La mañana se abrió paso lentamente entre las cortinas pesadas del apartamento de lady violeta Lancaster. El aroma del pan recién horneado y de las hierbas dulces impregnaba el aire, desplazando el silencio denso que había reinado durante toda la noche. Leonard, aún con el recuerdo de lo que había escuchado la noche anterior —las palabras de Lady Violeta susurradas al libro—, se incorporó con cautela en la cama. Sus ojos, todavía cargados de sospecha, buscaron el reloj de bolsillo en la mesita.