemente útil para aprender un idioma bajo presión en dos horas, no me sirve.

Maya se quedó petrificada. El frío del pasillo parecía filtrarse por sus poros. No era solo una prueba; era una emboscada diseñada para ejecutar su carrera.

—¿Por qué quieres deshacerte de ella realmente? —la voz de Agustín sonaba curiosa, casi divertida—. Lleva meses aquí y no ha quemado el edificio.

—Stefany —respondió Alexander con un tono de fastidio—. Su última rabieta incluye colocar a una de sus amigas en la empresa. La mujer está en problemas, es secretaria y, según su historial, es impecable. Necesito el puesto vacío para mañana.

—¿Y Martha no es buena? —preguntó Agustín.

Alexander soltó un bufido despectivo. Maya pudo imaginarlo reclinado en su silla de cuero, despreciando su existencia con un simple gesto.

—Es un desastre. Es tímida, le cuesta articular una frase coherente cuando me mira y no tiene presencia. Además —añadió Alexander con una crueldad mecánica—, es gorda. No encaja con la imagen de eficiencia y pulcritud de Morgan Cyber-Security.

Agustín soltó una carcajada seca que golpeó a Maya como un látigo.

—No es gorda, Alex. Solo es una talla más de lo que consideras "normal". Tiene curvas, eso es todo. A mi me parece que esta muy buena, tiene unas tetas y un culo encantador.

Maya se cubrió la boca con ambas manos. El aire se le escapaba en espasmos silenciosos. Las lágrimas, calientes y cargadas de una humillación ácida, empezaron a rodar por sus mejillas. No era solo su nombre lo que él no respetaba; era su cuerpo, su esfuerzo, su humanidad. Para Alexander Morgan, ella no era una empleada, era una mancha en su estética perfecta.

Ante de ingresar…le habían dicho, que Alexander Morgan no era simplemente un jefe difícil. Frío. No sentía empatía; procesaba datos. Las personas eran algoritmos: si no daban el resultado esperado, se borraban.

Calculador: No daba pasos en falso. Si quería despedirla, no lo haría de forma legal y limpia; la forzaría a fallar para destruir su confianza y su currículum. Cruel: Su belleza era su mejor camuflaje. Usaba su atractivo y su posición para anular la voluntad de los demás. No gritaba; destruía con susurros precisos y mandatos imposibles.

Maya apretó los dientes. El dolor del duelo por su gato se mezcló con una furia fría que nunca había sentido.

Maya se encerró en el último cubículo del baño de la planta 42. El sonido de su propia respiración entrecortada rebotaba en las paredes de mármol. Se cubrió la boca con una mano mientras con la otra marcaba el número de la única persona que no la trataría como un activo defectuoso.

—¿Maya? ¿Qué pasa? —la voz de Camila, sonó alerta al instante.

—Es un monstruo, Camila... —Maya soltó un sollozo ahogado—. Alexander... quiere despedirme. Escuché su conversación con Agustín. Dice que soy tímida, que no sé hablar y que... que soy gorda. Quiere el puesto para una amiga de su novia, la estúpida de Stefany.

—¿Qué? ¡Ese maldito hijo de...! —Camila siseó desde el otro lado—. Y tú ahí, muerta de amor por ese iceberg con patas.

—¡No! Ya no. Lo odio —sentenció Maya, y por primera vez, la furia quemó más que la tristeza—. Se merece un escarmiento. Me dio un protocolo técnico para traducirlo al ruso en dos horas. Sabe que no hablo el idioma. Es una trampa para echarme por incompetente.

Camila, que trabajaba como Asesora de Recursos Humanos y conocía todas las grietas legales de la industria, guardó silencio un segundo.

—Él no sabe con quién se metió. Tú hablas tres idiomas, Maya; que no sepas ruso es un detalle técnico. Escúchame: nos vemos en la cafetería de la esquina en 20 minutos. Yo domino el ruso técnico de contratos. Vamos a darle su traducción, y va a ser tan perfecta que no podrá ni pestañear. Para eso me llamaste, y aquí estoy.

Veinte minutos después, Maya estaba sentada en un rincón discreto de la cafetería. Frente a ella, una manzana verde solitaria descansaba sobre una servilleta.

Camila llegó como un torbellino, dejó su maletín sobre la mesa y fulminó la fruta con la mirada.

—¿Es en serio? ¿Una manzana? —Camila la regañó mientras sacaba su laptop—. Maya, tienes que comer. Ese hombre te está destruyendo la autoestima y tú le das el gusto dejando de alimentarte.

—Él dijo que soy gorda, Camila... —susurró Maya, bajando la vista a su falda, sintiéndose demasiado grande para su propia ropa.

—Él es un imbécil que solo ve maniquíes —le espetó su amiga, abriendo el documento de Frankfurt—. Tienes curvas, tienes cuerpo de mujer real y te aseguro que tienes más cerebro y más carne que esa modelo esquelética de Stefany. Ahora, cállate y mira esto.

Camila comenzó a teclear a una velocidad asombrosa. Sus ojos escaneaban los términos legales de seguridad virtual, traduciéndolos al cirílico con una precisión quirúrgica.

—Aquí dice "Protocolo de encriptación de extremo a extremo". En ruso se dice Шифрование. Si usaras un traductor, pondría una palabra de cocina. Alexander esperaría que fallaras aquí. Pero no lo harás.

Durante los siguientes cuarenta minutos, ambas trabajaron en silencio. Camila traducía y Maya ajustaba el formato para que fuera idéntico al original de Morgan.

—Listo —dijo Camila, cerrando la laptop con un golpe seco—. Imprímelo en la oficina, ponlo en su mesa y no le digas ni una palabra. Que se trague su "darwinismo corporativo". No le vamos a dar el gusto ni a él ni a su novia.

Maya abrazó a Camila, guardó el documento en su memoria USB y caminó de regreso al edificio de Morgan Cyber-Security con la espalda recta.

Entró en la oficina de Alexander. Agustín ya se había marchado, dejando tras de sí solo el rastro de su perfume cítrico y el silencio sepulcral del despacho. Alexander estaba de pie frente al ventanal, observando la ciudad.

—Aquí tiene el protocolo de Frankfurt, señor —dijo Maya. Su voz no tembló.

Él se giró lentamente. Sus ojos recorrieron a Maya de arriba abajo con una lentitud insultante, deteniéndose un segundo más de lo necesario en sus curvas, antes de tomar la carpeta. Abrió el documento y sus cejas se contrajeron casi imperceptiblemente.

Cirílico perfecto. Terminología técnica exacta. Ni rastro de traductores genéricos.

—Eres una caja de sorpresas, Martha —soltó él, cerrando la carpeta con un golpe seco—. No sabía que dominabas el ruso técnico.

"Me llamo Maya, idiota", pensó ella, pero mantuvo los labios apretados en una línea profesional. No iba a sacarlo de su error.

Mientras Alexander la miraba salir del despacho, su mente ya estaba ejecutando un nuevo plan de eliminación. No estaba impresionado; estaba desesperado.

Stefany, su novia, no era solo una cara bonita con un contrato de modelaje. Su padre era el accionista mayoritario de un consorcio europeo con el que Alexander estaba a punto de firmar un contrato de miles de millones de dólares. Si Stefany estaba contenta, el negocio fluía. Si Stefany se encaprichaba con poner a su amiga en ese escritorio, Alexander no dudaría un segundo.

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