El ambiente en el bar era denso, saturado de música baja y el aroma a ginebra que emanaba del vaso de Camila. Maya no era la única que necesitaba anestesia esa noche; su amiga sostenía su copa con la misma urgencia con la que se aferraba a los chismes de la oficina.
Camila casi escupe el trago sobre los expedientes de Recursos Humanos que había llevado para seguir trabajando en casa. Se echó hacia atrás en la silla, mirando a Maya como si le hubieran salido dos cabezas.
—¿Tú hiciste qué? —soltó