Avancé por el pasillo del Conglomerado Scalyne. Había pocos empleados; los saludé con cortesía y me encerré en mi oficina. Cerré con llave. La confianza se había evaporado por completo después de lo ocurrido con Theodore.
Era sábado. Él nunca aparecía ese día. Siempre había sido así, y no había motivos para que cambiara.
Dos horas después miré el reloj de mi muñeca. No quedaba nada que hacer. Tomé mi bolso, salí de la empresa y pedí un taxi. Mi destino fue inmediato y casi instintivo: la casa de mis padres. El único lugar que aún me devolvía algo parecido a una identidad. El único refugio que me quedaba.
No tenía hambre. Lo que necesitaba era silencio. Orden. Aire.
Pero el tono del teléfono rompió ese frágil equilibrio.
Mi cuerpo se puso rígido al ver la pantalla: Theodore.
Ignoré la llamada. Durante años había anhelado que me buscara, que me llamara, que se interesara. Ahora no. Ya no. Estábamos divorciados. Incluso dentro del matrimonio me había engañado. Había embarazado a Pa