Mundo ficciónIniciar sesiónCuando llegué al departamento, me dejé caer en el sofá sin fuerzas siquiera para llorar. Amaba a Theodore como nunca amé a ningún otro ser humano, y eso era precisamente lo que más me destruía.
Miré a mi alrededor. Aquel departamento no era mío. Era de Theodore. Un espacio que me había sido otorgado, no regalado. Entonces me pregunté: ¿por qué debía quedarme allí? Solté un suspiro profundo y tomé una decisión definitiva. No quería nada que me atara a él. Aunque continuaría como vicepresidenta del conglomerado hasta encontrar otro trabajo, ese lugar ya no me pertenecía. Comencé a empacar. Solo lo que era mío. Dos horas después, me encontré de pie frente a la puerta del departamento en el que había vivido desde el primer día de aquel matrimonio arreglado. El dolor seguía allí, pero aferrarme a Theodore ya no tenía sentido. Él había sido claro. Ahora me tocaba a mí aceptar una verdad que siempre estuvo frente a mis ojos. Al avanzar hacia la salida, el guardia y el portero me observaron con evidente confusión. —Señor Alberto —dije, entregándole la llave—. Cuando pueda, avise a Theodore que el departamento ha sido desocupado. —¿Se va de viaje, señora Scalyne? —preguntó. Ese nombre me oprimió el pecho. Yo ya no era la señora Scalyne. —Así es —respondí, sin dar explicaciones. Subí las maletas al vehículo. Una vez dentro, bajé el polarizado y observé el edificio por última vez antes de arrancar y alejarme sin mirar atrás. Después de dar vueltas sin rumbo por la ciudad, tomé la decisión de ir a la casa de mis padres. Pasar la noche allí era lo único que se sentía correcto. Al abrir la puerta, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Hacía casi un mes que no volvía. Siempre iba en mis momentos más solitarios, cuando necesitaba sentirlos cerca. Dejé las maletas en la entrada y me senté en el sofá. Todo seguía exactamente como mi madre lo había dejado. La soledad me golpeó con fuerza. Estaba exhausta, física y emocionalmente. Llorar fue inevitable. La realidad me quemaba por dentro, cruel y despiadada. Tomé el celular… y me arrepentí de inmediato. Las redes sociales de Paola y Theodore estaban llenas de fotografías: sonrisas, copas de champán, celebraciones. En cada imagen, el anillo costoso brillaba en la mano de ella. Lloré como una niña. Apreté el teléfono contra mi pecho y me dejé caer al suelo, buscando un consuelo que sabía que no encontraría. Ese fue mi último recuerdo de la noche. Cuando abrí los ojos, sentí un dolor intenso en la espalda y el cuerpo rígido. Dormir en el suelo había sido una estupidez. Miré la hora: cinco de la mañana. Al desbloquear el celular, las imágenes seguían allí. Cerré la aplicación de inmediato. Ya había llorado suficiente. Mis lágrimas no iban a salvar un amor que nunca fue. Con resignación, me puse de pie, maldiciéndome por la noche anterior. Me duché, me vestí y una hora después estaba lista para enfrentar un nuevo día. Pero una inquietud se instaló en mi pecho. Salí de la casa con una idea clara: debía buscar un departamento. La casa de mis padres quedaba demasiado lejos del conglomerado. Llegué a la empresa justo a tiempo. Silvia ya estaba allí, lo que me pareció extraño. —¿Tan temprano, Silvia? —pregunté mirando el reloj. —El señor ordenó que su secretaria viniera antes de lo habitual. —Theodore está loco —murmuré. —La reunión con los Tucson es al mediodía, en el restaurante La Floresta. —Perfecto. Supongo que ya coordinaste todo. —Así es, mi señora. —Ella ya no es la señora. La voz de Theodore me obligó a abrir completamente los ojos. —Retírate, Silvia. De inmediato —ordenó. Silvia, pálida, obedeció sin decir palabra. —Señor Scalyne —hablé con firmeza—, ¿cuál es el inconveniente? —¿Te crees importante? —escupió—. ¿Piensas que porque entregaste el departamento voy a considerarte una mujer digna? —Estamos divorciados. No tenía sentido seguir viviendo allí. —Dejas el departamento, pero sigues en mi empresa. Qué lógica la tuya. —También planeo dejarla cuando encuentre otro trabajo. —Dudo que alguien quiera contratarte. —Eso ya no es asunto suyo, señor presidente. —¿Cómo conseguiste tan rápido el contrato con Alonso? —sus ojos ardían—. ¿Te acostaste con él? Sentí el impacto de sus palabras como una bofetada. —Basta, Theodore. No te metas en mis asuntos. —Te revolcaste con él y por eso firmaron el contrato. Pero hoy mismo lo romperé. —No seas inmaduro —respondí—. Hoy tengo una reunión con los Tucson. Tú exigiste resultados. —Luciano Trovatto era quien debía asistir, no su hijo —me interrumpió—. No permitiré contratos sucios en mi empresa. —Lo que pienses no es mi problema. Ya no somos nada. —Eres una sucia —gruñó—. Una mujer sin escrúpulos, ambiciosa. Me das asco. Me mantuve firme. —A mí el asco me lo das tú. Y no te quejes: tú también fuiste infiel. Pese a que estábamos casados tenias amante y la misma quedo embarazada con nosotros aun casados. El golpe llegó sin advertencia. Sentí el sabor metálico de la sangre en la boca. Levanté el rostro, manchando de rojo mi chaqueta blanca. —Paola no es mi amante —rugió—. Es mi mujer. —Púdrete en el infierno, Theodore —dije, retrocediendo para evitar otro golpe.






