Mundo ficciónIniciar sesiónEmma Valmont, crítica literaria implacable, se burló del cliché de una novela romántica… hasta que despertó atrapada en su historia como Violeta Lancaster, la villana destinada a morir. ¿Podrá reescribir su final antes de que la sentencia del libro caiga sobre ella? Entre intrigas de palacio, un compromiso político y un príncipe que empieza a mirarla diferente, Emma tendrá que demostrar que incluso la villana puede ser la protagonista.
Leer másLYNETTE
—¿Estás segura de qué no vas a tener mayor problema con pagar todo el dinero que le pediste prestado a tu jefe?
La pregunta de mi madre me saca de mi ensimismamiento, si ella supiera lo que realmente está pasando, le da un infarto, por lo mismo, estos ocho y casi nueve meses, me he alejado de ella, al menos físicamente, porque seguimos manteniendo buena comunicación mediante llamadas y mensajes de texto.
Le he hecho pasar dinero para que pague por sus estudios, procurando hablar con el doctor a distancia, para que me diga qué tal va mi madre. Admito que los pronósticos no pintan bien, aunque no pierdo la esperanza de que pronto exista un donante cercano, hemos esperado tanto en la lista, que conforme avanzamos, siento que vamos tocando un pedazo de cielo.
—No te preocupes, todo va bien —miento, sintiendo como el remordimiento me golpea el rostro como una bofetada invisible.
Mi madre guarda silencio, después de un par de segundos, escucho que suelta su suspiro lleno de exasperación por no poder ayudarme con los gastos.
—Siento ser una carga para ti —dice.
—No lo eres.
—Escucha, cariño, sé que…
De pronto dejo de escuchar lo que me tiene que decir, una fuerte punzada en el estómago me deja muda, toco mi redondo vientre y respiro hondo, no sé si es niña o niño, ya que una de las cláusulas del contrato que firmé con Alan Soto, establecía que no tenía el derecho de saber el sexo del bebé, no soy idiota, sé lo qué conlleva tener un embarazo subrogado, aún, así, solo me hubiera gustado saber si es niño.
—¿Me estás escuchando, Lynette? —insiste mi madre con su típico tono de voz chillón.
—Sí, mamá, tengo que colgar —me apresuro a decir.
Sin darle tiempo de poner como excusa el que ya casi no nos vemos.
—Pero…
No espero, en cuanto cuelgo, un fuerte gemido cargado de dolor, se desliza por mis labios, cierro las manos en dos perfectos puños, tengo miedo, no tengo a nadie a mi lado que me oriente o que trate de convencerme de que todo estará bien, nada, estoy sola en esto, reviso mentalmente las semanas, las contracciones con más fuertes y consecutivas.
—Joder —susurro con impaciencia.
Sin perder más tiempo, saco de mi bolso el celular, con manos temblorosas y la boca seca, marco el número de Alan Soto, no responde, llamo a su abogado; Fabricio Curtin, quien me responde de inmediato.
—Lynette.
—¡Ya va a nacer! —exclamo justo cuando el dolor se intensifica.
—Sabes qué hacer, te veo en el hospital, trataré de llegar a tiempo.
—¿No estás aquí? —realizo una mueca.
—No, salí por un asunto de un cliente, me temo que llegaré en dos horas.
Eso no ayuda mucho, él no sabe el dolor por el que estoy atravesando, y tampoco es que pretenda que todo el tiempo pretenda que me ve como un ser humano y no como una incubadora de bebés.
—Está bien —susurro.
—Tranquila, me comunicaré con el hospital para que te atiendan bien.
Y diciendo esto, me cuelga, no es tiempo de llorar o esconderme como si fuera una niña pequeña, por ello, agarro la maleta que ya había preparado con anticipación hace tres semanas, y salgo de la habitación, como puedo bajo los peldaños de las escaleras con sumo cuidado, hasta que al momento de pisar el último escalón de mármol blanco, siento que algo se rompe dentro de mí.
Desciendo la mirada y me encuentro con un charco de agua, la fuente se me ha roto, mi andar es como el de los patos, para cuando salgo, tomo un taxi que no tarda en llevarme al hospital, pago y solo puedo recordar la cara de susto que se ancló en su rostro.
Me llevan a una habitación donde me preparan hasta que sin poderlo evitar, una vez estando dentro de la sala de partos, la doctora que está a cargo, me dice que tengo la suficiente dilatación, y que llego el momento de pujar.
—Vamos, tú puedes —me alienta.
