El peso de la corona
—Supongo que no hay más que hablar sobre cenas de compromiso con terceros —sentenció Alexander, su voz resonando con una autoridad gélida—. A partir de este momento, cualquier plan que involucre a Elena debe pasar por mi oficina.
Ernesto, que hace un momento tironeaba del brazo de su hija, ahora se frotaba las manos, visiblemente nervioso. La codicia empezaba a reemplazar al pánico en sus ojos.
—Señor Blackwood... esto es... una sorpresa —balbuceó Ernesto—. No teníamos id