Capítulo 2

El precio del apellido

La lluvia de la ciudad no era nada comparada con el frío que Elena sentía en los huesos mientras caminaba hacia la casa de sus padres. Cargaba la maleta mal cerrada con una mano y su orgullo hecho pedazos con la otra. No tenía otro lugar a donde ir. Sus ahorros eran escasos y la voz de Matías seguía resonando en su cabeza como un eco infinito: "Nadie te va a querer así".

Cuando llegó a la imponente puerta de madera de la casa familiar, dudó. Sus padres, los señores de la alta sociedad local que siempre habían valorado las apariencias por encima de los sentimientos, no eran precisamente un puerto seguro. Pero el frío y la náusea que empezaba a subir por su garganta la obligaron a llamar.

Fue su madre, Leonor, quien abrió la puerta. No hubo un abrazo, ni un "¿estás bien?". Leonor recorrió con la mirada el rostro hinchado de Elena, su cabello empapado y, finalmente, su vestido azul arrugado.

—Pero qué espectáculo, Elena —fue lo primero que dijo, haciéndose a un lado para dejarla pasar—. Pareces una indigente. ¿Qué te ha pasado ahora? ¿Otra pelea con ese muchacho?

Elena entró en la sala, donde su padre, Ernesto, leía un informe financiero. Él ni siquiera levantó la vista hasta que escuchó el sollozo ahogado de su hija.

—Matías... él me echó —logró decir Elena, dejando caer la maleta. El sonido del golpe en el suelo de mármol pareció un trueno—. Dijo cosas horribles. Dijo que nunca me quiso, que solo... que solo estaba conmigo por lástima porque soy gorda.

Ernesto finalmente bajó los papeles y se ajustó las gafas, mirando a su hija con una mezcla de fastidio y decepción.

—Te lo advertimos, Elena —sentenció su padre con voz gélida—. Un hombre como Matías tiene aspiraciones. Te dijimos que si no cuidabas tu imagen, terminarías espantándolo. No puedes esperar que un hombre joven y exitoso se sienta orgulloso de alguien que no tiene fuerza de voluntad para cerrar la boca frente a un plato de comida.

—¡Eso no es lo peor! —gritó Elena, con la voz rota—. ¡Estoy embarazada!

El silencio que cayó sobre la sala fue absoluto. Leonor se llevó una mano al pecho, palideciendo, mientras Ernesto se ponía de pie lentamente, con una expresión de pura furia contenida.

—¿Embarazada? —susurró su madre—. ¿En ese estado? Elena, ya eres lo suficientemente grande como para añadirle el volumen de un embarazo. ¿Tienes idea de cómo te vas a ver? Serás el hazmerreír de todas nuestras amistades. "La hija gorda de los De la Vega, abandonada y con un bastardo".

—¡No es un bastardo! ¡Es su nieto! —sollozó Elena, hundiéndose en el sofá, sintiéndose más pequeña que nunca a pesar de su tamaño.

—No será nieto de nadie si ese hombre no se hace cargo —rugió Ernesto, golpeando la mesa—. Mañana mismo irás a buscarlo. Le suplicarás, te arrodillarás si es necesario, pero ese niño tiene que tener un apellido. Si él te dejó por tu apariencia, prométele que cambiarás, que te someterás a una cirugía, ¡lo que sea! Pero no vamos a cargar con esta vergüenza.

—Él no me quiere, papá. Me humilló. Dijo que le doy asco... —Elena se cubrió la cara con las manos, temblando.

—Entonces tenemos un problema grave —dijo su madre, acercándose a ella, pero no para consolarla, sino para analizarla como si fuera una mercancía dañada—. Escúchame bien, Elena. En esta familia no permitiremos un escándalo de este calibre. Tienes dos opciones.

Elena levantó la vista, encontrando los ojos de su madre, fríos como el hielo.

—La primera —continuó Leonor— es que te deshagas de eso. Aborta. Mañana mismo podemos concertar una cita en una clínica privada, lejos de aquí, donde nadie haga preguntas. Te recuperas, te pones a dieta de una vez por todas y fingimos que nada pasó.

Elena sintió un escalofrío. Miró su vientre, donde apenas comenzaba a gestarse una vida que, aunque no buscada, era lo único que parecía pertenecerle en ese momento.

—¿Y la segunda? —preguntó con voz temblorosa.

