El eco de un espejo roto
El aroma a lasaña recién horneada llenaba el pequeño apartamento de Elena. Era el aroma
del esfuerzo, de dos horas picando verduras y preparando la salsa favorita de Matías. Elena
se miró en el espejo del pasillo por décima vez en la última hora, alisando con las manos
sudorosas la tela de su vestido azul marino. Se lo había comprado especialmente para esa
noche, gastando lo que le quedaba de su último bono en la oficina.
—Te ves bien, Elena. Él se va a alegrar —se susurró a sí misma, aunque una punzada de
duda le recorrió el estómago.
Últimamente, Matías apenas la miraba. Sus conversaciones se habían vuelto monosílabos y
sus encuentros, apenas sombras de lo que solían ser. Pero hoy era diferente. Hoy tenía un
secreto que lo cambiaría todo. Dentro de su bolso, escondida como un tesoro sagrado,
descansaba una tira de papel térmico con una imagen granulada: un pequeño punto blanco
que representaba su futuro.
Cuando escuchó la llave girar en la cerradura, su corazón dio un vuelco. Matías entró con el
ceño fruncido, lanzando las llaves sobre la mesa sin siquiera mirarla.
—¿Por qué hay tanto olor a comida? Te dije que hoy no tenía mucha hambre —dijo él,
quitándose el saco con brusquedad.
—Es una ocasión especial, Matías. Quería que celebráramos —respondió ella, forzando
una sonrisa mientras se acercaba para darle un beso. Él se ladeó ligeramente, dejando que
el beso aterrizara en su mejilla, fría y distante.
—¿Celebrar qué? ¿Otro aniversario de esos que te inventas? Elena, estoy cansado.
—No es un aniversario. —Ella tomó aire, sintiendo que el valor se le escapaba por los pies.
Se acercó a la mesa, tomó su bolso y sacó la ecografía. Sus manos temblaban tanto que el
papel vibraba—. Estoy embarazada, Matías. Vamos a ser padres.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier insulto. Matías no se movió. No dejó
caer su maletín, no abrió los ojos con asombro, no corrió a abrazarla. Simplemente se
quedó allí, mirando el papel como si fuera un recibo de luz que no pensaba pagar.
—¿Estás bromeando? —Su voz fue un susurro cargado de veneno.
—No... tengo seis semanas. Fui al médico hoy. Matías, sé que no lo planeamos, pero
podemos hacerlo. Podríamos mudarnos a un lugar más grande, yo puedo pedir más horas
en la empresa y...
—¡Cállate! —El grito de Matías la hizo retroceder, chocando contra el borde de la mesa de
madera—. ¿En qué demonios estabas pensando, Elena? ¿Padres? ¿Tú y yo?
—Matías, es nuestro hijo...
Él soltó una carcajada seca, una risa que sonaba a cristales rotos. Se acercó a ella,
invadiendo su espacio personal, obligándola a encogerse.
—Mira esto —dijo él, señalándola de arriba abajo con un gesto de asco—. Mírate, Elena.
Apenas puedes mantener tu propio peso, apenas entras en ese vestido que parece una
carpa, ¿y esperas que yo cargue con un niño y contigo?
—¿Qué estás diciendo? —Las lágrimas empezaron a nublarle la vista.
—Estoy diciendo que se acabó. He estado buscando el momento de decírtelo, pero esto es
el colmo. ¿De verdad pensaste que podrías amarrarme con un bebé? —Matías empezó a
caminar de un lado a otro, gesticulando con furia—. Estuve contigo porque eras cómoda,
Elena. Porque cocinas, porque limpias y porque... bueno, supongo que me daba lástima que
nadie más fuera a fijarse en alguien como tú. Pero no voy a arruinar mi vida por un error.
—¿Lástima? —El corazón de Elena se rompió en ese mismo instante. Cada palabra era un
golpe físico—. Dijiste que me querías. Me dijiste que mi cuerpo no importaba porque mi
alma era...
—¡Eso es lo que se dice cuando no quieres herir los sentimientos de una gorda! —escupió
él, sin pizca de remordimiento—. Pero la realidad es que me avergüenza salir contigo. Me
avergüenza que mis amigos vean que mi novia tiene que comprar ropa en secciones
especiales. ¿Crees que quiero un hijo que herede tu genética? ¿Un hijo que sea igual de
descuidado y desagradable a la vista?
Elena sintió que el aire le faltaba. Las palabras de Matías eran como ácido quemando su
piel. La humillación se instaló en su pecho, pesada y asfixiante. Se miró las manos, esas
manos que habían acariciado su rostro tantas noches, y de repente se sintió monstruosa.
—Vete de aquí, Elena —continuó él, empezando a meter la ropa de ella en una maleta de
forma errática—. Deshazte de ese problema. Aborta o haz lo que quieras, pero a mí no me
busques. No voy a asumir ninguna responsabilidad por algo que no deseo. No voy a ser el
padre del hijo de una mujer que ni siquiera se respeta a sí misma.
—No tengo a dónde ir a esta hora, Matías... por favor, hablemos...
—Me importa un bledo a dónde vayas. —Él la tomó del brazo y la arrastró hacia la puerta
con una fuerza que ella no pudo combatir—. Ve a llorar a un buffet, que es lo único que
sabes hacer bien. Mírate, das asco. Nadie te va a querer así, Elena. Nadie quiere a una
gorda embarazada y abandonada. Vas a estar sola el resto de tu vida porque eso es lo que
te mereces.
Él abrió la puerta principal y la empujó hacia el pasillo. La maleta, mal cerrada, cayó a sus
pies, dejando salir una parte de su ropa. El golpe seco de la puerta al cerrarse resonó en
todo el edificio, y luego vino el sonido del cerrojo.
Elena se quedó allí, de pie en el pasillo iluminado por una luz amarillenta y parpadeante.
Sus vecinos debían haberlo oído todo. Se sentía desnuda, expuesta, como si el mundo
entero pudiera ver ahora la "monstruosidad" que Matías acababa de describir.
Se arrodilló lentamente para recoger su ropa, con las lágrimas empapando la tela azul de su
vestido nuevo. Cada sollozo le recordaba la presión en su vientre, la vida que ahora era solo
suya, una carga que el hombre que decía amarla despreciaba con cada fibra de su ser.
—Perdóname, pequeño —susurró, abrazando su propia cintura mientras se mecía en el
suelo del pasillo—. Perdóname por no ser suficiente.
Esa noche, mientras caminaba bajo la llovizna buscando un hotel barato que pudiera pagar
con los pocos billetes que tenía en su bolso, Elena se hizo una promesa. Ocultaría su dolor,
ocultaría su cuerpo y, sobre todo, ocultaría su corazón. Las palabras de Matías —gorda,
asco, sola— se grabaron en su mente como un mantra oscuro.
Pero esa noche, Elena solo sentía el frío de la calle y el peso de una soledad que parecía
eterna.