Capítulo 7

Territorio marcado

El trayecto de regreso a la casa de los De la Vega fue un desfile de sombras. Cuando el coche se detuvo frente a la mansión, Elena sintió que el corazón se le salía del pecho. Alexander se giró hacia ella, su mirada gris escaneando su rostro pálido.

—Baja —dijo él—. Mañana a primera hora vendré por ti.

Elena asintió sin palabras, bajó del vehículo y caminó hacia la puerta principal como quien se dirige al cadalso. Escuchó el motor del coche alejarse y se sintió repentinamente desamparada. Al entrar, la casa estaba en un silencio sepulcral, pero cargado de una electricidad malvada. Subió a su habitación, se encerró y se permitió llorar. Lloró por el bebé, por el miedo al futuro y por la extraña forma en que su vida se había convertido en una transacción comercial.

Sin embargo, la paz no duró mucho. Apenas veinte minutos después, un sonido agudo y persistente rompió el silencio de su llanto: el timbre.

Elena se limpió las lágrimas con la manga de su blusa y, movida por una mezcla de curiosidad y temor, bajó las escaleras. Al abrir la puerta, el aire frío de la noche volvió a golpearla, pero esta vez venía acompañado del aroma a sándalo. Alexander Blackwood estaba allí, de pie bajo la luz del pórtico, luciendo impecable incluso después de una jornada agotadora.

—¿Señor Blackwood? —balbuceó ella, con los ojos aún enrojecidos—. Pensé que se había ido.

Alexander dio un paso hacia el interior, invadiendo el recibidor con su presencia física. Su expresión era firme, pero sus ojos no tenían la dureza de la oficina.

—Vengo a decirte qué tienes que preparar —dijo él, bajando el tono de voz, casi con una suavidad que Elena no conocía—. Mañana iremos a ver a mis padres. Necesito que lleves algo elegante, pero cómodo. No quiero que nada te fatigue.

Elena iba a responder, pero el sonido de unos tacones golpeando el mármol de las escaleras la interrumpió. Sus padres, Ernesto y Leonor, bajaban las escaleras. Estaban vestidos de gala: él con un traje oscuro de corte impecable y ella con un vestido de cóctel que gritaba aristocracia rancia. Sus rostros eran máscaras de impaciencia.

—¿Qué es este ruido, Elena? Ya deberías estar lista —dijo Ernesto, sin notar la presencia de Alexander que quedaba parcialmente oculto por el ángulo de la puerta—. El señor Gutiérrez nos espera en el club privado. No vamos a permitir que llegues tarde a tu propia cena de compromiso.

Elena se quedó sin habla, atrapada entre el jefe que le ofrecía un contrato y los padres que la llevaban al matadero. Sus pies parecían clavados al suelo. Leonor llegó al final de la escalera y, al ver a Alexander, frunció el ceño con desdén.

—¿Y este quién es? —preguntó su madre con tono despectivo—. Elena, dile a tu amigo que se retire. No tenemos tiempo para visitas de baja categoría.

Alexander no se inmutó ante el insulto. Por un segundo, pareció que iba a retirarse; se dio media vuelta y salió hacia la oscuridad del porche. Elena sintió que el mundo se le caía encima. "Me ha dejado sola", pensó con amargura.

—¡Muévete, Elena! —rugió su padre, tomándola del brazo con fuerza—. ¡Coge tu abrigo y vamos al coche! ¡No me obligues a llevarte a rastras!

—¡Suéltame, papá! ¡No quiero ir! —Elena forcejeó, pero la fuerza de su padre era superior. Leonor la miraba con asco, ajustándose los guantes.

Fue en ese momento cuando la puerta se abrió de nuevo con un estruendo. Alexander regresó. No venía con las manos vacías. En su mano derecha sostenía una pequeña caja de terciopelo que acababa de recoger de su coche. Su aura había cambiado; ya no era solo el jefe, era un guerrero reclamando su territorio.

Sin decir una sola palabra, Alexander ignoró por completo a los señores De la Vega. Caminó con paso pesado y seguro directamente hacia Elena. Ernesto, sorprendido por la audacia del extraño, soltó el brazo de su hija.

Alexander tomó la mano derecha de Elena. Estaba fría y temblorosa. Él la sostuvo con una firmeza que parecía querer transmitirle toda su fuerza. Abrió la caja, extrajo un anillo con un diamante cuya pureza hacía que las joyas de Leonor parecieran baratijas de cristal, y lo deslizó en el dedo anular de Elena.

—¿Qué significa esto? —exclamó Leonor, escandalizada—. ¿Quién se cree que es usted para entrar así en mi casa?

Alexander finalmente se giró hacia ellos. Su mirada era tan gélida que Ernesto dio un paso atrás de forma instintiva.

—Significa —dijo Alexander con una voz que retumbó en las paredes del recibidor— que esta mujer no va a ninguna parte con ustedes. Elena es mi prometida.

—¡Eso es ridículo! —gritó Ernesto—. ¡Ella está embarazada! ¡Lleva el bastardo de un tipo que la dejó! Ningún hombre de prestigio querría...

—Cierre la boca —lo cortó Alexander, y su tono fue tan peligroso que el aire pareció congelarse—. El bebé que ella espera es mío. Y si vuelvo a escuchar que alguien en esta casa se refiere a mi hijo o a mi futura esposa con esos términos, me encargaré personalmente de que el nombre de los De la Vega no sirva ni para pedir crédito en una tienda de comestibles.

El silencio que siguió fue absoluto. Leonor se llevó la mano a la boca, ahogando un grito. Ernesto palideció, reconociendo finalmente el rostro del hombre que tenía delante: Alexander Blackwood, el titán de la industria del que todos hablaban.

Alexander volvió a mirar a Elena. No le pidió permiso, no le pidió explicaciones. Simplemente le dio un apretón suave en la mano, un mensaje silencioso que decía: "Te tengo".

—Mañana a las nueve —dijo él, ignorando de nuevo a los padres que se habían quedado como estatuas de sal.

Alexander se quedó allí, con la mano de Elena firmemente sujeta, enfrentando a Ernesto y Leonor con una mirada que exigía sumisión. El silencio en el recibidor era tan denso que se podía escuchar el tictac del reloj de pared, marcando el fin de la vida de Elena tal como la conocía.

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LULÚ y BETY CardozoBien Alexander ese par se merecen lo peor Leonor y Ernesto son unos desgraciados que solo ven estatus y no a su hija
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