Mundo ficciónIniciar sesión¿Qué sucede cuando la persona que más odias en el mundo es la única que puede salvarte? Elena siempre supo que no encajaba en los estándares de su familia ni en los de la sociedad. Con sobrepeso y una autoestima herida, creyó haber encontrado el amor en Matías, hasta que él la abandona de la forma más cruel: dejándola embarazada y humillándola por su físico. Sin dinero, sin apoyo y bajo la amenaza de sus padres de casarla con un hombre que le dobla la edad para ocultar la "vergüenza", Elena siente que su vida ha terminado antes de empezar. Su único refugio es una aplicación de citas donde chatea con un extraño bajo un seudónimo. Allí, ella se desahoga, insulta a su frío jefe y confiesa sus miedos más profundos. Lo que Elena no imagina es que el hombre detrás de la pantalla es, precisamente, Alexander Blackwood, el implacable CEO de Blackwood Enterprises. Alexander es un hombre de hielo, un iceberg con traje de tres piezas que detesta la falsedad. Fascinado por la agudeza y la vulnerabilidad de la mujer que lo insulta a sus espaldas, decide intervenir. Pero su ayuda no es gratuita. Alexander necesita una esposa para cumplir con una herencia y evitar un matrimonio arreglado, y Elena tiene algo que él no puede tener: un bebé en camino. El trato es simple: Un matrimonio por contrato, una vida de lujos y la protección absoluta de su hijo. La realidad es complicada: Elena no confía en los hombres y Alexander oculta un secreto médico que podría destruirlo todo. Entre cláusulas que le prohíben hacer dietas extremas y un deseo que comienza a arder más allá del papel firmado, Elena descubrirá que ser "la elegida" no es solo un negocio, sino el comienzo de una guerra
Leer másEl peso de la corona—Supongo que no hay más que hablar sobre cenas de compromiso con terceros —sentenció Alexander, su voz resonando con una autoridad gélida—. A partir de este momento, cualquier plan que involucre a Elena debe pasar por mi oficina.Ernesto, que hace un momento tironeaba del brazo de su hija, ahora se frotaba las manos, visiblemente nervioso. La codicia empezaba a reemplazar al pánico en sus ojos.—Señor Blackwood... esto es... una sorpresa —balbuceó Ernesto—. No teníamos idea de que usted y nuestra hija... bueno, de que el bebé fuera suyo. Por supuesto, lo mantendremos en absoluta reserva. No saldrá una palabra de esta casa.—Más les vale —advirtió Alexander—. Si el mundo se entera de este embarazo antes de que yo lo anuncie oficialmente, sabré exactamente de dónde vino la filtración. Y les aseguro que las consecuencias financieras para su apellido serán devastadoras. El niño es un Blackwood. Y Elena es mi mujer. ¿Ha quedado claro?Leonor forzó una sonrisa social,
Territorio marcadoEl trayecto de regreso a la casa de los De la Vega fue un desfile de sombras. Cuando el coche se detuvo frente a la mansión, Elena sintió que el corazón se le salía del pecho. Alexander se giró hacia ella, su mirada gris escaneando su rostro pálido.—Baja —dijo él—. Mañana a primera hora vendré por ti.Elena asintió sin palabras, bajó del vehículo y caminó hacia la puerta principal como quien se dirige al cadalso. Escuchó el motor del coche alejarse y se sintió repentinamente desamparada. Al entrar, la casa estaba en un silencio sepulcral, pero cargado de una electricidad malvada. Subió a su habitación, se encerró y se permitió llorar. Lloró por el bebé, por el miedo al futuro y por la extraña forma en que su vida se había convertido en una transacción comercial.Sin embargo, la paz no duró mucho. Apenas veinte minutos después, un sonido agudo y persistente rompió el silencio de su llanto: el timbre.Elena se limpió las lágrimas con la manga de su blusa y, movida po
