La tradición de los viernes era sagrada. En dos años, ni Maya ni Camila habían faltado a su cita con el alcohol y el desahogo mutuo. El ritual servía para purgar la toxicidad de la oficina antes de que el fin de semana les permitiera respirar.
El taxi se detuvo frente al edificio de Maya, en una zona que le costaba más de lo que su sueldo de secretaria debería permitir, pero era su inversión, su refugio. Camila, antes de bajar, la miró con pragmatismo.
—Sabes que, si quieres, puedes contar conm