Se cruzaron las miradas por unos segundos que se sintieron eternos. Leonard sintió que el equilibrio se desplazaba, que el tablero que él dominaba tan bien había sido girado, y ahora, por primera vez, no sabía en qué casilla estaba parado.
No sabía si Violeta estaba jugando un nuevo juego… o si, simplemente, ya no estaba jugando.
Ella dio un paso hacia él, sin apartar la vista, y con la voz más serena —y más desafiante— que Leonard le había escuchado nunca, preguntó:
—¿Por qué te molesta?
Leona