Mundo ficciónIniciar sesiónDurante tres años, Grace Scott fue el secreto mejor guardado de Dominic Pierce. Su asistente, su confidente, su amante y la única mujer en la que el CEO de Nueva York confiaba. Dominic siempre fue claro: entre ellos no había futuro. Grace aceptó las reglas hasta que él anunció su compromiso con otra mujer y terminó su historia como si fuera un simple trámite. Humillada por la dinastía Pierce y destrozada por el silencio de un hombre que no fue capaz de defenderla, Grace desapareció de su vida. Para ella, el mensaje fue contundente: él permitió que la despreciaran y eligió el poder por encima de lo que tenían... incluso cuando ella más lo necesitaba. Años después, Grace regresa convertida en una estratega brillante al servicio del mayor rival de Dominic. Mientras el imperio Pierce empieza a desmoronarse, Dominic descubre que la mujer que lo está desmantelando es la misma que dejó ir. Pero Grace ya no es la asistente ingenua del pasado; aprendió a sobrevivir con dos secretos que Dominic Pierce jamás imaginó. ¿Podrá Dominic enfrentar las consecuencias de haber permitido que otros decidieran por él? ¿Estará Grace dispuesta a perdonar a un hombre al que cree capaz de la peor traición? Historia registrada en Safe Creative bajo el código: 2602XXXXX4058 02/02/2026
Leer más—Ve a la joyería Winston mañana a primera hora, Grace. Quiero el diamante de corte princesa que reservé el mes pasado.
Dominic Pierce no levantó la vista del ventanal cuando lo dijo. Su tono fue el de siempre: firme y seguro.
Como si el cuerpo de ella no hubiera estado hace minutos contra el suyo.
Como si los besos ardientes de instantes antes no hubieran dejado la piel de Grace marcada de calor.
Como si su nombre no hubiera temblado todavía en sus labios cuando él la tuvo contra ese mismo cuerpo ahora distante.
Como si nada de eso hubiera ocurrido.
Grace se detuvo a medio botón de su blusa.
—¿Reservaste un diamante? —preguntó con la voz temblorosa—. ¿Para qué?
Dominic giró apenas la cabeza.
—Sí. Un anillo de compromiso. Me comprometeré en la gala del viernes.
Grace sintió como si le acabaran de clavar una estaca en el pecho. Durante tres años había aprendido a leerlo incluso cuando no decía nada. Esa noche, por primera vez, no supo dónde colocarse.
—¿Te vas a casar? —preguntó con la voz apenas sostenida.
Dominic se volvió por completo. La observó con esos ojos grises y su mirada analítica que usaba cuando evaluaba cifras o riesgos.
—Es una decisión lógica, Grace. No tiene nada que ver contigo. Sabes que así funciona este mundo: matrimonios arreglados para fusionar empresas. El apellido Coleman es clave para la fusión.
—¿Y nosotros? —preguntó ella, sin poder evitarlo.
Dominic no respondió de inmediato. Ese silencio fue más elocuente que cualquier frase.
—Nunca hablamos de amor —dijo al final—. Siempre fui claro. Sabías que esto tenía fecha de caducidad.
Grace asintió despacio.
«Claro. Sí. Él siempre había sido claro… a su manera»
Ella respiró hondo.
—No hablaste de amor —dijo—. Pero tampoco imaginé que…
Dominic frunció apenas el ceño.
—¿Qué me casaría con otra, Grace? —cuestionó con él con esa voz fría que solía usar cuando se sentía incomodo.
—Creí que luego de estos tres años yo era importante para ti —reclamó ella, con los ojos vidriosos—. Y me mandas a mí a retirar el anillo para otra. ¿Pretendes humillarme?
El silencio se alargó entre ambos.
Dominic se aclaró la garganta.
—Jamás te he humillado Grace, siempre supiste cual era tu lugar en mi vida, no te hice promesas —expuso terminando de arreglarse el traje—. Eres la única persona en quien confío. Si crees que pedirte eso es demasiado, dímelo. Le asignaré la tarea a alguien más.
