La jaula de cristal y oro
El coche se detuvo ante una mansión que hacía que la casa de los padres de Elena pareciera una cabaña de invitados. La propiedad de los Blackwood era una joya de arquitectura neoclásica, rodeada de jardines perfectamente podados donde incluso las flores parecían seguir una jerarquía de prestigio.
Elena sentía que el vestido le apretaba, no por la talla, sino por la ansiedad. Sus manos estaban empapadas de sudor frío. Alexander bajó del coche y, con una naturalidad que a ella le asustaba, rodeó el vehículo para abrirle la puerta.
—Recuerda —susurró él mientras la ayudaba a bajar—, no pidas permiso para existir. Eres mi prometida. Actúa como tal.
Al cruzar el umbral, el lujo los golpeó de frente: suelos de mármol de Carrara, candelabros de cristal que dispersaban la luz en mil diamantes y un silencio aristocrático que solo se rompió por el sonido de los tacones de Victoria Blackwood, la madre de Alexander.
Victoria se detuvo en seco a mitad del gran salón. Sus