Inversiones y sospechas
La sala de juntas del piso 40 era un acuario de cristal donde el aire se sentía tan fino que costaba respirar. Los directivos de Blackwood Enterprises estaban sentados alrededor de la mesa de mármol, debatiendo sobre proyecciones trimestrales con voces monótonas. En la cabecera, Alexander Blackwood escuchaba sin oír. Sus ojos grises estaban fijos en la puerta, esperando.
Cuando la puerta se abrió, el silencio se hizo un poco más denso. Elena entró cargando una carpeta pesada de documentos. Se veía cansada; las ojeras bajo sus ojos revelaban que no había dormido, y su respiración era ligeramente agitada. Llevaba una falda negra que, al caminar, se subía un poco por encima de sus rodillas debido a sus curvas, y una blusa delgada que no parecía suficiente para el frío glacial del sistema de ventilación.
Alexander notó un detalle de inmediato: ella estaba temblando. No era solo por los nervios de estar frente a toda la junta directiva; era el frío. Y ella estaba embarazada. Un instinto primario, algo que Alexander no sabía que poseía, se disparó en su pecho.
Sin dejar de mirar al director financiero que exponía un gráfico, Alexander estiró la mano hacia el panel de control táctil de la mesa y subió la temperatura de la sala de 18 a 24 grados. Los ejecutivos se miraron entre sí, extrañados por el repentino calor, pero nadie se atrevió a decir nada.
Elena se acercó a Alexander para entregarle los documentos. Ella mantenía la cabeza baja, tratando de ser invisible, pero sus piernas temblaban visiblemente. Antes de que pudiera retirarse, Alexander se quitó su abrigo de lana de cachemira negra —una prenda que costaba más que el sueldo anual de un empleado promedio— y, con un movimiento fluido y autoritario, lo lanzó sobre el regazo de Elena mientras ella aún estaba de pie junto a él.
—Cúbrete las piernas —dijo Alexander con una voz tan fría que helaba el aire, aunque sus actos dijeran lo contrario—. El departamento de archivos no puede permitirse que su personal se tome días libres por un resfriado. Es una pérdida de eficiencia.
Elena se quedó paralizada. El abrigo era pesado, cálido y olía a sándalo y éxito. Los murmullos en la sala cesaron. ¿El CEO acababa de darle su abrigo a la "chica de los archivos"?
—Señor Blackwood... yo... no es necesario —balbuceó ella, roja como un tomate.
—Es una orden, no una sugerencia, señorita De la Vega. Retirese.
Elena salió de la sala casi corriendo, abrazando el abrigo contra su pecho como si fuera un escudo. No entendía nada. ¿Aquel hombre de hielo acababa de mostrar preocupación? "Seguro solo quiere que no ensucie la alfombra si me desmayo", pensó ella, tratando de recuperar la compostura mientras bajaba en el ascensor.
De vuelta en su cubículo, Elena se hundió en su silla. El abrigo seguía sobre sus piernas, irradiando un calor que parecía calmar las náuseas del embarazo. Necesitaba procesar lo ocurrido, y solo había una persona con la que podía hablar.
Elena: "Alex, oficialmente mi jefe ha perdido la cabeza. Hoy, en medio de una reunión importante, me lanzó su abrigo de lujo para que me cubriera las piernas. ¡Casi me muero de calor! Creo que el nitrógeno líquido de su sangre se le subió al cerebro."
A los pocos segundos, su teléfono vibró. Alexander, desde su oficina, observaba a través de la pared de cristal cómo la junta se disolvía. Su mente estaba trabajando a toda velocidad. Esa mañana, su madre lo había llamado tres veces para recordarle su compromiso con una heredera insípida. "Necesitas un heredero, Alexander. Necesitas estabilidad", le había dicho.
Miró el mensaje de Elena y sonrió. Una idea audaz, casi brillante, empezó a tomar forma.
Alex: "¿Un abrigo? Tal vez solo es un hombre de negocios pragmático. Quizás tenía miedo de que su inversión más valiosa se resfriara."
Elena: "¿Inversión? ¿Yo? Soy la última prioridad en esta empresa. A menos que cuente al bebé, pero él ni siquiera sabe de eso."
Alex: "Los hombres como él siempre saben más de lo que admiten. Escucha, Luz... He estado pensando en lo que dijiste de querer huir. Tengo una propuesta para ti. ¿Qué tal si nos conocemos hoy mismo?"
El corazón de Elena dio un vuelco.
Elena: "¿Hoy? Pero ni siquiera sé cómo eres."
Alex: "Confía en mí. Te esperaré debajo de tu edificio de oficinas a las seis. Estaré en un coche negro. No tengas miedo. Tal vez yo sea ese 'golpe de suerte' que estás buscando."
Elena guardó el teléfono con las manos temblorosas. "Un coche negro frente a la empresa", pensó. "Es arriesgado, pero ¿qué tengo que perder? Mis padres ya me vendieron, Matías me desechó... si este Alex es un secuestrador, al menos será una muerte más emocionante que casarme con el señor Gutiérrez".
A las seis en punto, Elena salió por las puertas giratorias de la empresa. El viento de la tarde era cortante. Miró hacia la calle y vio un sedán negro de vidrios tintados estacionado justo en la zona prohibida. El coche gritaba poder.
Se acercó lentamente, con el bolso apretado contra su vientre. De repente, la puerta trasera se abrió.
Elena se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y sintió que el mundo giraba. Sentado en el asiento de cuero, con el mismo traje impecable de la mañana y una expresión indescifrable, estaba Alexander Blackwood.
El pánico la golpeó como una ola de agua helada.
—¿Señor Blackwood? —su voz salió como un chirrido—. Yo... yo no sabía que usted... Oh, Dios mío. Me descubrió.
Elena dio un paso atrás, lista para correr. En su mente, Alexander estaba allí porque había rastreado que ella usaba la app en el trabajo. Estaba allí para humillarla, para despedirla por haberlo llamado "iceberg" y "loco". Se sintió pequeña, miserable y expuesta.
—Señor, lo siento —empezó a decir, con las lágrimas asomando por sus ojos—. Sé que perdí el tiempo en el chat, pero necesitaba hablar con alguien... por favor, no me despida, no tengo a dónde ir...
Alexander la observó en silencio durante un segundo que pareció eterno. Vio su pánico, vio cómo se protegía el vientre inconscientemente, y vio la vulnerabilidad que lo había cautivado en el chat. No había rastro de la chica sarcástica de la app; solo estaba la mujer rota que sus padres querían desechar.
—Suba al coche, Elena —dijo él. No era un grito, era una orden calmada, casi suave.
—Señor, puedo explicarlo...
—He dicho que subas. No vamos a discutir tus horas de trabajo en la acera. Tenemos asuntos mucho más importantes que tratar, como tu futuro... y el de tu 'inversión'.
Elena entró al coche, sintiendo que caminaba hacia su propia ejecución. El aroma a sándalo la envolvió de nuevo. Mientras la puerta se cerraba con un sonido sordo, ella se hundió en el asiento, sin atreverse a mirar al hombre que, hasta hace una hora, era su confidente secreto y ahora volvía a ser su frío y todopoderoso verdugo.
Alexander dio la señal al chófer para que arrancara. El juego de sombras había terminado; era hora de que el contrato comenzara.