—No quiero ser tu esposa. Entiende eso —dije con la voz quebrada.
Mis pies golpeaban el suelo con impotencia, como si pudiera descargar en ese gesto toda la rabia y el miedo que me carcomían. Mi mayor error había sido confesar que ya había firmado los papeles del divorcio con Theodore. Alonso, en cambio, permanecía sentado tras su escritorio, observándome con calma, como un depredador seguro de su presa.
Miré a mi alrededor buscando algo, cualquier cosa que me permitiera huir o defenderme. Por