Mundo ficciónIniciar sesiónDurante tres años, Amanda vivió atrapada en una jaula de oro. Casada con el frío y calculador Víctor Grimaldi, aceptó una vida sin amor ni intimidad, creyendo ingenuamente que algún día él la miraría. Pero su ilusión se hizo pedazos cuando descubrió la cruel verdad: su esposo no solo tenía una hermosa amante, sino también un hijo secreto a sus espaldas. Destrozada y humillada, Amanda exigió el divorcio. Sin embargo, Víctor, que necesitaba la fachada de un matrimonio intachable para heredar su imperio, se negó rotundamente y la amenazó para mantenerla cautiva. Acorralada, la dócil esposa tomó una decisión rebelde que lo cambiaría todo: tener una cita a ciegas y buscarse un amante para experimentar lo que su marido le negaba. En las sombras de un club exclusivo, Amanda conoció a "Carlos", un hombre rudo y magnético. En la oscuridad de una habitación de hotel, él le dio la noche más ardiente de su vida. Por primera vez, se sintió deseada, viva y perdidamente enamorada del salvaje extraño. Pero lo que Amanda no sabe... es que "Carlos" no existe. El hombre que la hizo gemir de placer en la oscuridad, el amante apasionado que le robó el corazón, es en realidad el mismo esposo al que tanto odia, disfrazado y consumido por unos celos enfermizos. ¿Qué pasará cuando la máscara caiga y Amanda descubra que su amante perfecto es su peor enemigo? Y Víctor... ¿cómo podrá soportar el infierno de ver que su esposa ama a una ilusión mientras desprecia profundamente al hombre real?
Leer másLas pruebas estaban ahí, tiradas sobre el tocador, confirmando sus peores sospechas.
Amanda pasó saliva con dificultad, sintiendo que le faltaba el aire mientras intentaba procesar las imágenes que el detective le acababa de entregar.
En la imagen principal, Víctor, su esposo, sostenía en brazos a un niño pequeño mientras sonreía. Era una sonrisa alegre, relajada, de esas que jamás le había dedicado a ella en los tres años que llevaban casados.
A su lado, abrazándolo por la cintura, estaba una mujer despampanante.
Tenía otra familia.
El pecho de Amanda subía y bajaba con fuerza, buscando aire en una habitación que de repente se sentía demasiado pequeña.
Cuando aceptó casarse con Víctor Grimaldi a los veintiún años, sabía perfectamente que era un acuerdo.
Él necesitaba una esposa intachable para poder cobrar la millonaria herencia de su abuelo, y ella… bueno, ella había sido lo suficientemente ingenua como para creer que el amor podía nacer con la convivencia.
En el fondo, siempre estuvo enamorada de él. Pensó que, con el trato diario, él terminaría viéndola de otra manera y olvidarían que todo había empezado por un simple contrato.
Qué equivocada estaba. En tres años de matrimonio, Víctor jamás la había tocado. Ni una caricia, ni un acercamiento real.
A sus veinticuatro años, Amanda seguía siendo virgen, viviendo bajo el mismo techo que el hombre que amaba, pero sintiéndose más sola que nunca.
Y ahora, viendo esa maldita foto, todo el amor que alguna vez le tuvo se estaba pudriendo rápidamente, convirtiéndose en puro desprecio.
—Miserable... —susurró para sí misma, con la voz desgarrada por la rabia—. Me ocultaste todo este tiempo que tenías una vida entera a mis espaldas.
Ahora todas las piezas encajaban a la perfección. Las interminables reuniones de negocios, los viajes de última hora, las noches en las que simplemente no llegaba a dormir a la casa.
Mientras ella se quedaba esperando, cumpliendo a la perfección su papel de esposa de alta sociedad que nunca daba problemas, él estaba en otra cama.
Se topó con su propio reflejo en el espejo.
Sintió ese ardor molesto detrás de los ojos, justo el que avisa que vas a llorar, pero apretó la mandíbula y respiró hondo.
Llorar por Víctor era un lujo que ya no le iba a dar. Se negó a llorar por él. La mujer que le devolvía la mirada en el reflejo era joven, hermosa y llena de vida.
Tenía un cuerpo que cualquier hombre en su sano juicio desearía. Cualquiera, menos su propio esposo, quien prefería tenerla cautiva en un matrimonio sin amor.
Agarró su teléfono y salió de la habitación, caminando por los pasillos silenciosos de la inmensa casa para despejar la mente y asimilar su dura realidad.
Mientras caminaba, abrió el correo del detective de nuevo y leyó el nombre de la otra mujer.
Melissa Rubiales.
Con el corazón latiéndole a mil por hora, buscó el nombre en las redes sociales. El perfil era público.
Melissa era rubia, de unos ojos verdes penetrantes, y destilaba clase en cada foto. Pero había algo más en su expresión, un brillo en la cara que gritaba ambición.
