La tradición de los viernes era sagrada. En dos años, ni Maya ni Camila habían faltado a su cita con el alcohol y el desahogo mutuo. El ritual servía para purgar la toxicidad de la oficina antes de que el fin de semana les permitiera respirar.El taxi se detuvo frente al edificio de Maya, en una zona que le costaba más de lo que su sueldo de secretaria debería permitir, pero era su inversión, su refugio. Camila, antes de bajar, la miró con pragmatismo.—Sabes que, si quieres, puedes contar conmigo para sacarte un buen auto —le soltó Camila—. Uno bueno te ahorra problemas y dinero en transporte.Por culpa de su jefe, su estúpido auto se daño y el arreglo vale un platal que ella no se puede permitir.—No me lo puedo permitir, Cami —respondió Maya secamente—. Pago este apartamento para que sea mío algún día. El esfuerzo se va aquí.Camila asintió, pero no se quedó callada. Ella siempre tenía una solución bajo la manga.—Te comprendo, amiga. Pero si quieres, puedo recomendarte un trabajo
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