Al momento de hacerlo, siento que me parto en dos, esto no son chispas de dolor, no, es más bien una corriente eléctrica que te recorre todo el cuerpo, recorriendo por tu espina dorsal, las lágrimas se me acumulan en los ojos, pujo con todas mis fuerzas, aferrándome a las sabanas de la camilla.
He planeado tanto esto, el dolor no se compara ni poco, con el miedo que me ahoga y hace que de un momento a otro me atragante con la misma bocanada de aire que tomo,
—¡Esto va mal! —grita la doctora de pronto.
Ella dice que el parto no va avanzando, el pitido de una de las máquinas me pone en alerta.
—No va a poder ser por parto natural —exclama una enfermera ayudante.
—¡No quiero cesárea! —arguyo con miedo—. ¡Tiene que ser un parto natural!
Esa era otra cuestión parte del contrato, por ello, Alan se aseguró de que yo tuviera todo lo necesario para que así sea.
Esta vez es terror lo que corre por mis venas. Presa de un nuevo pánico, me remuevo inquieta, las lágrimas brotan a mares de mis ojos, empapando y dejando todo un reguero por mis mejillas, grito desesperada al tiempo que los dolores me vuelven a atacar, esta vez con más furia que antes.
Agarro las sabanas con fuerza descomunal, inhalando y exhalando, no espero a sus instrucciones, el corazón está a nada de salirse de mi pecho.
—Nosotros no podemos decidir, es la naturaleza —niega la doctora.
—Una vez más, por favor —sollozo con el alma cayendo al suelo.
La doctora y la enfermera cruzan una mirada y asienten, me dan un par de instrucciones, pujo una, dos, tres veces, hasta que la doctora me dice que ha visto la cabeza, sigo pujando hasta que el llanto del bebé inunda toda la sala.
—¡Lo has hecho bien! —me dice la doctora—. Es…
No la escucho, los oídos me retumban, mi respiración se acelera, estoy tan agotada, que solo veo lo que sucede como si fueran imágenes borrosas del pasado. La doctora parece decirle algo a la enfermera, no escucho nada, no entiendo qué es lo que pasa, pero de lo que si me doy cuenta, es que en un descuido, por su parte, y en menos de tres segundos, al tiempo que ellas intercambian palabras.
Se acerca otra enfermera, una que las estaba asistiendo, saca una jeringa y me inyecta algo, intento preguntarle qué es, no puedo, porque enseguida, siento que mi cuerpo se adormece, todo se vuelve oscuro a mi alrededor, y me hundo en un profundo sueño sin saber de nada más.
Leonard no pudo contener la emoción y, al ver a su madre acercarse, corrió hacia ella y la abrazó con fuerza, sintiendo que por fin estaba en casa.—¡Madre! Te extrañé tanto… —susurró, con la voz quebrada por la mezcla de alivio y felicidad.Isolde, con lágrimas asomando en sus ojos, lo rodeó con sus brazos y lo sostuvo cerca, como si no quisiera dejarlo escapar nunca más. Su corazón latía acelerado, y la preocupación de los últimos días se desvanecía ante la certeza de que su hijo estaba a salvo.—¡Leonard! ¡Mi niño! —exclamó la reina, con la voz temblorosa y cargada de emoción—. ¡Estuve tan preocupada! ¿Dónde estabas metido todo este tiempo? —sus manos recorrían suavemente su rostro, buscando en cada rasgo confirmar que realmente era él.Leonard le tomó las manos y, con una sonrisa cargada de ternura, respondió:—Madre, te prometo que nunca más quiero preocuparla… y hay algo más que debo contarte. Ella… —dijo señalando a Emma con un gesto suave— es Emma Valmont. Ha estado a mi lado
El aire de Theros los recibió con su majestuosidad habitual, pero el brillo de sus paisajes y la calma que Emma y Leonard esperaban se vieron interrumpidos por la presencia de los guardias del reino. Dos hombres de armadura reluciente, con gestos rígidos y miradas duras, se acercaron inmediatamente, bloqueando el camino de la pareja.—¡Alto! —ordenó uno de los guardias con voz firme y autoritaria—. ¿Quiénes son ustedes y qué hacen aquí?Leonard dio un paso al frente, levantando la cabeza con orgullo.—Soy Leonard, príncipe heredero de Theros —declaró con voz clara, esperando que su rango fuera suficiente para que lo respetaran.Los guardias se miraron entre sí, conteniendo apenas una risa irónica.—¿Leonard? —preguntó uno, esbozando una mueca burlona—. ¿Ese nombrecito? Con esa vestimenta no parece ni un príncipe, y mucho menos alguien que deba entrar en palacio. Esa… —su mirada se posó en Emma, que llevaba shorts y ropa casual de Nueva York—, esa mujer descarada, mal vestida y atrevid
