—No quiero ser tu esposa. Entiende eso —dije con la voz quebrada.
Mis pies golpeaban el suelo con impotencia, como si pudiera descargar en ese gesto toda la rabia y el miedo que me carcomían. Mi mayor error había sido confesar que ya había firmado los papeles del divorcio con Theodore. Alonso, en cambio, permanecía sentado tras su escritorio, observándome con calma, como un depredador seguro de su presa.
Miré a mi alrededor buscando algo, cualquier cosa que me permitiera huir o defenderme. Por un segundo pensé en golpearlo, en lastimarlo… pero de inmediato descarté la idea. Nada de eso haría más que empeorar mi situación.
—Estar casada conmigo es infinitamente mejor que estar casada con un hombre como Theodore —dijo de pronto.
Sus palabras lograron que me detuviera. ¿Por qué decía eso? Yo no veía ninguna diferencia entre uno y otro. Dos hombres dominantes, fríos, acostumbrados a imponer su voluntad. Preferí callar.
En ese instante, mi teléfono celular comenzó a sonar.
Mi corazón dio u