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Capítulo 1. Quiero el divorcio.

Caminaba por el pasillo de la empresa con la espalda perfectamente recta y la barbilla en alto.

A simple vista, Amanda era la viva imagen de la dama de sociedad: guapa, elegante, envuelta en un traje asombroso que destilaba clase y seguridad.

Nadie en ese edificio podría adivinar que, por dentro, sentía que el mundo entero se le acababa de caer a pedazos.

Llegó a la antesala de la presidencia. La secretaria de su marido, al verla, se enderezó de inmediato en su silla con una sonrisa.

—Buen día, señora Grimaldi. Su esposo está en la oficina, ¿gusta que la anuncie?

—Gracias, Tamara, no hace falta —respondió Amanda con un tono suave y firme.

No necesitaba que nadie la anunciara.

Ella era la señora Grimaldi, la legítima, la mujer que posaba a su lado en las portadas de las revistas. No era un secreto escondido, como la otra.

Abrió la pesada puerta de roble sin tocar y la cerró a sus espaldas con un golpe que resonó en toda la oficina.

Víctor levantó la vista de unos documentos, frunciendo el ceño por la interrupción. Pero antes de que él pudiera abrir la boca para quejarse, Amanda soltó la bomba.

—Quiero el divorcio.

Víctor se quedó quieto un segundo, parpadeando, como si no hubiera entendido el idioma en el que le acababan de hablar. Se enderezó en su sillón de cuero.

—¿Qué quieres qué?

—Lo que oíste —alzó la voz, perdiendo por fin esa compostura refinada—. Se acabó, Víctor.

Caminó hasta el escritorio y le lanzó el fajo de fotografías justo encima de los contratos que estaba revisando.

Las imágenes de él, sonriendo con Melissa y el niño, quedaron a la vista de ambos bajo la luz impecable de la oficina.

Víctor bajó la mirada hacia las fotos. Su expresión no cambió drásticamente, pero Amanda notó cómo la mandíbula se le tensaba.

—¿Qué significa esta basura? —preguntó él, con un tono peligrosamente bajo.

—Significa el fin de tu engaño. Un engaño en el que no estoy dispuesta a seguir participando ni un minuto más.

Víctor se puso de pie lentamente, apoyando ambas manos sobre el escritorio, mirándola desde arriba.

—¿Me has estado espiando, Amanda?

—¡Ya basta, Víctor! —exclamó ella, sintiendo que la garganta le ardía—. Todo esto se acabó hoy mismo.

Víctor soltó una carcajada arrogante y llena de cinismo.

—Ni lo sueñes. Jamás te daré el divorcio. Hay demasiados millones en juego, contratos nupciales atados a las acciones de mi abuelo, y no pienso arriesgar mi patrimonio por un arranque de celos tuyo.

—¡Me importa un bledo tu patrimonio y los millones que pierdas! —Amanda dio un paso al frente, sintiendo que el pecho le iba a estallar de la rabia—. Solo quiero estar lejos de ti, miserable. Al menos hubiese sido más fácil, que me dijeras a la cara que tenías una doble vida. Nos hubiésemos ahorrado todo este circo tan desagradable.

Víctor salió de detrás del escritorio y avanzó hacia ella con una lentitud, sin quitarle la vista de encima.

—No seas dramática. Sabes perfectamente que me casé contigo sin amor. No te amo, no te amaré, pero estar casado contigo me conviene. Le conviene a mis intereses, a la junta directiva y, si usaras un poco la cabeza, te darías cuenta de que te conviene a ti también. Así que deja de quejarte.

—Mi abogado vendrá esta misma tarde para iniciar los trámites del divorcio —espetó Amanda, dándose la vuelta para marcharse.

Pero apenas dio dos pasos hacia la puerta, Víctor se movió con rapidez.

Antes de que ella pudiera alcanzar la manija, él la tomó del brazo con fuerza y la hizo retroceder a empujones.

—Es mejor, y por tu propio bien, que dejes las cosas exactamente como están —siseó él, acorralándola—. Y dile a tu abogado que se vaya a la mierd4, Amanda.

—Tus amenazas ya no me asustan.

—Pues deberían asustarte. Siéntate.

La empujó ligeramente por los hombros hasta obligarla a caer sentada en uno de los sofás de cuero para visitas.

Luego se inclinó sobre ella, apoyando las manos en los reposabrazos, dejándola sin escapatoria.

—Tú firmaste un contrato, mi querida esposa. Un documento que no puedes deshacer tan fácilmente nada más porque te dio la gana. No voy a arriesgar mi fortuna por un capricho tuyo.

—¿Un capricho? —Amanda lo miró incrédula, sintiendo asco por la cercanía de su rostro—. ¡Tienes otra familia!

—¡Por Dios, Amanda! Vives como una reina. Tienes una tarjeta sin límite, joyas, una vida perfecta que cualquier mujer de este país mataría por tener.

—Cualquiera menos yo.

—No seas cursi —escupió él con desdén—. Siempre supiste que nuestro matrimonio fue un puto negocio. Casarme con una mujer intachable de la alta sociedad era la única condición que mi abuelo me puso para heredar la presidencia. Tú cumpliste tu parte, yo cumplí la mía. Así que, por favor, olvídate de la estupidez del divorcio.

—No lo olvidaré. Mi abogado vendrá esta tarde y punto.

El rostro de Víctor se transformó por completo.

—Muy bien, Amanda. Entonces prepárate para ir a parar a la cárcel.

Ella sintió que el estómago se le encogía.

—¿A la cárcel? ¿De qué demonios hablas?

—Si pides el divorcio antes de cumplir el quinto año de matrimonio, rompes la cláusula de confidencialidad patrimonial que firmaste —explicó él con una calma escalofriante—. Si haces eso, la deuda millonaria que tu padre dejó antes de morir, y que mi empresa absorbió en secreto para salvar el nombre de tu familia, recaerá sobre ti con intereses. Te demandaré por fraude al patrimonio. No tienes cómo pagarme, Amanda. Te hundiré y te pudrirás en una celda por e****a.

Amanda se quedó sin respiración. La había atrapado.

—Eres un bastardo... —susurró, con los ojos ardiendo de rabia.

Llevada por la impotencia, levantó la mano a toda velocidad para cruzarle la cara de una bofetada, pero Víctor fue más rápido.

Atrapó su muñeca en el aire, apretándola con firmeza mientras sus rostros quedaban a centímetros de distancia.

—Soy tu marido —le susurró él, con los ojos oscuros clavados en los de ella—. Y no te vas a ir a ningún lado.

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