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Capítulo 5. Al descubierto.

Y así pasaron los días. El ambiente en la mansión era tenso y el enojo seguía profundamente clavado en el pecho de Amanda.

Lo que ella ignoraba por completo era que Víctor, movido por una desconfianza enfermiza y un ego herido, la había mandado a seguir a escondidas día y noche.

Esa tarde, sentada en los muebles de mimbre del jardín trasero, Amanda tecleaba en su laptop.

En la pantalla desfilaban decenas de exclusivas discotecas y clubes nocturnos de California.

Buscaba lugares a los que pudiera ir sola, sin la sombra ni el permiso de su marido.

Aunque, si era cien por ciento sincera consigo misma, en el fondo no estaba buscando un amante.

Su amenaza en el auto aquella vez había sido solo eso: una advertencia nacida de la rabia para herir el orgullo de Víctor. Jamás se imaginó llevándola a la realidad.

—¡Cariño, estás aquí! —la voz alegre de Adriana resonó por el césped.

Amanda levantó la vista y sonrió al ver a su mejor amiga acercarse.

Adriana era todo lo que ella no: desinhibida, soltera y espontánea; vivía la vida con una ligereza que Amanda siempre le había envidiado un poco.

—Hola, Adri. Qué bueno que viniste —suspiró Amanda, cerrando la laptop a medias.

Adriana se dejó caer a su lado en el sofá de mimbre, pero antes de saludar como es debido, miró hacia ambos lados del inmenso jardín.

Bajó la voz en un tono de complicidad.

—Vine a traerte la solución a tantos problemas, mi reina —le guiñó un ojo—. Te conseguí una cita a ciegas para mañana en la noche. Con un bombón espectacular.

Amanda sintió que el calor le subía de golpe a las mejillas. Abrió los ojos como platos, casi escupiendo el té helado que estaba tomando.

—¡¿Qué hiciste qué?! —susurró escandalizada—. Adriana, por Dios, ¡yo no hago esas cosas! Yo se lo dije a Víctor por rabia para retarlo, ¡pero jamás pensé en hacerlo de verdad!

—Ay, por favor, Amanda —Adriana rodó los ojos, restándole importancia—. Ese cínico te tiene encerrada en esta casa mientras él hace su vida con la rubia esa. Ya es hora de que te diviertas. Además, escúchame bien: no tienes que acostarte con el chico si no quieres. Sal, tómate unos tragos, baila, siéntete mujer. Yo voy a ir contigo, me quedo cerca en la barra para cuidarte la espalda. ¿Qué dices?

Amanda se quedó callada, mirando sus propias manos.

La educación intachable y el miedo al escándalo pesaban sobre sus hombros. Pero luego recordó la burla de su marido. Recordó que estaba presa en un matrimonio sin amor.

Una sonrisa lenta, casi coqueta y llena de rebeldía, se dibujó en los labios de Amanda.

—Al carajo Víctor —manifestó—. Está bien. Dime a qué hora y dónde veo a ese desconocido.

***

Corporación Grimaldi.

Horas más tarde, cuando la noche ya había caído sobre la ciudad, Víctor estaba de pie frente a su escritorio, más tenso que la cuerda de un violín.

A su lado, el investigador privado terminaba de guardar su equipo.

—Como le expliqué, señor Grimaldi, logré infiltrarme esta tarde simulando ser del personal de jardinería —explicaba el hombre—. Pude grabar toda la conversación entre su esposa y la señorita Adriana que tuvieron en el jardín.

Víctor no dijo nada. Acababa de escuchar el audio completo.

Las palabras "cita a ciegas" y "al carajo Víctor" seguían rebotando en su cabeza, envenenándole la mente.

Una rabia oscura e irracional le nubló el juicio por completo. Su esposa. Se iba a ir a ver con otro hombre.

—¿Se encuentra bien, señor? —preguntó el investigador, notando cómo Víctor apretaba los puños.

—Sí. Sal de aquí de inmediato —ordenó Víctor—. Y manda a llamar a Daniel. ¡Rápido!

—Sí, señor.

Apenas pasaron unos minutos cuando la puerta se abrió y Daniel entró con su típica actitud relajada.

—¿Qué pasa, Víctor? Me mandaste a llamar con urgencia y...

—Amanda tendrá una cita a ciegas mañana en la noche —lo cortó Víctor, soltando las palabras como si escupiera fuego—. Con un completo extraño.

Daniel parpadeó un par de veces, procesando la información, y luego una pequeña sonrisa burlona se asomó en sus labios.

—Vaya... te lo advertí, hermano. Se había tardado bastante en buscar a alguien que la atendiera.

—¡Esto es obra de la sinvergüenza de Adriana! —explotó Víctor, golpeando el escritorio—. ¡Esa mujer siempre me cayó pésimo! Es una cualquiera, por Dios, Daniel, si hasta se acostó contigo.

Daniel soltó una carcajada abierta, cruzándose de brazos.

—Oye, oye, no metas mis aventuras en tus problemas matrimoniales, eso no viene al caso. Además, Adriana y yo nos divertimos siendo libres. Lo tuyo con Amanda es otra historia. Estás loco, Víctor. No sabes ni lo que quieres.

Víctor se acercó a él, fulminándolo con la mirada.

—Sé exactamente lo que quiero. Y te aseguro que primero mato a ese imbécil antes de que le ponga un solo dedo encima a mi mujer. Y voy a ir a ese club mañana.

—¿Qué? ¿Estás bromeando?

—No estoy bromeando —sentenció Víctor, acomodándose la chaqueta del traje—. Voy a ir para allá. Porque te juro que esa cita no va a terminar como Amanda y la descarada de su amiguita esperan.

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