El peso de la corona
—Supongo que no hay más que hablar sobre cenas de compromiso con terceros —sentenció Alexander, su voz resonando con una autoridad gélida—. A partir de este momento, cualquier plan que involucre a Elena debe pasar por mi oficina.
Ernesto, que hace un momento tironeaba del brazo de su hija, ahora se frotaba las manos, visiblemente nervioso. La codicia empezaba a reemplazar al pánico en sus ojos.
—Señor Blackwood... esto es... una sorpresa —balbuceó Ernesto—. No teníamos idea de que usted y nuestra hija... bueno, de que el bebé fuera suyo. Por supuesto, lo mantendremos en absoluta reserva. No saldrá una palabra de esta casa.
—Más les vale —advirtió Alexander—. Si el mundo se entera de este embarazo antes de que yo lo anuncie oficialmente, sabré exactamente de dónde vino la filtración. Y les aseguro que las consecuencias financieras para su apellido serán devastadoras. El niño es un Blackwood. Y Elena es mi mujer. ¿Ha quedado claro?
Leonor forzó una sonrisa social,