La lealtad de las sombras
El eco de la bofetada aún parecía vibrar en las paredes blancas de la habitación. Elena permanecía encogida en la cama, con la palma de la mano presionando su mejilla ardiente, mientras las lágrimas se deslizaban entre sus dedos. Leonor, lejos de mostrar arrepentimiento, comenzó a caminar de un lado a otro con la agitación de un animal enjaulado que acaba de ver una salida.
—No ganas nada llorando, Elena —sentenció Leonor, deteniéndose para lanzar una mirada gélida a s