UN BUEN DIA PARA MORIR

—Andrea, que tengas un buen día —intervino Alonso, dando por terminado el encuentro.

Sin decir nada más, continuó su camino. Yo lo seguí.

Cuando la puerta del ascensor se cerró, la incomodidad se volvió casi palpable. El espacio parecía reducirse aún más por su presencia. Alonso imponía en todos los sentidos, y yo me sentía pequeña frente a él. Guardamos silencio hasta llegar al estacionamiento privado.

Pensé, por un instante, en buscar una salida, alguna forma de escapar, pero mis pensamientos se quebraron cuando sentí sus manos frías sujetando mi muñeca.

—No hay escapatoria —dijo.

Por un segundo me perdí en sus ojos. Luego me soltó y abrió la puerta del Jeep. No tuve más opción que imitarlo. Minutos después, el vehículo ya avanzaba por las avenidas de Alborada, rodeadas de edificios imponentes que pasaban frente a mí sin que realmente los viera.

No volví a mirarlo hasta que distinguí el edificio del Registro Civil. El sudor empapó mis manos. Giré el rostro hacia Alonso, pero
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