UNA PROPUESTA

La puerta se abrió con un sonido firme y seco. Logrando sacarme de mis pensamientos.

El hombre que entró en mi campo de visión no era el Alonso que había conocido semanas atrás. Aunque lo he visto ayer, la ferocidad en sus ojos era escalofriante, ante mi no estaba el joven cordial ni la sonrisa amable que recordaba. Frente a mí había un hombre imponente, serio, peligroso. Sus ojos, de un ámbar frío y penetrante, carecían por completo de emoción; en ellos reinaba una frialdad capaz de helar la sangre.

Alonso Trovatto me observaba como si fuera su enemiga.

Sentí cómo su mirada se convertía en dagas que atravesaban mi piel, mi pecho, mi respiración. Mis piernas temblaron, y tuve que hacer un esfuerzo consciente para mantenerme erguida. Estaba furioso, y no podía culparlo. Theodore había provocado un desastre.

—Alonso… ¿cómo estás? —me animé a romper el silencio, intentando disipar aquella atmósfera asfixiante.

Él no respondió de inmediato. Me estudió con detenimiento, como si midiera cada uno de mis movimientos.

—¿Cómo crees que debería estar —respondió al fin— después de que tu querido esposo rompe un contrato firmado?

Su voz era dura, cortante.

—Theodore acaba de ofender a mi padre y a mi empresa —continuó—. Y ahora soy yo quien debe lidiar con su furia.

—Lo siento mucho, Alonso —dije con sinceridad—. Jamás imaginé que algo así pudiera ocurrir.

—¿No lo sabías? —replicó con ironía—. Es tu esposo. ¿Cómo permites que actúe de esa manera?

—Él y yo ya no somos esposos —aclaré con firmeza—. Ayer firmamos los papeles del divorcio. Theodore ha cometido un grave error.

Intenté calmarlo, aunque en el fondo sabía que era inútil.

—Claro —bufó con rabia—. Él se divorcia… y a mí me exigen que me case para limpiar el bochorno que causó ese imbécil. ¿De verdad cree que los Trovatto somos sus juguetes?

Un nudo se formó en mi estómago. Por primera vez dudé seriamente de haber venido. Y de estar ante el Alonso Trovatto que yo conozco.

—Responda, señorita de la Torre —exigió, avanzando hacia mí.

Se detuvo demasiado cerca. Podía sentir su respiración, su presencia dominante.

—Yo respeto profundamente a su familia y a su empresa —respondí—. Todo esto fue culpa de Theodore. Sacó conclusiones equivocadas sobre mí y decidió rescindir el contrato.

—¿Qué conclusiones? —preguntó, aún más cerca—. Hable de una maldita vez.

Alzó la voz y me estremecí. El recuerdo del golpe de Theodore cruzó mi mente como un relámpago.

—Pensó que… —tragué saliva—. Que como adelantamos la reunión, conseguí el acuerdo acostándome contigo.

El ámbar de sus ojos se oscureció peligrosamente.

—¿Cómo demonios ese hombre llegó a ser presidente de un conglomerado? —murmuró.

Se apartó de mí, y por primera vez en minutos pude respirar.

—Así que lo hizo por celos.

—No —negué—. Theodore jamás sentiría celos por mí. Ni en diez vidas.

—Claro —respondió con una sonrisa tensa, cargada de algo que no supe identificar.

Un presentimiento oscuro se apoderó de mí.

—Ojalá pudiera hacer algo para compensar este error —dije con calma—, pero lamentablemente está fuera de mi alcance.

Alonso me dio la espalda. Caminó unos pasos y luego habló con voz grave:

—Claro que hay algo que puedes hacer para compensar el error que cometió tu exesposo.

Abrí los ojos, sorprendida.

—No… no te entiendo —dije con cautela.

Alonso se giró lentamente hacia mí.

—Te lo diré claro y contundente —comenzó—. Ayer firmamos un contrato multimillonario. Hoy, tu ex esposo lo ha tirado a la basura.

Cada palabra pesaba.

—Mi padre me confió Trovatto Group. Yo construí esta empresa, la expandí, la volví sólida y respetada. Pero Scalyne cancela el contrato y mi padre, enfurecido, impone una sola condición para que yo conserve la presidencia.

Me limité a parpadear, incapaz de interrumpirlo.

—Debo casarme en menos de dos días —continuó—. De lo contrario, Alejandro Serrano asumirá la presidencia.

Mi corazón se aceleró.

—Serrano es un hombre sin escrúpulos, con antecedentes de fraude empresarial. Destruiría todo lo que he construido —apretó los puños—. Y no lo permitiré.

Alzó la mirada y la clavó en mí.

—Nada de esto habría sido posible si Theodore Scalyne no hubiese cancelado ese contrato —añadió—. Y si tú no hubieras adelantado esa maldita reunión.

Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza.

—Así que —concluyó, con una frialdad absoluta— tú vas a convertirte en mi esposa.

El aire abandonó mis pulmones.

—De esa manera te cobro a ti —continuó— y golpeo el ego de Theodore Scalyne donde más le duele.

Dio un paso hacia mí, dominante, inquebrantable.

—Cásate conmigo —ordenó—. Será un matrimonio por contrato.

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