Avancé por el pasillo del Conglomerado Scalyne. Había pocos empleados; los saludé con cortesía y me encerré en mi oficina. Cerré con llave. La confianza se había evaporado por completo después de lo ocurrido con Theodore.
Era sábado. Él nunca aparecía ese día. Siempre había sido así, y no había motivos para que cambiara.
Dos horas después miré el reloj de mi muñeca. No quedaba nada que hacer. Tomé mi bolso, salí de la empresa y pedí un taxi. Mi destino fue inmediato y casi instintivo: la casa