Cuando se dio cuenta de que ella estaba a punto de irse, Renato avanzó un paso y sujetó su brazo. El gesto fue impulsivo, más desesperación que intención, pero, en el mismo instante, vio la mirada de ella caer sobre la propia mano que la sostenía.
Sara entrecerró los ojos, despacio, como si aquel simple contacto fuera algo que ya no estaba dispuesta a aceptar.
—Sara… por favor —imploró él, con la voz baja, casi como la de un niño con miedo de perderse de su madre en medio de una multitud.
Ella