Mundo ficciónIniciar sesión¿Qué sucede cuando la persona que más odias en el mundo es la única que puede salvarte? Elena siempre supo que no encajaba en los estándares de su familia ni en los de la sociedad. Con sobrepeso y una autoestima herida, creyó haber encontrado el amor en Matías, hasta que él la abandona de la forma más cruel: dejándola embarazada y humillándola por su físico. Sin dinero, sin apoyo y bajo la amenaza de sus padres de casarla con un hombre que le dobla la edad para ocultar la "vergüenza", Elena siente que su vida ha terminado antes de empezar. Su único refugio es una aplicación de citas donde chatea con un extraño bajo un seudónimo. Allí, ella se desahoga, insulta a su frío jefe y confiesa sus miedos más profundos. Lo que Elena no imagina es que el hombre detrás de la pantalla es, precisamente, Alexander Blackwood, el implacable CEO de Blackwood Enterprises. Alexander es un hombre de hielo, un iceberg con traje de tres piezas que detesta la falsedad. Fascinado por la agudeza y la vulnerabilidad de la mujer que lo insulta a sus espaldas, decide intervenir. Pero su ayuda no es gratuita. Alexander necesita una esposa para cumplir con una herencia y evitar un matrimonio arreglado, y Elena tiene algo que él no puede tener: un bebé en camino. El trato es simple: Un matrimonio por contrato, una vida de lujos y la protección absoluta de su hijo. La realidad es complicada: Elena no confía en los hombres y Alexander oculta un secreto médico que podría destruirlo todo. Entre cláusulas que le prohíben hacer dietas extremas y un deseo que comienza a arder más allá del papel firmado, Elena descubrirá que ser "la elegida" no es solo un negocio, sino el comienzo de una guerra
Leer másEl eco de un espejo roto
El aroma a lasaña recién horneada, cargado de especias y queso fundido, llenaba cada rincón del pequeño apartamento. Elena se detuvo un segundo para secarse el sudor de la frente con el antebrazo. Había pasado dos horas picando verduras con precisión y preparando la salsa favorita de Matías, cuidando que cada ingrediente fuera perfecto. Quería sorprender a su novio. Se miró en el espejo del pasillo por décima vez en la última hora. Con manos temblorosas y húmedas, alisó la tela de su vestido azul marino. Se lo había comprado especialmente para esa noche, gastando lo último que le quedaba de su bono en la oficina; era un pequeño lujo que esperaba que él notara. —Te ves bien, Elena. Él se va a alegrar —se susurró a sí misma, intentando acallar la punzada de duda que le recorría el estómago. Últimamente, Matías apenas la miraba. Sus conversaciones se habían vuelto monólogos de ella frente a los monosílabos de él. Sus encuentros eran apenas sombras de lo que solían ser. Pero hoy sería diferente. Hoy tenía un secreto que lo cambiaría todo. Dentro de su bolso, escondida como un tesoro sagrado, descansaba una tira de papel térmico con una imagen granulada: un pequeño punto blanco que representaba su futuro. Cuando escuchó la llave girar en la cerradura, su corazón dio un vuelco. Matías entró con el ceño fruncido, lanzando las llaves sobre la mesa con un estrépito metálico que rompió la armonía del ambiente. Ni siquiera levantó la vista para verla. —¿Por qué hay tanto olor a comida? Te dije que hoy no tenía mucha hambre —soltó él, quitándose el saco con una brusquedad que hizo que Elena retrocediera un paso—. Además, te dejé claro que no quería que vinieras hoy a mi apartamento. —Es una ocasión especial, Matías. Quería que celebráramos —respondió ella, forzando una sonrisa mientras se acercaba para besarlo. Él ladeó la cabeza ligeramente, dejando que el beso aterrizara en su mejilla. Fue un contacto frío, distante, casi mecánico. —¿Celebrar qué? ¿Otro aniversario de esos que te inventas? Elena, estoy agotado. No estoy para juegos. —No es un aniversario. —Elena tomó aire, sintiendo que el valor se le escapaba por los pies. Se acercó a la mesa, metió la mano en su bolso y sacó la ecografía. Sus dedos temblaban tanto que el papel vibraba en el aire—. Estoy embarazada, Matías. Vamos a ser padres. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier insulto. Matías no se movió. No dejó caer su maletín, no abrió los ojos con asombro, no corrió a abrazarla. Simplemente se quedó allí, mirando el papel como si fuera un recibo de luz que no pensaba pagar. —¿Estás bromeando? —Su voz fue un susurro cargado de un veneno que Elena nunca había escuchado. —No... tengo seis semanas. Fui al médico hoy. Matías, sé que no lo planeamos, pero podemos hacerlo. Podríamos casarnos, buscar un lugar más grande... yo puedo pedir más horas en la empresa y... —¡Cállate! —El grito de Matías la hizo saltar. Ella retrocedió hasta chocar contra el borde de la mesa de madera—. ¿En qué demonios estabas pensando, Elena? ¿Padres? ¿Tú y yo? —Matías, es nuestro hijo... Él soltó una carcajada seca, un sonido hiriente que recordaba a cristales rotos siendo pisoteados. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, obligándola a encogerse contra la mesa. —Mira esto —dijo él, señalándola de arriba abajo con un gesto de asco infinito—. Mírate, Elena. Apenas puedes mantener tu propio peso, apenas entras en ese vestido que parece una carpa de circo, ¿y de verdad esperas que yo cargue con un niño y contigo? —¿Qué estás diciendo? —Las lágrimas empezaron a nublarle la vista, quemándole los párpados. —Estoy diciendo que se acabó. He estado buscando el momento de decírtelo, pero esto es el colmo. ¿De verdad pensaste que podrías amarrarme con un bebé? —Matías empezó a caminar de un lado a otro, gesticulando con furia—. Estuve contigo porque eras cómoda, Elena. Porque cocinas, porque limpias y porque... bueno, supongo que me daba lástima que nadie más fuera a fijarse en alguien como tú. Solo te hice un favor. Me ayudaste con algo de dinero, sí, pero no voy a arruinar mi vida por un error biológico. —¿Lástima? —El corazón de Elena se fragmentó en ese mismo instante. Cada palabra era un golpe físico más doloroso que un puñetazo—. Dijiste que me querías. Me dijiste que mi cuerpo no importaba porque mi alma era... —¡Eso es lo que se dice cuando no quieres herir los sentimientos de una gorda! —escupió él, sin un ápice de remordimiento—. Pero la realidad es que me avergüenza salir contigo. Me avergüenza que mis amigos vean que mi novia tiene que comprar ropa en secciones especiales. ¿Crees que quiero un hijo que herede tu genética? ¿Un hijo que sea igual de descuidado y desagradable a la vista que tú? Elena sintió que el oxígeno desaparecía de la habitación. Las palabras de Matías eran ácido quemando su piel. La humillación se instaló en su pecho, pesada y asfixiante. Se miró las manos, esas manos que habían acariciado el rostro de ese hombre tantas noches, y de repente se sintió monstruosa, tal como él la describía. —Vete de aquí, Elena —continuó él, caminando hacia la puerta de forma errática—. Deshazte de ese problema. Aborta o haz lo que quieras, pero a mí no me busques. No voy a asumir ninguna responsabilidad por algo que no deseo. No voy a ser el padre del hijo de una mujer que ni siquiera se tiene respeto a sí misma. —No tengo a dónde ir a esta hora, Matías... mis padres se molestarán mucho si llego así... por favor, hablemos... —Me importa un bledo tus padres. —Él la tomó del brazo y la arrastró hacia la puerta con una fuerza bruta que ella no pudo combatir—. Ve a llorar a un buffet, que es lo único que sabes hacer bien. Mírate, das asco. Nadie te va a querer así, Elena. Nadie quiere a una gorda embarazada y abandonada. Vas a estar sola el resto de tu vida porque eso es lo que te mereces. Él abrió la puerta principal y la empujó hacia el pasillo. Elena perdió el equilibrio y cayó; su tobillo se dobló con un crujido sordo mientras aterrizaba en el frío suelo de granito. El golpe seco de la puerta al cerrarse resonó en todo el edificio, seguido inmediatamente por el sonido definitivo del cerrojo. Elena se quedó allí, arrodillada en el pasillo iluminado por una luz amarillenta y parpadeante. El silencio era absoluto, pero ella sentía que los vecinos debían haberlo oído todo. Se sentía desnuda, expuesta, como si el mundo entero pudiera ver ahora la "monstruosidad" que Matías acababa de describir. Se levantó lentamente, con un dolor punzante en el tobillo, mientras las lágrimas empapaban la tela azul de su vestido nuevo. Cada sollozo le recordaba la presión en su vientre: la vida que ahora era solo suya, una carga que el hombre que decía amarla despreciaba con cada fibra de su ser. —Perdóname, pequeño —susurró, abrazando su cintura mientras se mecía en el suelo—. Perdóname por no ser suficiente. Esa noche, mientras caminaba bajo la llovizna