Mundo de ficçãoIniciar sessão¿Qué sucede cuando la persona que más odias en el mundo es la única que puede salvarte? Elena siempre supo que no encajaba en los estándares de su familia ni en los de la sociedad. Con sobrepeso y una autoestima herida, creyó haber encontrado el amor en Matías, hasta que él la abandona de la forma más cruel: dejándola embarazada y humillándola por su físico. Sin dinero, sin apoyo y bajo la amenaza de sus padres de casarla con un hombre que le dobla la edad para ocultar la "vergüenza", Elena siente que su vida ha terminado antes de empezar. Su único refugio es una aplicación de citas donde chatea con un extraño bajo un seudónimo. Allí, ella se desahoga, insulta a su frío jefe y confiesa sus miedos más profundos. Lo que Elena no imagina es que el hombre detrás de la pantalla es, precisamente, Alexander Blackwood, el implacable CEO de Blackwood Enterprises. Alexander es un hombre de hielo, un iceberg con traje de tres piezas que detesta la falsedad. Fascinado por la agudeza y la vulnerabilidad de la mujer que lo insulta a sus espaldas, decide intervenir. Pero su ayuda no es gratuita. Alexander necesita una esposa para cumplir con una herencia y evitar un matrimonio arreglado, y Elena tiene algo que él no puede tener: un bebé en camino. El trato es simple: Un matrimonio por contrato, una vida de lujos y la protección absoluta de su hijo. La realidad es complicada: Elena no confía en los hombres y Alexander oculta un secreto médico que podría destruirlo todo. Entre cláusulas que le prohíben hacer dietas extremas y un deseo que comienza a arder más allá del papel firmado, Elena descubrirá que ser "la elegida" no es solo un negocio, sino el comienzo de una guerra
Ler maisLa Mansión de los EcosEl lujoso sedán negro se detuvo frente a la escalinata de la mansión Blackwood con una suavidad casi irreal. Para Elena, el imponente edificio de piedra y mármol no era un hogar, sino una fortaleza diseñada para ocultar secretos y aplastar voluntades. El sol de la tarde golpeaba los ventanales, devolviendo un brillo cegador que la obligó a entrecerrar los ojos.Antes de que el chofer pudiera bajar, Alexander ya había abierto la puerta del copiloto y rodeado el vehículo. Su urgencia era palpable, una mezcla de deber contractual y una chispa de algo más oscuro y posesivo que se negaba a admitir.Elena, con los dientes apretados para ignorar el dolor punzante en su abdomen, intentó deslizarse hacia afuera por su cuenta. Sus dedos se aferraron al marco de la puerta, los nudillos blancos por el esfuerzo.—Espera, yo te ayudo —dijo Alexander, extendiendo sus brazos hacia ella.—No necesito tu ayuda —siseó Elena, apartando la vista—. Déjame en paz. Yo puedo sola.Alex
El nido de víborasLa salida del hospital no fue el alivio que Elena esperaba. El aire exterior, aunque fresco, se sentía pesado, cargado con las promesas de tormentas que aún no estallaban. Dos vehículos de lujo esperaban frente a la escalinata: el imponente McLaren negro de Alexander y una camioneta escolta donde Flor y Victoria solían desplazarse.Alexander caminaba al lado de la silla de ruedas, con una mano apoyada en el respaldo, un gesto que para un extraño parecería protector, pero que para Elena era la cadena de un guardián.—Estás temblando, Elena —dijo Alexander, rompiendo el silencio. Su voz era baja, pero tenía ese filo de acero que siempre usaba cuando algo no cuadraba en su entorno—. Estás inusualmente pálida. ¿Te duele algo o es que el "aire te marea"? ¿Quieres que te revise la enfermera?Elena no respondió. Tenía la mirada fija en sus propias manos, que descansaban inertes sobre su regazo. La marca de la bofetada de su madre aún latía bajo la piel, oculta apenas por s
