Mundo ficciónIniciar sesiónEl trayecto de regreso a la mansión fue un total infierno. Al cruzar la puerta principal, ninguno de los dos se dirigió la palabra.
Víctor caminó a zancadas hasta su despacho y cerró la pesada puerta de madera con un portazo que hizo vibrar los cristales de las ventanas. Amanda, por su parte, subió las escaleras casi corriendo, desesperada por encerrarse en su habitación y no verle la cara ni un segundo más. Dentro del despacho, Víctor aflojó el nudo de su corbata con rudeza, agarró su teléfono y marcó un número. Necesitaba recuperar el control de la situación inmediatamente. —Daniel, necesito que hagas algo por mí, y lo necesito para ayer —soltó sin preámbulos apenas contestaron. —Buenas tardes para ti también. Primero se saluda, querido amigo —respondió la voz relajada de Daniel. Como vicepresidente de la empresa y su mejor amigo de toda la vida, era el único hombre en el mundo que se atrevía a hablarle con esa confianza. —Déjate de estupideces. Quiero que contrates al mejor investigador privado del país. Necesito que vigile a Amanda día y noche. No quiero que dé un solo paso sin que yo me entere. Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, Daniel soltó una carcajada franca e incrédula. —¿A tu esposa? ¿A Amanda? Hermano, por favor. Esa mujer es más seria que un funeral. A veces parece un maniquí de vitrina, siempre perfecta, siempre callada y en su sitio. ¿Qué crees que te esconde? ¿Qué compra zapatos a escondidas? —¡No estoy para tus bromitas, Daniel! —bramó Víctor, pasándose una mano por el pelo con evidente frustración—. Hoy armó un escándalo en un centro comercial. Se topó con Melissa y... me pidió el divorcio. —Vaya... —silbó Daniel, sorprendido—. Ya era hora. Se había tardado bastante en explotar, si me lo preguntas. —¡Maldita sea! ¿De qué lado estás? —le reclamó Víctor, apretando el teléfono—. La amenacé con hundirla legalmente si se atrevía a dejarme, y ¿sabes qué me contestó la muy cínica? Que si no le doy el divorcio, se va a buscar un amante para divertirse. Otra pausa. Esta vez, el tono de Daniel cambió por completo, dejando el sarcasmo a un lado para hablarle con una crudeza que a Víctor le cayó como un balde de agua fría. —Pues es la pura verdad, Víctor, y te la ganaste a pulso. Tienes a esa mujer de adorno en la casa. Solo la sacas a pasear para las fotos de las revistas y los cócteles de la empresa, mientras le pones un departamento de lujo a Melissa y a esa sí te la llevas a la cama todos los días. ¿Qué esperabas? ¿Qué Amanda se quedara encerrada toda la vida y que le vieras la cara de imbécil? Eres un egoísta. Víctor apretó la mandíbula, sintiendo que un calor extraño, muy parecido a los celos que le quemaba el estómago. Trancó la llamada sin siquiera despedirse y tiró el celular sobre el sofá de cuero. Se sirvió un trago de whisky, pero ni siquiera el alcohol logró calmar la ansiedad que le acababa de entrar. La simple imagen de otro hombre tocando a Amanda le revolvía las entrañas de una forma que no podía entender. *** Mientras tanto, en la planta alta, Amanda daba vueltas por su enorme habitación. Se había quitado los tacones y caminaba descalza sobre la alfombra, con el teléfono pegado a la oreja. —Es un cínico, Adri. ¡Un absoluto y maldito cínico! —caminaba de un lado a otro, sintiendo que la rabia aún le hervía en la sangre. —A ver, frena un poco y respira, amiga. Me estás diciendo que le tiraste las fotos en la cara, le pediste el divorcio, ¿y el infeliz te dijo que no? —preguntó Adriana, su mejor amiga, al otro lado de la línea, igual de indignada que ella. —¡Se negó rotundamente a darme el divorcio! Me amenazó con hundirme y mandarme a la cárcel por una deuda vieja de mi papá si rompo el contrato antes de los cinco años. Me quiere mantener presa en este teatro hasta que a él le dé la reverenda gana soltarme. Y no lo entiendo, Adri... Me lo dijo en mi cara: no me ama, ni me va a amar nunca. ¿Entonces para qué carajos me retiene? ¿Para arruinarme la vida? —Por el puro ego, Amanda. Los hombres como Víctor no soportan perder lo que creen que es de su propiedad, aunque no lo usen. Amanda se dejó caer en el borde de la inmensa cama matrimonial, esa misma cama donde jamás había pasado nada con su marido. Se frotó la cara con las manos, agotada mental y físicamente. —Lo odio. Te juro que lo odio con toda mi alma, Adri. Hasta le deseo la muerte, solo para poder ser libre de una buena vez. Adriana suspiró suavemente. Conocía a su amiga desde la universidad y sabía perfectamente lo mucho que había sufrido en silencio. —Amanda... ¿de verdad ya no amas a Víctor? Sé sincera conmigo. Tú estabas perdidamente enamorada de él cuando se casaron. Dabas la vida por ese hombre. Amanda levantó la vista y miró su propio reflejo en el gran espejo frente a la cama. La chica ilusa de veintiún años que creía en cuentos de hadas y en finales felices ya no estaba ahí. En su lugar había una mujer cansada de las mentiras, dispuesta a todo para recuperar su dignidad. —No —respondió con una firmeza que a ella misma la sorprendió—. Ya no. Todo ese amor, toda esa estúpida ilusión... se fue a la mierd4.






