Vega cruzó el umbral de la Villa El Roble con el corazón todavía comprimido por la visita al cementerio, el aroma a madera antigua y jazmín la envolvió como una caricia conocida, pero apenas dio dos pasos cuando una bola blanca y esponjosa corrió hacia ella moviendo la cola con frenesí.
—¡Algodón! —exclamó, agachándose para tomarlo en brazos.
El pequeño perro gimoteó feliz, lamiéndole el mentón mientras ella lo abrazaba con fuerza, hundiendo el rostro en su pelaje suave como si necesitara afe