La puerta se abrió con un sonido firme y seco. Logrando sacarme de mis pensamientos. El hombre que entró en mi campo de visión no era el Alonso que había conocido semanas atrás. Aunque lo he visto ayer, la ferocidad en sus ojos era escalofriante, ante mi no estaba el joven cordial ni la sonrisa amable que recordaba. Frente a mí había un hombre imponente, serio, peligroso. Sus ojos, de un ámbar frío y penetrante, carecían por completo de emoción; en ellos reinaba una frialdad capaz de helar la sangre. Alonso Trovatto me observaba como si fuera su enemiga. Sentí cómo su mirada se convertía en dagas que atravesaban mi piel, mi pecho, mi respiración. Mis piernas temblaron, y tuve que hacer un esfuerzo consciente para mantenerme erguida. Estaba furioso, y no podía culparlo. Theodore había provocado un desastre. —Alonso… ¿cómo estás? —me animé a romper el silencio, intentando disipar aquella atmósfera asfixiante. Él no respondió de inmediato. Me estudió con detenimiento, como si midier
Leer más