—¿De verdad dudas de que tus padres dijeran eso? Después de haber permitido que entraras en la iglesia en lugar de tu hermana —lanzó, con una mirada dura.
Por más que aquella pregunta doliera, yo sabía la respuesta. Mis padres eran, sí, capaces de todo… especialmente de proteger a Raquel de la furia de Renato Salles.
—No pueden hacerme esto… —murmuré, todavía incrédula.
—Pero lo hicieron —replicó, seco—. Así que es mejor que pienses bien cómo te dirigirás a mí de ahora en adelante, Sara. Porque, aunque ahora parezca bastante paciente, todavía estoy pensando qué haré contigo.
—Solo déjame ir, por favor. Ya obtuviste lo que querías, un matrimonio.
—¿De verdad lo crees? —respondió, devolviéndome las gafas.
Me las puse enseguida y lo miré. No parecía estar bluffeando. La firmeza en su mirada, el tono de su voz… todo me provocaba escalofríos. Pero, por más miedo que sintiera, no podía permitir que me tratara como una «cosa».
—Sal de mi habitación —pedí, queriendo poner fin a aquella conver