El peso de las mentirasEl pasillo de la clínica se sintió extrañamente vacío cuando la imponente figura de Alexander desapareció tras las puertas del ascensor. Había bajado al estacionamiento para buscar el auto y supervisar personalmente que el traslado de Elena fuera impecable. Para Alexander, cada detalle era una cuestión de control; para Leonor, era la ventana de oportunidad que estaba esperando.Leonor se asomó al pasillo, verificando que Flor y Victoria estuvieran distraídas con los trámites del alta. Al ver el camino despejado, le hizo una seña imperceptible a Matías, que aguardaba oculto tras una máquina expendedora.—Rápido —susurró Leonor, empujándolo hacia la habitación 402—. Tienes cinco minutos antes de que el monstruo regrese.Elena estaba sentada en el borde de la cama, tratando de reunir fuerzas para ponerse los zapatos, cuando la puerta se abrió de golpe. Al levantar la vista, el aire se le escapó de los pulmones.—¿Matías? —balbuceó Elena, palideciendo aún más.Él
Las piezas del tableroLa atmósfera en el pasillo de la clínica era gélida, cargada de una electricidad estática que presagiaba una tormenta inminente. Alexander salió de la habitación de Elena con el rostro crispado, una máscara de hierro que ocultaba el torbellino de emociones que las palabras de su esposa habían desatado en su pecho. A su lado, Flor caminaba con esa elegancia felina que la caracterizaba, sus tacones marcando un ritmo triunfal sobre el suelo de granito.Al llegar a una zona más apartada, Alexander se detuvo y soltó un suspiro cargado de agotamiento.—Gracias por estar aquí, Flor —dijo él, sin mirarla realmente—. Ha sido un día... difícil.Flor se acercó un paso más, lo suficiente para que su perfume embriagador nublara los sentidos del hombre. Esbozó una sonrisa de satisfacción contenida y le puso una mano en el brazo, un gesto que pretendía ser de apoyo pero que era, en esencia, de posesión.—No te preocupes, Alex. Sabes que siempre cuentas conmigo para lo que sea
La lealtad de las sombrasEl eco de la bofetada aún parecía vibrar en las paredes blancas de la habitación. Elena permanecía encogida en la cama, con la palma de la mano presionando su mejilla ardiente, mientras las lágrimas se deslizaban entre sus dedos. Leonor, lejos de mostrar arrepentimiento, comenzó a caminar de un lado a otro con la agitación de un animal enjaulado que acaba de ver una salida.—No ganas nada llorando, Elena —sentenció Leonor, deteniéndose para lanzar una mirada gélida a su hija—. Así que mejor cálmate. Si ese hombre entra aquí y te ve en ese estado, empezará a hacer preguntas que no nos conviene responder. Seca esas lágrimas. Ahora.Elena hipó, tratando de recuperar el aire. —Me golpeaste, mamá... acabo de tener a mi hijo...—¡Te golpeé para que despertaras! —le espetó Leonor, bajando la voz hasta un susurro siseante—. ¿Ese hombre te entregó alguna copia de ese contrato?Elena negó con la cabeza, con la mirada perdida en el suelo. —No... no tengo nada. Solo firm
La jaula de cristalEl aire en la habitación de la clínica era tan denso que parecía difícil de respirar. La enfermera, ajena a las corrientes eléctricas de odio y sospecha que cruzaban la estancia, terminó de ajustar el suero de Elena y revisó el monitor por última vez.—Todo está dentro de los parámetros normales, señora Blackwood —dijo la mujer con una sonrisa profesional—. Descanse, el esfuerzo de hoy ha sido grande.Leonor, que permanecía de pie a un costado de la cama con una expresión de fingida preocupación, asintió rápidamente. —Gracias, enfermera. Puede retirarse, nosotros nos encargaremos de que no le falte nada.En cuanto la puerta se cerró tras la sanitaria, el ambiente cambió. La máscara de Leonor se ajustó un poco más. Ella sabía que el tiempo apremiaba y que necesitaba asegurar su posición en el juego de los Blackwood.—Alexander —comenzó Leonor, entrelazando sus manos y forzando una voz suave—, he estado pensando... después de todo este susto, me gustaría que mi hija





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