La cafetería estaba casi vacía a esa hora. Vega entró con paso firme, pero al verlo… se detuvo.
Theodore Scalyne no era el hombre impecable que solía dominar cualquier espacio. Tenía ojeras marcadas, la barba ligeramente descuidada, el traje arrugado como si llevara horas sentado sin importar la apariencia. Cuando sus miradas se cruzaron, él se puso de pie de inmediato.
—Vega… —su voz sonó más baja de lo habitual.
Ella frunció el ceño sin disimulo.
—Te ves… distinto.
Theodore soltó una ris