—Tres años —continuó Grace, sin elevar la voz—. Tres años en los que me pediste lealtad, discreción, tiempo. No te estoy pidiendo promesas, Dominic. Solo honestidad.
Dominic dio un paso hacia ella. No la tocó. No hizo falta.
—Esto no cambia lo que fuiste para mí —dijo—. Pero tampoco podemos continuar… así como estaba.
Grace bajó la mirada un instante. Cuando volvió a alzarla, su voz ya no temblaba.
—Eso es lo que más duele —admitió—. Saber que para ti esto fue suficiente… y para mí no. Y por supuesto que las cosas cambian, jamás seré tu amante.
Dominic asintió. La miró una última vez, tomó su saco.
—Quiero el anillo mañana en mi escritorio —solicitó—. Confío en ti.
Salió del despacho sin mirar atrás.
Grace se quedó sola, respirando despacio, intentando no derrumbarse allí mismo.
****
Al día siguiente, Grace entró a la oficina con la caja de terciopelo azul entre las manos.
Dominic estaba revisando unos documentos. No levantó la vista de inmediato, pero supo que era ella. Ese aroma a vainilla era inconfundible.
—Buenos días, señor Pierce. Aquí está —dijo Grace—. El anillo.
Dominic alzó la mirada. La observó un segundo más de lo habitual.
Tomó la caja. Sus dedos rozaron los de ella por un instante. El contacto fue mínimo, pero suficiente para tensarle la mandíbula. Retiró la mano con más rapidez de la necesaria y abrió el estuche.
—Es exactamente lo que pedí.
—Sí.
Dominic cerró la caja y la dejó sobre el escritorio.
—Gracias.
Grace respiró hondo.
—Señor, venía a informarle que voy a renunciar.
El ceño de Dominic se frunció de inmediato. La noticia lo tomó por sorpresa.
—No —respondió de golpe—. No es necesario.
—Para mí sí.
Dominic apoyó la mano en el borde del escritorio. El gesto fue automático, como si necesitara afirmarse.
—Eres eficiente, Grace —dijo—. Conoces cada proceso. Reemplazarte ahora sería… poco práctico.
Evitó su mirada. Ajustó el reloj.
—Lo entiendo —respondió ella—. Pero es lo mejor para mí.
Dominic se levantó despacio. Dio un paso. Luego otro. Se detuvo frente a ella. Demasiado cerca.
Grace retrocedió por instinto y sintió la pared a su espalda. El aire se volvió espeso. El pulso le tembló en las manos.
Dominic bajó la mirada a sus labios. Solo un segundo. Grace lo notó. El corazón le golpeó el pecho, creyendo que él iba a hacerlo.
Dominic cerró los ojos apenas un instante. Cuando los abrió, dio un paso atrás.
—No veo por qué no podemos tener una relación profesional —dijo con voz contenida. —Jefe y empleada.
Grace negó despacio.
—Porque yo ya no puedo.
El silencio cayó con peso.
Dominic apretó la mandíbula. Buscó una razón lógica, algo concreto a lo que aferrarse.
—Piénsalo —propuso—. Perder a una asistente como tú no es conveniente para la empresa.
Grace sostuvo su mirada, firme.
—Está decidido, señor Pierce. No hay nada que pueda detenerme.
Se giró y salió sin esperar respuesta, con la cabeza en alto.
Dominic se quedó allí, mirando la puerta cerrada con una extraña sensación de inquietud. No entendía por qué le costaba volver a los documentos, ni por qué el despacho se sentía de pronto demasiado grande.
Grace no se detuvo en su escritorio; corrió al baño y se encerró en un cubículo. Se apoyó contra la puerta, cerrando los ojos mientras el mundo giraba.
No era solo el dolor. Era una sospecha gélida, un retraso que había intentado ignorar y una pesadez en el vientre que la aterraba. Se llevó una mano temblorosa a la falda.
—No ahora —susurró—. Por favor, que no sea lo que sospecho.