—Si te empeñas en seguir con esa "bendición" —intervino su padre con sarcasmo—, no te quedarás aquí para darnos vergüenza. Tendrás que aceptar un matrimonio arreglado. Conocemos a un hombre, el señor Gutiérrez. Es viudo, tiene dinero y está buscando una esposa que cuide de su casa. Es un hombre... maduro, de unos sesenta años, pero no será exigente contigo. Él aceptará al niño a cambio de que tú seas una esposa obediente y mantengas la boca cerrada.

Elena sintió náuseas de verdad esta vez. El señor Gutiérrez era un hombre descuidado, conocido por su temperamento amargo y sus modales desagradables. Sus padres la estaban vendiendo. La estaban entregando a un hombre que les doblaba la edad solo para "limpiar" el nombre de la familia.

—¿Me están pidiendo que elija entre matar a mi hijo o casarme con un anciano que no conozco? —preguntó Elena, incrédula.

—Te estamos pidiendo que dejes de ser una carga —respondió su padre sin inmutarse—. No tienes trabajo estable, no tienes pareja y, seamos sinceros, Elena, con tu físico no estás en posición de exigir. Gutiérrez es lo mejor que puedes conseguir ahora que estás "marcada". Tienes tres días para decidir. O la clínica, o el compromiso. Si no eliges, te pondremos en la calle con esa maleta y no volverás a usar nuestro apellido nunca más.

Elena no respondió. Se puso de pie, tomó su maleta y subió a la que solía ser su habitación de la infancia. Al cerrar la puerta, se dejó caer contra la madera, deslizándose hasta el suelo.

Su autoestima, que ya estaba por los suelos después de lo de Matías, se había hundido ahora en un abismo oscuro. Se sentía como un objeto, una masa de carne que sus padres querían esconder o vender al mejor postor.

"Gorda... asco... vergüenza... carga" —las palabras se repetían en su mente.

Se miró en el espejo del tocador. Se vio grande, desgarbada, con los ojos inyectados en sangre por el llanto. Por un momento, el odio hacia sí misma fue tan fuerte que deseó desaparecer. Pero entonces, una chispa de rebeldía, una que no sabía que tenía, comenzó a arder en su pecho. Era orgullo. Un orgullo herido, sangrante, pero vivo.

—No voy a dejar que me vendan —susurró para su reflejo—. Y no voy a dejar que me obliguen a nada.

En ese momento, tomó una decisión radical. Abortaría. No porque sus padres lo dijeran, sino porque no quería que un hijo suyo creciera en este ambiente de odio y rechazo. Pero no se quedaría. Usaría el poco dinero que le quedaba, abortaría en secreto y luego se iría de esa ciudad. Cambiaría su nombre si era necesario, empezaría de cero donde nadie supiera quién era la "gorda abandonada".

Se acostó en la cama, sintiendo el vacío en su corazón. Para distraerse del dolor que le oprimía el pecho, tomó su teléfono. Sus dedos, por pura inercia, abrieron una aplicación de citas que había descargado semanas atrás en un momento de inseguridad, pero que nunca se había atrevido a usar.

Buscaba una distracción, alguien con quien hablar que no supiera que estaba llorando, que no pudiera ver su cuerpo, que no supiera que su propia familia la despreciaba.

En la pantalla apareció un perfil sin foto clara, solo un paisaje urbano y un nombre: Alex.

Elena, impulsada por una mezcla de rabia y soledad, comenzó a escribir. No buscaba amor, buscaba un testigo de su existencia.

"Hola", escribió ella. "¿Alguna vez has sentido que el mundo entero ha decidido que no vales nada solo por cómo te ves?"

Lejos de allí, en una oficina iluminada solo por la luz de un monitor, Alexander vio la notificación. Normalmente la habría ignorado, pero había algo en esa frase, algo tan crudo y real, que lo hizo detenerse.

Él no sabía que esa era la mujer que mañana entraría a su oficina a entregar documentos con los ojos bajos. Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, alguien en esa aplicación no estaba fingiendo.

Alexander escribió: "El mundo suele ser ciego ante lo que realmente importa. Pero dime, ¿quién decidió eso por ti hoy?"

Elena vio la respuesta y, por primera vez en horas, soltó un suspiro que no era un sollozo. Sin saberlo, acababa de lanzar un hilo de seda hacia el hombre que se convertiría en su salvador, aunque al principio, ella solo quería que fuera su cómplice en la oscuridad.

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