La última salidaEl amanecer se filtraba por las rendijas de las persianas como una amenaza. Elena no había dormido; había pasado la noche contando los latidos de su corazón, sintiendo el peso del secreto que llevaba en su vientre. Se levantó antes de que el sol terminara de salir, moviéndose con la agilidad de una sombra. Se puso lo primero que encontró, tomó su bolso y bajó las escaleras de puntillas, evitando los escalones que crujían.Su mano ya estaba en el pomo de la puerta principal cuando la luz del pasillo se encendió de golpe, cegándola.—¿A dónde crees que vas tan temprano, Elena? —La voz de Leonor, su madre, era como un látigo helado. Estaba allí, apoyada contra el marco de la puerta de la cocina, con una taza de café humeante y una mirada que no prometía piedad.Elena se tensó, sintiendo que el aire se le escapaba.—Mamá... tengo que trabajar. Hay mucho papeleo acumulado en la oficina.—No irás hoy —sentenció Leonor, acercándose con paso firme—. En media hora salimos haci
La oferta del icebergEl coche se detuvo frente a un restaurante de fachada discreta pero imponente. Elena bajó del vehículo con las piernas temblorosas, siguiendo la figura rígida de Alexander Blackwood. Él no esperaba por ella; caminaba con la seguridad de quien es dueño de cada baldosa que pisa. Una vez dentro, los condujeron a un reservado al fondo, una mesa protegida por pesadas cortinas de seda.Elena se sentó al borde de la silla, apretando su bolso contra su vientre. Estaba aterrada. "Me va a despedir", pensaba. "Me descubrió usando la app de citas en el trabajo y ahora va a humillarme por insultarlo en los chats".—Pida —dijo Alexander. Su voz era un latigazo de autoridad.—No... no tengo hambre, señor Blackwood. Solo dígame qué hice mal. Si es por los chats de la app, puedo explicarlo. Estaba desesperada y...—Dije que pida —la interrumpió él, levantando la vista. Sus ojos grises eran dos cuchillas de hielo—. Sé que no has comido nada decente hoy. No me obligue a elegir por
Inversiones y sospechasLa sala de juntas del piso 40 era un acuario de cristal donde el aire se sentía tan fino que costaba respirar. Los directivos de Blackwood Enterprises estaban sentados alrededor de la mesa de mármol, debatiendo sobre proyecciones trimestrales con voces monótonas. En la cabecera, Alexander Blackwood escuchaba sin oír. Sus ojos grises estaban fijos en la puerta, esperando.Cuando la puerta se abrió, el silencio se hizo un poco más denso. Elena entró cargando una carpeta pesada de documentos. Se veía cansada; las ojeras bajo sus ojos revelaban que no había dormido, y su respiración era ligeramente agitada. Llevaba una falda negra que, al caminar, se subía un poco por encima de sus rodillas debido a sus curvas, y una blusa delgada que no parecía suficiente para el frío glacial del sistema de ventilación.Alexander notó un detalle de inmediato: ella estaba temblando. No era solo por los nervios de estar frente a toda la junta directiva; era el frío. Y ella estaba em
El arte de insultar al jefeEl edificio de Blackwood Enterprises se erigía como una torre de cristal frío que parecía tocar las nubes. Para Elena, sin embargo, era una jaula de oro donde el aire acondicionado siempre parecía estar demasiado bajo. Caminó por el vestíbulo intentando ignorar las miradas de las recepcionistas delgadas y perfectamente maquilladas. Se sentía como una mancha de tinta en un lienzo en blanco; su blusa blanca, aunque impecable, le apretaba un poco en los brazos, y cada paso que daba era un recordatorio de la promesa que se había hecho: ahorrar lo suficiente esa semana para desaparecer.Se sentó en su cubículo del departamento de archivos. Tenía una montaña de facturas por procesar, pero su mente era un caos. Las palabras de sus padres sobre el señor Gutiérrez y la cita en la clínica de aborto revoloteaban en su cabeza como moscas persistentes."¿Realmente puedo hacerlo?", se preguntó, mirando fijamente la pantalla del ordenador. "Si me voy a otra ciudad, ¿quién










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