Territorio marcado
El trayecto de regreso a la casa de los De la Vega fue un desfile de sombras. Cuando el coche se detuvo frente a la mansión, Elena sintió que el corazón se le salía del pecho. Alexander se giró hacia ella, su mirada gris escaneando su rostro pálido.
—Baja —dijo él—. Mañana a primera hora vendré por ti.
Elena asintió sin palabras, bajó del vehículo y caminó hacia la puerta principal como quien se dirige al cadalso. Escuchó el motor del coche alejarse y se sintió repentinamente desamparada. Al entrar, la casa estaba en un silencio sepulcral, pero cargado de una electricidad malvada. Subió a su habitación, se encerró y se permitió llorar. Lloró por el bebé, por el miedo al futuro y por la extraña forma en que su vida se había convertido en una transacción comercial.
Sin embargo, la paz no duró mucho. Apenas veinte minutos después, un sonido agudo y persistente rompió el silencio de su llanto: el timbre.
Elena se limpió las lágrimas con la manga de su blusa y, movida po