Apenas podía mantenerme en pie después de escuchar semejante barbaridad salir de la boca de Alonso. El mundo parecía girar bajo mis pies; aquello no tenía sentido, era una locura imposible.
—¿Cómo podría yo casarme contigo? —mi voz salió temblorosa—. Tú tienes una prometida, ella estaba embarazada de ti. Ya eres esposo y padre… lo que dices es una barbaridad.
Alonso no mostró sorpresa. No hubo culpa en su rostro, ni una sola grieta en su expresión.
—No soy ese Alonso —respondió con frialdad—. Soy su hermano gemelo.
Mis ojos se abrieron, incapaz de comprender.
—A mi madre se le ocurrió la brillante idea de ponernos el mismo nombre —continuó—. A mi hermano lo dejó con ella. A mí me envió a Inglaterra. Él está muerto… al igual que mi madre. Murieron en un accidente mientras yo me hundía en el mundo empresarial.
Las palabras me golpearon con fuerza. Todo encajaba de pronto: la frialdad, la dureza, la ausencia total de humanidad. Este no era el muchacho dulce que conocí en la universidad.