Eran las cinco de la mañana y el aire frío de Los Ángeles golpeaba el rostro de Maya. Como cada sábado, cumplía su ritual: dos kilómetros de ida y vuelta. Correr no era un pasatiempo, era una disciplina férrea para mantener a raya ese cuerpo que la genética le había dado y que ella esculpía con sudor.
Maya no era gorda, aunque Alexander usara esa palabra para herirla. Era una mujer de curvas contundentes, una talla por encima del estándar de pasarela pero con un abdomen plano y firme. Tenía cad