La oferta del iceberg
El coche se detuvo frente a un restaurante de fachada discreta pero imponente. Elena bajó del vehículo con las piernas temblorosas, siguiendo la figura rígida de Alexander Blackwood. Él no esperaba por ella; caminaba con la seguridad de quien es dueño de cada baldosa que pisa. Una vez dentro, los condujeron a un reservado al fondo, una mesa protegida por pesadas cortinas de seda.
Elena se sentó al borde de la silla, apretando su bolso contra su vientre. Estaba aterrada. "Me va a despedir", pensaba. "Me descubrió usando la app de citas en el trabajo y ahora va a humillarme por insultarlo en los chats".
—Pida —dijo Alexander. Su voz era un latigazo de autoridad.
—No... no tengo hambre, señor Blackwood. Solo dígame qué hice mal. Si es por los chats de la app, puedo explicarlo. Estaba desesperada y...
—Dije que pida —la interrumpió él, levantando la vista. Sus ojos grises eran dos cuchillas de hielo—. Sé que no has comido nada decente hoy. No me obligue a elegir por usted, señorita De la Vega.
Elena bajó la mirada, avergonzada. Su estómago rugió por la mención de la comida, pero la angustia era mayor. Ante su silencio, Alexander llamó al camarero con un gesto imperceptible.
—Traiga el salmón con costra de hierbas, una crema de espárragos y el mousse de chocolate amargo —ordenó él sin consultar—. Y asegúrese de que el agua sea mineral, sin gas y a temperatura ambiente.
Cuando el camarero se retiró, Elena sintió que la rabia empezaba a filtrarse a través de su miedo.
—¿Por qué hace esto? ¿Es por diversión?
Él se quedó allí, sentado frente a ella, observándola con una fijeza que no admitía protestas.
—Señor, no tengo hambre. No entiendo por qué estamos aquí si va a echarme de la empresa.
—Dije que pida, y como no lo hizo, elegí yo. cuando traigan la comida quiero que comas.—respondió él con una frialdad absoluta—. No quiero que te desmayes en mi mesa. No es bueno para el negocio, ni para lo que llevas en el vientre.
Elena se quedó gélida. ¿Cómo sabía él lo del bebé? Sus ojos se abrieron con pánico.
—¿Cómo sabe lo de mi embarazo? Yo no se lo he dicho a nadie en la oficina...
Alexander dejó la servilleta y se inclinó hacia adelante. Sacó su teléfono personal, lo desbloqueó y lo deslizó por la mesa hasta que quedó frente a ella. Elena bajó la vista hacia la pantalla y sintió que el corazón se le detenía. Era el chat. Su chat con "Alex". El último mensaje que ella había enviado quejándose de su jefe estaba allí, en el teléfono de su jefe.
—Soy yo, Elena. Yo soy Alex. El hombre al que le confesaste que querías huir. El hombre al que le dijiste que tu ex te trató como basura y que tus padres quieren venderte.
—Tú... ¿tú eres Alex? —susurró ella, con la voz quebrada por el impacto—. ¿El chico dulce de la app... eres tú?
—Dulce es una palabra que no suelo usar —respondió él, y por un microsegundo, su mirada gris brilló con una intensidad distinta—. Pero sí, Elena. Yo soy el hombre al que le confesaste tus ganas de huir. Soy el hombre al que le dijiste que tu ex te trató como basura y que tus padres te asfixian.
Elena sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. El choque de identidades fue como un golpe físico. El hombre que la había escuchado por las noches, el que parecía entender su alma, era el mismo "iceberg" que ahora la miraba con autoridad y distancia.
Elena sintió que el mundo giraba. La calidez del chat y la frialdad del hombre frente a ella chocaron en su mente, creando un cortocircuito.
—No puede ser... —susurró ella—. Usted es mi jefe. Usted es... Alexander Blackwood.
—Me dejaste hablar... —sollozó ella—. Sabías quién era yo y me dejaste contarte mis miserias mientras te burlabas de mí en silencio.
—Nunca me burlé —la cortó él—. Me intrigaste. Me gustó la honestidad de la mujer que me llamaba tirano mientras yo trataba de que no pasara frío en la oficina. —Y también soy el hombre que tiene una propuesta para ti. —Él señaló la comida que acababa de llegar—. Come. No te dejes llevar por la pena. Tienes que alimentarte, Elena. Hazlo por el bebé, si no quieres hacerlo por ti.
Elena, en shock y sin saber cómo reaccionar, tomó la cuchara. Bajo la vigilancia constante de Alexander, empezó a comer. Él no se movió; se quedó allí, asegurándose de que ingiriera cada bocado, con esa frialdad que ahora ella entendía como una extraña forma de cuidado.
—Este es el trato, Elena —dijo él cuando ella terminó—. Necesito una esposa para cumplir con una herencia y tú necesitas un salvador. Casémonos. Te daré mi apellido, protección total y nadie volverá a humillarte por tu peso o por tu situación. A cambio, ese bebé será legalmente mío.
—¿Quiere casarse conmigo... por un contrato? —Elena no podía creerlo—. Señor Blackwood, soy una mujer gorda, embarazada de otro. ¿Por qué yo?
Alexander la miro con serieda y hubo un silencio.
—¿Casarme con usted? —Elena soltó una risa amarga—. Míreme, señor Blackwood. No soy el tipo de mujer que un hombre como usted luce en las galas. Soy la mujer de la que la gente se burla.
—A mí no me importa lo que la gente diga —respondió él con frialdad—. Me importa que seas mía. Que estés bajo mi control y mi protección. Tienes tres días para pensarlo. No me decepciones.
Cuando Elena llegó a casa esa noche, todavía sentía el mundo girar. Pero la pesadilla real la esperaba en la sala. Su padre, Ernesto, la interceptó con el rostro rojo de furia.
—¡El señor Gutiérrez estuvo aquí esperándote! —gritó, tomándola bruscamente del brazo—. ¡Le hiciste un desplante al hombre que va a limpiar tu desastre!
—¡No voy a casarme con ese viejo! —gritó Elena, zafándose—. ¡No es un salvador, es un asqueroso!
—¡Pues más te vale que te guste! —intervino su madre, Leonor—. Porque ya hemos tomado una decisión. O mañana a las ocho de la mañana vas a la clínica a abortar, o el sábado te entregamos a Gutiérrez para que haga contigo lo que quiera. No vamos a permitir que sigas dándonos vergüenza con esa barriga.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Sus padres no estaban bromeando. El odio en sus ojos era total; la veían como una mercancía que debía arreglarse o desecharse.
—¡Son mis padres! ¿Cómo pueden hacerme esto? —sollozó ella.
—Lo hacemos por la familia —sentenció su padre—. Ahora vete a tu cuarto. Mañana a primera hora, o pierdes al niño o pierdes tu libertad. Tú eliges.
Elena subió a su habitación corriendo, encerrándose con llave. Se desplomó en el suelo, llorando en la oscuridad. Recordó la voz de Alexander: "Te daré protección total y nadie volverá a humillarte".
No tenía tres días. No tenía ni siquiera doce horas. Se quedó allí, abrazando su vientre, dándose cuenta de que su única salvación era el hombre de hielo que acababa de proponerle un contrato para comprar su futuro.