La oferta del iceberg
El coche se detuvo frente a un restaurante de fachada discreta pero imponente. Elena bajó del vehículo con las piernas temblorosas, siguiendo la figura rígida de Alexander Blackwood. Él no esperaba por ella; caminaba con la seguridad de quien es dueño de cada baldosa que pisa. Una vez dentro, los condujeron a un reservado al fondo, una mesa protegida por pesadas cortinas de seda.
Elena se sentó al borde de la silla, apretando su bolso contra su vientre. Estaba aterrada. "M