El silencio en la habitación de Elena era denso, interrumpido solo por el sonido de su respiración agitada y el roce de las telas. Sobre su cama, tres vestidos yacían como cadáveres de una identidad que ella no lograba alcanzar. Su madre, Leonor, se los había enviado esa misma mañana con una nota que todavía quemaba sobre la mesa: "Ponte el negro, es el único que disimula tu falta de voluntad. No avergüences a Alexander en su primer acto público".
Elena se acercó al espejo de cuerpo entero. Est