Amanda deslizó la pantalla, viendo foto tras foto. En muchas de las imágenes aparecía Víctor, aunque siempre de forma muy discreta: un brazo, un reflejo, la silueta de sus hombros.
Él era cuidadoso para no llamar la atención de la prensa ni arruinar su fachada de hombre felizmente casado.
Pero para Amanda, el engaño había terminado.
Si él la había condenado a una prisión de cristal, ella encontraría la manera de romperla.
Pero lo que Amanda no sabía en ese momento, era que su deseo de venganza y libertad la llevaría a una “cita a ciegas” perfecta.
La llevaría a entregarse a un extraño apasionado en la oscuridad de una habitación de hotel… sin sospechar jamás que el hombre que la hacía gemir de placer bajo las sábanas, era el mismo esposo al que tanto odiaba.
Cinco años después…El cálido sol de la Riviera Maya brillaba sobre las aguas turquesas, pero, para Amanda, la mejor vista del paraíso seguía siendo indiscutiblemente su esposo.Cinco años habían pasado, y ver a Víctor salir del mar, con el agua resbalando por su torso marcado bajo la luz del atardecer, aún le secaba la boca exactamente igual que el primer día.La vida les sonreía a manos llenas.Su firma de arquitectos había traspasado fronteras, dejando de ser un nombre exclusivo de los Estados Unidos para convertirse en un referente internacional.Precisamente por eso estaban allí, combinando los negocios con el placer, dirigiendo juntos el diseño de un imponente complejo turístico ecológico en México.Pero el verdadero triunfo no estaba en los rascacielos ni en el dinero, sino a puerta cerrada. El fuego entre ellos seguía intacto; de hecho, se había perfeccionado.El sexo seguía siendo su escape favorito, la herramienta perfecta para desconectarse de la presión y recordarse mutuame
El Hotel Aramburu siempre sería su refugio especial. Al cruzar la puerta de la suite, a la mente de ambos regresaron cientos de recuerdos de aquel lugar.Allí había sido su primera vez como amantes, en esa época llena de secretos, mucho antes de imaginarse que terminarían siendo esposos y formando una familia hermosa.Para ellos, el sexo nunca fue solo para pasar el rato; había sido siempre su herramienta favorita para conectarse, para entenderse sin decir una sola palabra y para alejarse de golpe de todas las presiones del mundo entero.Ahora, parados en medio de la elegante habitación con las luces bajas, su esposo la miraba con un fervor que le derretía el pecho.Ya no había prisa, ni miedos.Las manos cálidas de Víctor la recorrían por encima de la ropa con una lentitud que la desesperaba por completo.Él la conocía de memoria, sabía exactamente dónde palpar, dónde presionar un poco más fuerte en su cintura y dónde rozar su piel para hacerla sentir la mujer más deseada y hermosa d
Las parejas se tomaron de las manos con fuerza.Rodrigo no apartaba la vista de Adriana, mirándola con cariño, mientras Daniel le sonreía a Valeria con los ojos brillantes y llenos de una emoción que rara vez mostraba en público.—Por lo tanto, si están dispuestos a amarse, a respetarse, a cuidarse en la salud y en la enfermedad, todos los días de sus vidas... —el cura hizo una breve pausa y los miró directamente—. ¿Aceptan?Los cuatro respondieron con una firmeza absoluta y llena de alegría.Segundos después, sellaron sus promesas con los anillos y con unos besos apasionados que desataron los aplausos, los silbidos y los gritos de celebración de todos los presentes.La recepción no tardó en convertirse en la mejor fiesta del año.Las copas de cristal chocaban en brindis constantes, la música en vivo llenaba cada rincón y el ambiente era de pura felicidad.Adriana y Rodrigo aprovecharon un momento a solas en el centro del salón, abrazados, posando para el fotógrafo oficial con unas so
Días despues...Contra todo pronóstico, y para sorpresa de absolutamente todo su círculo social, Rodrigo Mendiola había aceptado la loca propuesta de Daniel.El magnate, un hombre de costumbres tan rígidas y exclusivas, finalmente accedió a compartir su gran día.Claro está, lo hizo imponiendo sus propias reglas, sus exigentes estándares de lujo y pagando la mayor parte de la cuenta para asegurarse de que todo saliera perfecto, pero al final, la idea de la boda doble se hizo realidad.Y ahora, por fin, había llegado el gran día.El ambiente en la inmensa hacienda estaba cargado con el aroma de flores costosas, la música de fondo y unos nervios tan fuertes que casi se podían cortar con tijera.En una de las habitaciones más elegantes del lugar, Daniel se ajustaba el nudo de la corbata frente al espejo con las manos temblorosas.Víctor, que lucía impecable y sumamente relajado recostado en el sofá con su traje oscuro hecho a medida, lo miraba con una sonrisa llena de burla.—¿Qué tal, V
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