que empezaba a arreciar, Elena se hizo una promesa grabada a fuego. Ocultaría su dolor, ocultaría su cuerpo y, sobre todo, ocultaría su corazón. Las palabras de Matías —gorda, asco, sola— se grabaron en su mente como un mantra oscuro que la acompañaría en cada paso hacia su incierto futuro.La carnadaEl silencio en el despacho de los Blackwood era casi tangible, interrumpido únicamente por el leve chasquido del péndulo de caoba que marcaba el paso del tiempo desde un rincón de la estancia. La enorme mesa de reuniones, rodeada de sillones de cuero oscuro, congregaba a los presentes en un círculo de tensión contenida. La sombra del peligro ya no era un rumor lejano; se había materializado sobre la madera pulida en forma de pedazos de papel rasgado.El oficial Carlos se mantenía de pie, ajustándose la solapa de su chaqueta con ademán calculador. Frente a él, alineados como una muralla familiar pero vulnerable, permanecían sentados Alexander, Elena, Victoria y Arturo. Elena mantenía las manos entrelazadas sobre el regazo, erguida, sosteniendo la mirada con una serenidad que contrastaba radicalmente con la agitación que hervía bajo su piel. A su lado, Alexander apretaba los puños sobre el reposabrazos del sillón hasta que sus nudillos se tornaron blancos.—El plan sería el
El precio de una coartadaEl olor característico a antiséptico y el brillo blanco de las lámparas fluorescentes envolvieron a Taylor en cuanto cruzó las puertas automáticas del centro médico. Caminó con paso firme por los pasillos de mármol pulido hacia la zona de especialidades, guiado por la memoria del plano que conocía al detalle.Al llegar frente al consultorio de Julieta, sujetó el pomo de metal dorado e intentó girarlo. La puerta no cedió. La cerradura estaba pasada. Taylor dejó escapar un largo suspiro, sintiendo la opresión del desencuentro, y giró sobre sus talones en dirección al mostrador de recepción del piso, donde dos enfermeras revisaban expedientes médicos sobre la barra de atención.—Buenas noches, señorita —dijo Taylor al acercarse, apoyando los puños sobre el borde de mármol con una cortesía pulida—. Estoy buscando a la doctora Julieta Blackwood.Una de las enfermeras, una mujer joven de uniforme azul, levantó la vista del monitor y lo miró con curiosidad.—Lo sien
La promesa y el cruce de caminosEl aroma dulzón de los jazmines y la frescura de los tallos recién cortados impregnaban el aire del pequeño establecimiento. El oficial Carlos aguardaba frente al mostrador de la floristería mientras la encargada terminaba de envolver un vistoso ramo de girasoles con papel de estraza y un lazo de seda. Fue en ese instante, justo cuando admiraba el amarillo vibrante de los pétalos, cuando el teléfono móvil en su bolsillo comenzó a vibrar con insistencia.Sacó el terminal y atendió la llamada urgente de Alexander Blackwood. Tras escuchar la gravedad del asunto —una carta de amenaza entregada directamente en la residencia—, prometió estar allí en menos de una hora.—Aquí tiene, señor —dijo la joven florista, extendiéndole el arreglo con una sonrisa amable.Carlos guardó el teléfono, le devolvió la sonrisa y extrajo de su billetera unos billetes para pagar el importe exacto.—Muchas gracias —agradeció Carlos, tomando las flores con cuidado.Salió del loca
Para distraerse de la tormenta de sus pensamientos, inclinó la cabeza hacia la zona de juegos del jardín. A unos metros de distancia, Max y Emiliano jugaban alegremente sobre el césped bajo la atenta mirada de dos niñeras, completamente ajenos al drama que acababa de desplegarse a pocos pasos de ellos. Elena contempló la risa inocente de su hijo y sintió que el corazón se le encogía.Sin ganas de permanecer allí, se puso de pie, cruzó la estancia principal y subió las escaleras hacia la segunda planta. Entró a la habitación principal, cerró la puerta con cuidado y caminó lentamente hacia el espejo de cuerpo entero que adornaba la esquina del vestidor.Se detuvo frente al cristal y se examinó con minuciosidad. En los últimos meses, su cuerpo había comenzado a experimentar cambios sutiles pero evidentes: sus caderas se veían más anchas, su cintura había perdido definición y su rostro lucía una redondez distinta. Había comenzado a engordar sin comprender exactamente la razón, y por más q





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