Mundo ficciónIniciar sesiónPodía asegurar que toda la sangre abandonó mi cuerpo al escuchar las palabras de Theodore. Sabía, racionalmente, que el divorcio era inevitable, pero oír que Paola estaba embarazada hizo que mis piernas temblaran.
Me obligué a no llorar. Me obligué a respirar. Pero el dolor era un calvario que se abría paso dentro de mí, lento y despiadado. Aun así, intenté mantenerme fuerte frente al hombre que pronto dejaría de ser mi esposo. —¿Embarazada? —pregunté, torpemente. —No eres sorda —respondió con frialdad—. Sí, mi mujer está embarazada. Cada palabra era una herida abierta. —En una hora vendrán mis abogados. Te desligarás de mi apellido. Nada nos une… y nunca nos unió —continuó—. Solo fue un simple papel. No eres suficiente para nadie, Vega. Tú sabes por qué nos casamos. Siempre planeé terminar este matrimonio, pero mi mujer… —No hace falta que continúes —lo interrumpí, reuniendo fuerzas—. Has cometido adulterio dentro del matrimonio. No te preocupes por mí. Solo yo sabía cuánto me estaban destruyendo sus palabras. Yo lo amaba. Y amar duele cuando no es correspondido. —Lo último que haría sería preocuparme por ti —dijo con indiferencia—. Firma el divorcio. Por supuesto, seguirás siendo vicepresidenta de mi empresa. Sus palabras eran dagas afiladas. —La reunión con Trovatto fue un éxito —respondí—. Esperaré a tus abogados. Algo en mi tono pareció incomodarlo… o tal vez fue solo mi imaginación. No podía seguir frente a él; si lo hacía, me rompería. —Mis abogados llegarán en una hora —dijo mientras se alejaba—. Ser mi exesposa te traerá muchos beneficios, Vega. Lo vi marcharse. Cuando su espalda desapareció, el dolor cayó sobre mí como una avalancha. Lloré. Lloré sin control. Como una niña a la que le arrancan algo sagrado del pecho. Decían que el amor hacía feliz. Tal vez por momentos. Yo solo fui feliz el día de mi boda. Después, todo fue amargura. Conocía la verdad de este matrimonio y, aun así, me aferré a falsas ilusiones. Yo misma me engañé. Mi mundo se había derrumbado. Ella le dará un hijo… un hijo. Ese pensamiento me destruyó por completo. Me llevé las manos a la cabeza, queriendo arrancarme el cabello. Se había acabado. Aquello que nunca tuvo un verdadero comienzo, pero que para mí lo era todo. En medio de mi agonía, escuché la puerta abrirse. Por un segundo, con ingenuidad desesperada, pensé que era Theodore regresando para decirme que todo era mentira. —Señora, por favor, póngase de pie. Era Silvia. Mi esperanza se desvaneció. —Así es como quería verte —dijo una voz femenina—. De rodillas, llorando porque perdiste. Era Paola. No levanté la cabeza. No quería verla. —Levanta la cabeza —ordenó. —Señora Montero, por favor… —intentó intervenir Silvia. —No te metas Silvia —la interrumpió—. Levántate, Vega. Quiero ver tu inmunda cara. Obedecí. Dejé que viera mi rostro enrojecido, mis ojos hinchados. Había perdido. —Este es tu final —continuó—. Aunque, siendo sincera, nunca fue una competencia. Siempre fui yo. Y tenía razón. Siempre fue ella. Me puse de pie mientras sentía a Silvia tensarse a mi lado. —Te dejo un pequeño regalo —Paola extendió un papel—. Es mi primer ultrasonido. Quiero que lo conserves como recuerdo de que yo sí le daré lo que tú sueñas y jamás lograrás. Sonrió con crueldad. —Quédate con tus lágrimas y con la amarga certeza de que nunca serás la mujer ni la madre de los hijos de Theodore Scalyne. Se marchó. Silvia apretó los puños. —Señora… no permita que esto la destruya —dijo tomando mi mano. Sentí la calidez de una amistad sincera. Me derrumbé en sus brazos. Lloré durante largos minutos hasta que, agotada, logré sentarme en el sillón. —Tome —me ofreció agua y paños húmedos—. Le ayudará. Cerré los ojos en silencio. Silvia comprendió. Cuando por fin recuperé algo de control… —Gracias, Silvia —susurré. —Usted no está perdiendo a nadie —dijo con firmeza—. La están perdiendo a usted. El teléfono sonó. Tragué saliva al escucharla contestar. —Señora… los abogados del jefe ya están aquí. Mis manos comenzaron a temblar. —Que pasen en cinco minutos —ordené, forzando seguridad. Silvia me ayudó a retocar el maquillaje. No ocultaba el dolor, pero lo disimulaba lo suficiente. Cinco minutos después, la puerta se abrió. Damon Icardi y Cristian Salvador entraron en la oficina. —Vega, venimos a finiquitar el matrimonio —dijo Damon con frialdad. —Tomen asiento. —Espero que ya hayas superado tu enamoramiento por Theodore —añadió con veneno—. Siempre te dije que no eras rival para Paola. —Dame los papeles del divorcio y acabemos con esto —respondí—. Lo demás no te concierne. —¿Qué propiedades deseas? —preguntó Cristian. —Nada. No quiero absolutamente nada de Theodore Scalyne. Damon soltó una carcajada. —Todos saben que eres interesada. —Piensa lo que quieras —repliqué—. No tengo tiempo para tus juegos de niño rico. —Cuidado con cómo me hablas. —Ya dijo que no quiere nada —intervino Cristian—. Theodore dejará una pensión y mantendrá su cargo. Damon deslizó los documentos hacia mí. —Firma y olvida que fuiste esposa de Theodore. Tomé el plumón. Mis manos sudaban. No había marcha atrás. Firmé mientras una lágrima caía sobre el papel. El nombre de Theodore ya estaba allí. —No quiero la indemnización —dije—. Regálenla. —La necesitarás —se burló Damon. —No es asunto tuyo. —Iremos a celebrar —añadió—. El divorcio, el embarazo… la próxima boda. Se marcharon. —Oficialmente estás divorciada —dijo Cristian antes de salir. —Gracias. Cuando quedé sola, me derrumbé una vez más. El matrimonio había terminado. Y con él, todos mis sueños. El dolor era indescriptible. Una herida profunda, abierta, sin cura visible. Todo lo que alguna vez soñé se había convertido en fragmentos afilados dentro de mi alma. Solo quedaba el vacío.






