El amanecer se filtraba con timidez a través de las cortinas de encaje carmesí del dormitorio principal en la torre este del castillo. Emma, aún envuelta en la identidad de Violeta Lancaster, contemplaba el espejo frente a ella, pero no veía su reflejo con claridad. El rostro que la miraba de vuelta no era suyo. Era bello, frío, tallado como una estatua de porcelana. Era el rostro de una mujer muerta en vida.
Llevaba días con una sensación persistente en el pecho, una punzada que no la dejaba d