Alonso no necesitó levantar la voz para que el mundo obedeciera; bastó con que tomara el teléfono y marcara el número que conocía de memoria. El tono apenas sonó dos veces antes de que al otro lado respondieran, y en cuanto escuchó la respiración contenida de Theodore, una curva fría se dibujó en sus labios.
—Tienes treinta minutos para estar en mi empresa —dijo sin saludo previo—. Ni uno más, Scalyne. Si llegas al minuto treinta y uno, te juro que no volverás a cruzar la puerta.
Hubo un sile