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Capítulo 3. Posesividad.

Melissa se tambaleó hacia atrás, llevándose de inmediato la mano temblorosa a la mejilla enrojecida.

El impacto de la bofetada le dejó la cara ardiendo y los ojos abiertos de par en par por el asombro.

—¡Señora, no le permito...! —chilló Melissa, intentando recuperar la compostura.

—Tú no me permites todo —la cortó Amanda, dando un paso al frente—. Eres tú la que tiene que pedir permiso hasta para respirar. No te equivoques, queridita. Podrás tener la atención de Víctor a escondidas, pero aquí, a la luz del día y ante todo el mundo, la única señora Grimaldi soy yo.

—Víctor me ama —escupió Melissa, temblando de rabia—. Me ha dado un hijo, una familia de verdad. Usted es solo un adorno en su vida, una simple esposa por contrato.

Amanda soltó una risa cargada de ironía que hizo a la rubia tragar saliva.

—Si de verdad te amara tanto, ya te habría dado mi lugar. Pero mírame bien —Amanda abrió los brazos con elegancia, mostrando su perfecto porte—. Sigo siendo su esposa legítima, y tú sigues conformándote con las sobras de mi matrimonio.

La discusión ya había llamado la atención de todas las vendedoras y clientas de la exclusiva boutique. Los murmullos llenaban el local.

Al verse acorralada en público, Melissa sacó su celular de la cartera.

—Voy a llamar a Víctor —amenazó, con los ojos llenos de lágrimas—. Cuando se entere de lo que acaba de hacer, no se lo va a perdonar.

Amanda la miró de arriba abajo con total desprecio, cruzándose de brazos.

—Hazlo, Llámalo ahora, ve a llorarle a ese desgraciado. Aquí lo espero, a ver si tiene el valor de darte tu lugar frente a su verdadera esposa.

Melissa marcó el número y, con voz quebrada, le rogó a Víctor que viniera rápido. Amanda no se movió ni un centímetro.

Se quedó allí, de pie, con la frente en alto, dispuesta a enfrentar un huracán si era necesario.

No pasaron ni quince minutos cuando las puertas de la boutique se abrieron de golpe.

Víctor entró a toda velocidad, desprendiendo tanta rabia que hizo que las empleadas retrocedieran instintivamente.

Su mirada escaneó el lugar hasta encontrar a las dos mujeres.

Al verlo llegar, tan desesperado por defender a su amante, la ira de Amanda se multiplicó por mil.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —exigió saber Víctor.

Se acercó directamente a Melissa, poniéndose delante de ella en un claro gesto de protección.

La rubia se aferró a su brazo de inmediato, sollozando en voz baja y haciéndose la víctima.

—¿Te has vuelto loca, Amanda? —le reclamó él, clavando los ojos a su esposa—. ¿Qué clase de espectáculo estás armando?

—¡El espectáculo lo armaste tú, Víctor! —estalló Amanda, sin importarle quién estuviera escuchando—. ¡Al meter a tu amante en la misma ciudad por la que yo camino! Pero ya me cansé de callar. Que todos sepan que esta mujer es la cualquiera con la que te revuelcas a mis espaldas.

Los jadeos de las clientas resonaron en el silencio de la tienda. Víctor se incomodó rápidamente.

Sabía que la situación se le estaba yendo de las manos y un escándalo de esa magnitud podía hundir su reputación.

Con un gesto rápido y autoritario, le hizo una seña a uno de sus guardaespaldas que esperaba en la entrada.

—Sácala de aquí por la puerta trasera. Llévala al departamento —ordenó Víctor.

—Pero, mi amor... —intentó chistar Melissa, aferrándose a la tela de su chaqueta.

—Ahora no, Melissa —la cortó él de tajo, sin siquiera mirarla—. Tengo que resolver este problema con mi esposa.

El guardaespaldas tomó a la rubia por el codo y se la llevó. Ella se fue arrastrando los pies, lanzándole una mirada asesina a Amanda.

Víctor no perdió un segundo más. Agarró a su esposa por el brazo.

—Envíen la cuenta de cualquier daño a mi oficina. Yo lo pagaré —le soltó a la vendedora más cercana, antes de arrastrar a Amanda hacia la salida.

Ella intentó zafarse inútilmente. Víctor la llevó casi a rastras hasta la camioneta que esperaba afuera.

La metió en el asiento del copiloto y cerró la puerta de un portazo. Antes de rodear el auto para subir, Víctor sacó su teléfono.

—¿José? Retírate. Yo me llevo a mi esposa a la casa. No te necesita por hoy —dijo tajante y cortó la llamada al chofer sin esperar respuesta.

El silencio dentro de la camioneta era irrespirable mientras Víctor arrancaba a toda velocidad. Hasta que él no aguantó más.

—¡Eres una irracional! —le gritó, golpeando el volante con la palma de la mano—. ¡Pudiste arruinar mi reputación y la de la empresa con tu escandalito de verdulera!

—¡Vete al diablo, Víctor! —le gritó ella de vuelta, girándose en el asiento para enfrentarlo—. ¡Se acabó! Se murió la Amanda sumisa, la esposa de adorno que se tragaba tus engaños y te sonreía bonita para las portadas de revistas. Si no me quieres dar el divorcio, entonces prepárate, porque ahora vas a tener que bailar pegado conmigo.

—¡Cállate la boca, Amanda! No sabes con quién te estás metiendo.

—¡No, cállate tú! —ella se inclinó hacia adelante, retándolo con la mirada—. Me negaste el divorcio para cuidar tus millones y tu estatus. Perfecto. Seguiremos casados en papel. Pero escúchame bien: así como tú tienes tu lugarcito para pasar las noches, yo también tengo derecho a divertirme. Me voy a conseguir un amante. Alguien que sí sepa tocarme y hacerme sentir como una mujer de verdad.

Víctor frenó la camioneta de golpe a un lado de la avenida, tirándolos a ambos hacia adelante por la inercia.

Se desabrochó el cinturón con brusquedad y acortó la distancia entre los dos.

—Eso nunca —susurró él, acercando su rostro al de ella—. Te mato antes de dejar que otro hombre te ponga un dedo encima.

Amanda sostuvo su mirada feroz, con el corazón latiéndole a mil por hora, pero sin ceder ni un solo milímetro de su espacio. Sonrió con pura malicia.

—Ya lo veremos, Víctor. Ya lo veremos.

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