El edificio corporativo Trovatto en Alborada parecía más alto aquella tarde, como si las paredes de cristal reflejaran no solo el cielo gris sino también la tensión que se acumulaba en su interior. En el último piso, el despacho principal estaba en silencio absoluto. Alonso Trovatto permanecía de pie frente al ventanal, las manos dentro de los bolsillos del pantalón oscuro, el saco perfectamente ajustado a su espalda, la mirada fija en la ciudad que se extendía bajo su dominio. No estaba sentad