Sin saber qué hacer, me di la vuelta para salir de allí, pero al alzar la vista me encontré de frente con la mujer que nos había recibido en la puerta. Me observaba con una mirada indescifrable, los brazos cruzados y la postura rígida.
—Hola —dije, intentando sonar cordial—. ¿Podría mostrarme dónde queda mi habitación?
Se acercó en silencio, analizándome de arriba abajo. No hacía falta leer la mente para saber qué pasaba por su cabeza.
—Tú no eres la novia de Renato —comentó, arqueando levement