CAPITULO 5: ODIO PURO

Maya lo ayudó a incorporarse. Alexander pesaba, pero ella usó la fuerza del rencor para sostenerlo hasta que él se desplomó en el sofá de cuero italiano, ese que valía más que el departamento de Maya.

Él se llevó las manos a la cabeza, tratando de encajar las piezas de un rompecabezas que ya no existía.

—¿Tú y yo... somos novios? —preguntó, con la voz rota.

—Sí, somos novios, y nos deseamos con locura—respondió ella con una frialdad

Maya caminó hacia el mueble bar. Le dio la espalda para servir un vaso con agua, moviéndose con una parsimonia que no sentía. Alexander, desde el sofá, no pudo evitar que sus ojos bajaran. La observó con detenimiento. A pesar de la ropa rota y el desorden, Maya tenía unas curvas que el corte empresarial de sus trajes solía ocultar. Pensó que estaba condenadamente buena, pero la frustración le ganó al deseo: no entendía cómo podía haber olvidado a una mujer así.

Cuando ella regresó y le tendió el vaso, Alexander la detuvo por la muñeca.

—No entiendo nada. Mi novia es Stefany. Ese nombre... está en mi cabeza. Ella es mi pareja.

Maya no flaqueó. Usó lo que había escuchado detrás de la puerta antes de que todo saltara por los aires. La información era su única arma.

—Sí, ante los ojos de los demás, yo solo soy tu secretaria —soltó ella, mirándolo fijo a los ojos—. Tienes una aventura conmigo porque me amas, Alexander. Pero estás con Stefany por pura estrategia. Ella es la hija de ese empresario importante con el que estás a punto de cerrar el negocio multimillonario de seguridad. Estás con ella por el contrato, por el poder. Pero a quien buscas de noche, a quien le cuentas tus secretos, es a mí.

Alexander se quedó callado, procesando la lógica despiadada de esa explicación. En su mundo de negocios, esa mentira sonaba más real que cualquier verdad.

—¿Un negocio de seguridad? —murmuró él.

—Exacto. Un negocio que te hará el hombre más poderoso de la ciudad. Y yo soy la única que sabe que lo odias, pero que lo haces por nosotros.

Maya no perdió el tiempo. Con movimientos mecánicos, tomó un pañuelo y comenzó a limpiar la sangre y el rastro del golpe en la frente de Alexander. Él se quedó inmóvil, dejándose hacer, mientras su cerebro intentaba procesar el vacío. Recordaba su nombre, recordaba su empresa, recordaba a Stefany... pero de la mujer que tenía enfrente no había ni un rastro, ni un aroma, nada.

—Listo, ya estás bien —sentenció Maya, alejándose con frialdad

Él no se sentía bien, pero asintió en silencio. Sus ojos se clavaron en el cuerpo de Maya mientras ella caminaba por el despacho. El movimiento de su cadera, ese vaivén natural de su culo ancho bajo la falda ajustada, lo hipnotizó.

Pensó que, si realmente eran amantes, él tenía un gusto excelente. Una mujer así no se olvidaba fácilmente, y la idea de que ella fuera su secreto empezó a resultarle excitante.

—¿Por qué estás así de desordenada? —preguntó Alexander, señalando su blusa rota.

—Tuve un problema para hacerte llegar unos documentos —mintió ella sin pestañear—. Pero no te preocupes, yo me encargo de solucionarlo todo.

—Me duele la cabeza —se quejó él, cerrando los ojos ante una punzada aguda.

Maya buscó en el cajón, sacó una pastilla y se la entregó con el vaso de agua. Su tono era cortante, eficiente.

—Deberías descansar e ir a casa. ¿Quieres que llame a Tomás, el chofer?

—Sí, por favor —respondió él, sintiéndose repentinamente agotado.

Maya tomó el teléfono y dio la instrucción con la autoridad de quien conoce cada engranaje de esa vida. Se dio la vuelta para salir, lista para escapar de esa oficina antes de que la realidad la golpeara a ella también, pero la voz de Alexander la detuvo en seco cerca de la puerta.

—¿Te vas así? —soltó él con una nota de reproche—. ¿Sin un beso ni nada?

Maya se quedó petrificada, de espaldas a él. El juego de poder acababa de subir de nivel. Si no lo besaba, la mentira de la "amante apasionada" se caía; si lo hacía, estaría besando al hombre que más odiaba en el mundo.

Maya no podía darse la vuelta de inmediato. Sentía el peso de la mirada de Alexander clavada en su espalda, justo donde la blusa rota dejaba ver más de lo debido. Cuando finalmente giró, caminó hacia él con una lentitud calculada. Se inclinó, quedando a pocos centímetros de su rostro. Sus ojos bajaron inevitablemente a la boca de Alexander; esos labios que tantas órdenes crueles habían dictado, ahora se veían vulnerables, entreabiertos.

Se veían ricos, besables, atractivos.

Alexander hizo lo mismo. Recorrió los labios de Maya con una intensidad que la hizo temblar. El deseo era una corriente eléctrica en el aire, una sed repentina que ninguno de los dos lograba procesar. Para Maya, el corazón le martilleaba las costillas por la aberración de querer besar al hombre que más odiaba; para Alexander, era el hambre de recuperar un recuerdo, de probar a la mujer que, según ella, era su mas grande y sucio secreto.

—¿Qué pasa? —susurró él, notando su vacilación—. ¿Te sucede algo?

Maya tragó saliva, recomponiéndose rápido. El instinto de supervivencia le dictó la siguiente mentira.

—Lo que pasa es que nos pusimos un límite —dijo ella, con la voz apenas en un hilo—. Jamás besarnos aquí, en la oficina. Ya sabes, para mantener el secreto y que nadie nos descubra. Tenemos que ser invisibles, Alex.

Él arqueó una ceja, confundido pero intrigado.

—¿Así de cuidadosos éramos?

—Sí, así éramos —afirmó ella con firmeza—. Por eso mejor lo dejamos para cuando estemos solos. En un lugar donde no seas el jefe y yo no sea la secretaria.

Le acarició el brazo con una delicadeza fingida, sintiendo la firmeza de su músculo bajo la camisa, y salió del despacho antes de que él pudiera replicar. Necesitaba aire. Necesitaba distancia.

Una vez fuera, se sentó en su escritorio. El odio seguía ahí, quemándole el estómago. Recordó la supuesta urgencia del cliente al que debía llevarle los documentos. Abrió la agenda personal de Alexander, rastreó llamadas, correos, citas de último minuto... nada. No había ningún cliente, ninguna firma pendiente.

Frunció el ceño y tomó la carpeta por la que recorrió todos los ángeles. Al abrirla, se le escapó un suspiro de rabia pura. No eran contratos. Eran papeles viejos, borradores sin importancia, hojas de relleno.

Alexander no tenía ninguna reunión. No había documentos reales. Todo había sido un montaje, una trampa absurda solo para tener un motivo para humillarla, hacerla correr bajo la lluvia y deshacerse de ella de la forma más rastrera posible.

Maya apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. La poca culpa que sentía por mentirle a un hombre con amnesia se evaporó en ese instante. Si él quería jugar a ser un desgraciado, ella le iba a dar el papel de su vida. Ahora más que nunca, iba a seguir con el plan. Iba a ser su "novia", su "amante", su sombra; y mientras él creyera que la amaba, ella se encargaría de que cada día de su nueva vida fuera un infierno disfrazado de paraíso.

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