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Capítulo 2. La amante de mi marido.

El trayecto desde la oficina de Víctor hasta el ascensor se le hizo eterno. Amanda caminaba con pasos rápidos, sintiendo que le faltaba el aire en los pulmones.

La furia le quemaba el pecho.

Nada, absolutamente nada había salido como ella lo planeó. Lo único que deseaba era que él firmara ese maldito papel, alejarse para siempre y borrar el apellido Grimaldi de su vida.

Lo odiaba.

Lo odiaba con la misma intensidad, o quizás más, con la que alguna vez fue lo suficientemente ingenua para amarlo.

Una vez dentro de la cabina del ascensor, sola por fin, soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y se apoyó contra la pared.

—Maldito descarado... —murmuró para sí misma, apretando los puños hasta clavarse las uñas en las palmas—. No te vas a salir con la tuya. De que me divorcio de ti, me divorcio. Cueste lo que cueste, volveré a ser Amanda Borbón.

Al salir del imponente edificio, el sol radiante de California la recibió de golpe. Su chófer privado ya la estaba esperando junto a la acera con la puerta del sedán abierta.

Amanda subió en silencio y se hundió en el asiento trasero. Necesitaba drenar esa rabia antes de que la volviera loca o terminaría gritando en medio de la calle.

—José, llévame al centro comercial de la zona exclusiva, por favor —pidió, intentando controlar el temblor de su voz.

—Enseguida, señora.

El viaje transcurrió en un silencio pesado. Amanda miraba por la ventanilla polarizada sin ver realmente nada de las palmeras o las mansiones que dejaban atrás.

Su cabeza era un bucle repitiendo la amenaza de Víctor una y otra vez.

Al llegar, el chófer detuvo el auto frente a la entrada principal, un lugar rodeado de lujo y marcas de diseñador.

—José, vienes por mí a las cuatro de la tarde.

—Sí, señora. Con permiso.

—Gracias —dijo ella, bajando del auto con la barbilla en alto.

Caminó directo hacia una de las boutiques de ropa y accesorios más elegantes del lugar.

El ambiente allí adentro era otro mundo: música suave de fondo, un aroma a perfume caro y exclusividad en el aire, y estanterías perfectamente ordenadas con blusas de seda fina y vestidos de lino que invitaban a tocarlos.

Empezó a pasear la vista por los maniquíes y los exhibidores, buscando algo, cualquier cosa que le distrajera la mente y le bajara los niveles de estrés.

Pero el destino le tenía preparada una jugada muy cruel.

De pronto, los pies se le quedaron pegados al piso. El corazón le dio un vuelco doloroso en el pecho.

Allí estaba ella.

A solo unos metros de distancia, en la sección de ropa de verano. Era exactamente la misma mujer de las fotografías que el detective le había mandado.

Melissa Rubiales. La amante de su esposo.

Amanda sintió que el estómago se le revolvía y un sabor amargo le subió por la lengua.

Verla en persona, allí mismo, era un golpe mil veces más fuerte que verla a través de la pantalla del celular.

Melissa era exuberante, bellísima. Tenía unas caderas amplias y unas curvas marcadas que lucían demasiado perfectas, incluso después de haber tenido un hijo. El hijo de Víctor.

Un nudo doloroso se le instaló en la garganta.

Esa mujer que estaba ahí, revisando trajes de baño con una sonrisa relajada, tenía la vida y la familia completa que a Amanda se le había negado.

Mientras ella seguía siendo una esposa de adorno, intacta y atrapada en una casa sin vida, Melissa era la que recibía el calor, la pasión y el tiempo del hombre que, ante la ley, le pertenecía.

La tristeza la paralizó solo un segundo. Inmediatamente después, una ola de celos, humillación y rabia barrió con cualquier rastro de lástima por sí misma.

El instinto fue mucho más fuerte que la educación y las buenas costumbres que la alta sociedad le había inculcado.

Sin pensarlo dos veces, avanzó con pasos firmes hacia donde estaba la rubia.

Melissa le estaba pidiendo una talla diferente a la vendedora, sonriendo con total despreocupación.

Cuando la empleada asintió y se dio la vuelta para ir a buscar la prenda al almacén, Melissa se quedó sola, hojeando distraída los trajes de baño sobre el mostrador.

Fue entonces cuando sintió una presencia a su lado. Levantó la vista.

Melissa arqueó una ceja, pero al enfocar bien la mirada y ver a Amanda parada a menos de un metro, toda la sangre se le escurrió de la cara.

La reconoció al instante. Cualquiera que viera televisión o leyera una revista sabría perfectamente quién era la imponente mujer que la estaba mirando de arriba abajo.

La rubia palideció de golpe, soltando la prenda que tenía en las manos.

—¿Usted...? —murmuró Melissa, dando un paso torpe hacia atrás al sentirse acorralada.

Amanda no le dio tiempo de reaccionar, ni de inventar una excusa, ni de hacerse la víctima.

La miró fijamente a los ojos durante un segundo que pareció detener el tiempo, concentrando en su mano derecha toda la frustración, el engaño y el dolor de esos tres miserables años de matrimonio.

Sin decir una sola palabra, levantó el brazo y le cruzó la cara con una bofetada tan que el sonido repicó en toda la boutique.

Melissa soltó un quejido apretado y se tambaleó, llevándose la mano de inmediato a la mejilla enrojecida.

La miraba con los ojos muy abiertos, muerta del susto, incapaz de articular una sola palabra.

Amanda dio un paso más al frente y la fulminó con la mirada.

—Soy la esposa de Víctor Grimaldi —soltó cada sílaba con una calma espeluznante—. Y tú no eres más que una cualquiera.

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