El teléfono en el despacho de Charlotte Pierce vibró con una insistencia. Cuando ella finalmente lo tomó, la voz del señor Harrison, el gerente del banco, sonaba al borde del colapso.—¡Señora Charlotte! —exclamó Harrison, casi sin aire—. Dominic acaba de estar aquí. Ha sido un desastre absoluto. Canceló todas las cuentas de Global Pierce... ¡todas! El fondo de contingencia, las nóminas, incluso sus cuentas personales. Dijo que movería hasta el último centavo a la competencia antes del cierre del día. Es una fortuna que el banco ha manejado desde la época de su esposo, no podemos permitirnos perder este flujo de capital.Charlotte apretó el auricular, su rostro mostró una máscara de frialdad, pero no mostró ni un ápice de debilidad ante el gerente. —Tranquilo, Harrison —respondió ella con una voz gélida y autoritaria—. Dominic está pasando por una fase de rebeldía absurda. No se angustie, mi nieto Dustin será pronto el nuevo CEO de la compañía y retomaremos las relaciones comerciales
—Te daré una oportunidad, Dominic —soltó ella con la voz firme—. Pero quiero que me escuches bien y que esto se te grabe. Dominic no retrocedió, manteniendo la mirada fija en ella, atento a cada palabra.—A la primera que invadas mi espacio, a la primera que intentes sobrepasarte conmigo o que creas que este abrazo te da derecho a algo más, se acabó —sentenció Grace, apretando los dedos sobre la tela de su chaqueta—. Agarro mis cosas, tomo a mis niños y no nos vuelves a ver nunca más. No habrá una segunda oportunidad ni explicaciones. Desapareceré de tu vida y de esta empresa para siempre. ¿Te queda claro?Dominic sintió el peso de la amenaza. Grace ya se había ido una vez y no dudaría en hacerlo de nuevo si él cometía el más mínimo error. —Te queda claro —respondió él, bajando las manos de su rostro para demostrarle que respetaba su límite de inmediato—. No voy a forzar nada, Grace. Mi prioridad es que estés segura y que nadie vuelva a humillarte. Si para eso tengo que mantener mi
Dominic se adelantó unos pasos y abrió la puerta de su deportivo con un gesto fluido, esperando que Grace subiera. Se quedó sosteniendo la manija, pero ella ni siquiera se detuvo. Con la barbilla en alto y un paso decidido, Grace pasó de largo y caminó hacia la camioneta negra donde el chofer ya mantenía la puerta abierta.Subió al asiento trasero sin mirar atrás.—Al banco —ordenó Grace con voz seca.Dominic se quedó estático un segundo, con la mano aún en su auto, procesando el desplante. Reaccionó rápido; cerró su deportivo de un golpe y corrió hacia la camioneta antes de que el chofer arrancara. Abrió la puerta y se sentó a su lado. Grace resopló, apretando los dientes mientras se pegaba a la ventanilla opuesta.—El acoso laboral es penado por la ley, Dominic —soltó ella sin mirarlo, con un tono cortante que buscaba poner una barrera física entre los dos.—No te estoy acosando, Grace —respondió él, acomodándose en el asiento de cuero con una calma que a ella le resultaba exaspera
Maxwell entró en la habitación del hospital y se detuvo al pie de la cama. Arthur se veía pálido. Sarah se puso en pie de un salto; el miedo y la culpa en su mirada eran evidentes, pero él ni siquiera se molestó en sostenerle la vista. Su atención estaba fija en el niño.—Arthur, mi amor —susurró Sarah, acercándose para acariciar la frente del pequeño—. Mira quién vino.El niño giró la cabeza con lentitud. Sus ojos, grandes y cansados, buscaron la figura de Maxwell hasta encontrarla.—¿Quién es él, mamá? —preguntó Arthur con un hilo de voz que a Maxwell le dolió en el centro del pecho.Sarah tragó saliva, mirando a Maxwell con una súplica silenciosa antes de responder.—Es un amigo que te quiere mucho, Arthur. Y es la persona que te va a salvar la vida.Arthur observó a Maxwell durante un largo silencio. —¿Usted me va a salvar? —preguntó Arthur, extendiendo una mano pequeña y pálida que temblaba por la debilidad.Maxwell se sentó en el borde del colchón y envolvió la mano del niño con





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