Sin saber qué hacer, me di la vuelta para salir de allí, pero al alzar la vista me encontré de frente con la mujer que nos había recibido en la puerta. Me observaba con una mirada indescifrable, los brazos cruzados y la postura rígida.
—Hola —dije, intentando sonar cordial—. ¿Podría mostrarme dónde queda mi habitación?
Se acercó en silencio, analizándome de arriba abajo. No hacía falta leer la mente para saber qué pasaba por su cabeza.
—Tú no eres la novia de Renato —comentó, arqueando levemente una ceja.
—Tienes razón —admití, sin apartar la mirada—. Pero, al final de cuentas… terminé casándome con él.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó, claramente curiosa.
Por alguna razón, aquella mujer me incomodaba. Tal vez era su mirada, o el tono con el que hablaba. No sabía explicarlo, solo sabía que no debía confiar en ella.
—Si de verdad quiere saber qué pasó, es mejor que se lo pregunte al propio Renato —evadí.
Su rostro se tensó. Lo noté de inmediato: no le gustó mi respuesta. Aun así, mantu