El resplandor del libro creció de manera vertiginosa, iluminando cada rincón del apartamento de Emma con una intensidad casi cegadora. La luz no era sólo brillante: parecía viva, como un corazón latiendo con fuerza y reclamando su derecho a abrir un camino entre mundos. Leonard y Emma se miraron, sus manos entrelazadas, con los ojos abiertos de par en par, sintiendo cómo un cosquilleo recorrió cada fibra de su ser, como si sus cuerpos fueran parte del flujo de energía que emanaba del libro.Primero fue un leve viento que agitó las cortinas. Luego, las páginas del libro comenzaron a pasar solas, doblándose y vibrando, y un murmullo profundo resonó como un eco de voces lejanas que sólo ellos podían escuchar. Los objetos del apartamento empezaron a temblar: los vasos en la mesa tintineaban, las sillas crujían, y algunos libros de las estanterías cayeron suavemente al suelo, como si la gravedad misma estuviera siendo alterada por aquella fuerza desconocida.—Leonard… —susurró Emma, aferrá
Cuando Leonard finalmente llegó frente a la puerta, la encontró entreabierta, y Emma estaba allí, apoyada ligeramente en el marco, con los ojos fijos en él. La ansiedad en su mirada era evidente; podía percibir que había pasado toda la mañana pensando en él, preocupada y esperando su llegada.—¿Estás seguro de que esto va a funcionar? —preguntó ella, con la voz cargada de incertidumbre—. Leonard, si hacemos esto… ¿realmente crees que vas a volver a Theros?Leonard la miró, tomando un profundo respiro. Sus ojos reflejaban la mezcla de miedo y determinación que sentía. Sabía que este era el momento crítico, y que cualquier duda podía arruinarlo todo.—No —dijo finalmente, con un tono firme, aunque no exento de emoción—. No es solo regresar yo. Esta vez… vamos los dos. Tú y yo. Si vamos a atravesar ese portal, será juntos.Emma parpadeó, sorprendida. Una oleada de emoción se mezcló con un dejo de miedo. Lo había entendido, pero el peligro era innegable. Se llevó una mano al pecho, tratan
Lady Violeta Lancaster, o mejor dicho Victoria de Siberia, estaba terminando de organizar los documentos de la mañana. Había pasado las últimas horas controlando cada detalle de su vida con Leonard, como si todo fuera parte de un tablero de ajedrez donde ella misma movía las piezas. La rutina de aquel día se perfilaba tranquila, hasta que el sonido estridente de su teléfono rompió la calma.Contestó con un gesto de molestia, pues detestaba que interrumpieran su tiempo con Leonard.—¿Sí? —dijo con tono seco.Del otro lado, la voz de su asistente sonaba agitada, incluso desesperada.—Señora Victoria… algo urgente ocurrió en la editorial. No podemos resolverlo sin usted. Debe venir inmediatamente.Victoria frunció el ceño, molesta.—¿Qué clase de emergencia no puede esperar? —replicó con impaciencia.Hubo un silencio breve, y luego la voz respondió con temblor—. El comité de revisión adelantó la junta. Quieren los informes finales ahora mismo, y han detectado inconsistencias en los manus
La mañana se abrió paso lentamente entre las cortinas pesadas del apartamento de lady violeta Lancaster. El aroma del pan recién horneado y de las hierbas dulces impregnaba el aire, desplazando el silencio denso que había reinado durante toda la noche. Leonard, aún con el recuerdo de lo que había escuchado la noche anterior —las palabras de Lady Violeta susurradas al libro—, se incorporó con cautela en la cama. Sus ojos, todavía cargados de sospecha, buscaron el reloj de bolsillo en la mesita. Cada tic-tac se clavaba en su mente como si le recordara que estaba atrapado en un mundo que no era el suyo.Un leve crujido de la puerta lo sacó de sus pensamientos. Lady Violeta entró, vestida con un delicado vestido color marfil, con encajes que dejaban entrever la perfección que tanto se enorgullecía de mostrar. En sus manos sostenía una bandeja de plata adornada con una vajilla impecable: una jarra con jugo de granada, panecillos dorados, huevos preparados con finura y una pequeña flor fres
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