—Andrea, que tengas un buen día —intervino Alonso, dando por terminado el encuentro.
Sin decir nada más, continuó su camino. Yo lo seguí.
Cuando la puerta del ascensor se cerró, la incomodidad se volvió casi palpable. El espacio parecía reducirse aún más por su presencia. Alonso imponía en todos los sentidos, y yo me sentía pequeña frente a él. Guardamos silencio hasta llegar al estacionamiento privado.
Pensé, por un instante, en buscar una salida, alguna forma de escapar, pero mis pensamie