El castillo de Theros amanecía bajo un cielo grisáceo, cubierto por nubes pesadas y bajas que parecían posarse sobre las torres como si quisieran arrastrarlas hacia el suelo. El aire era húmedo y frío, presagio de una tormenta o quizá de algo más oscuro que aún no tenía nombre. La bruma se deslizaba por los jardines como una criatura que susurraba secretos, ocultando estatuas y senderos bajo su velo silencioso.
Dentro de los muros dorados, donde los tapices bordados con hilos de plata colgaban p