Vega no supo en qué momento sus manos giraron el volante y desviaron el camino que llevaba de regreso a la Villa El Roble; simplemente ocurrió, como si su cuerpo hubiera tomado una decisión antes que su mente, y cuando quiso darse cuenta ya estaba frente al portón de hierro del cementerio de Alborada, con el motor encendido y el corazón latiéndole en la garganta. Apagó el vehículo, bajó lentamente, y el aire frío le rozó el rostro como una advertencia; caminó entre las lápidas con paso firme, a