En Australia la noche caía pesada sobre la Casa Grande de los Trovatto, envolviendo los ventanales en un reflejo oscuro que parecía un espejo de conciencias turbias. En el despacho principal, las luces estaban encendidas pese a la hora tardía. Rolando —a quien muchos llamaban Roberto fuera del círculo íntimo— permanecía de pie frente al escritorio de madera antigua, con las manos apoyadas en la superficie pulida como si necesitara sostenerse de algo firme. La puerta se abrió sin que él diera pe