Mundo ficciónIniciar sesiónLisa vive a la defensiva. A sus 19 años, su alegría es real, pero su miedo a los hombres es el muro que la protege de un mundo que siente amenazante. Ben, marcado por un pasado turbulento, es el caos personificado y carga con culpas que no lo dejan avanzar. Cuando sus mundos colisionan, el destino los obliga a enfrentar un desafío inesperado: él debe aprender a ser la calma que ella necesita, y ella debe encontrar el valor para no salir corriendo. Es una historia sobre la fragilidad de la confianza y cómo dos personas rotas pueden encontrar, en el reflejo del otro, la fuerza necesaria para empezar a sanar.
Leer másEl asfalto serpenteaba entre los densos bosques de pinos, alejando a Lisa de la ciudad, del ruido de las bandejas en el pub y del peso asfixiante de sus libros de texto. Apoyada contra la ventanilla del coche, observaba cómo la luz del sol se filtraba entre las ramas, creando un juego de luces y sombras que parecía imitar su propio estado de ánimo.
A sus 19 años, Lisa era un enigma envuelto en una belleza que ella misma se negaba a reconocer. Su melena castaña caía en ondas descuidadas sobre sus hombros y sus ojos, de un verde translúcido, siempre parecían estar analizando una ruta de escape. Tenía la estatura y la elegancia natural de una modelo de pasarela, pero prefería caminar encorvada o esconderse bajo sudaderas anchas para evitar las miradas que tanto la incomodaban. Para Lisa, los hombres no eran compañeros potenciales; eran variables impredecibles que prefería mantener a raya. -¿Lisa? Tierra llamando a Lisa... -la voz de Noelia la sacó de su trance. Lisa parpadeó, enfocando la vista en el espejo retrovisor donde los ojos curiosos de su amiga la observaban. -Estoy bien, de verdad. Solo... es extraño estar tanto tiempo sin hacer nada. -Se llama "descansar", amiga. Deberías probarlo más a menudo -respondió África desde el asiento del copiloto, girándose para verla-. El trabajo de camarera te está consumiendo y la universidad no ayuda. Este fin de semana es para apagar el cerebro. El coche tomó una curva pronunciada y, de repente, el lago se abrió ante ellas como un espejo gigante de plata. A lo lejos, en la orilla opuesta, se divisaban unas cabañas de madera integradas perfectamente en el paisaje. -Te va a gustar la gente que viene -continuó África con una sonrisa traviesa-. Especialmente Ben. Es el tipo de chico que... bueno, que te haría olvidar ese voto de castidad que pareces haber hecho. Lisa suspiró, sintiendo la habitual punzada de ansiedad ante la mención de un nombre masculino desconocido. -No empecéis. Sabéis perfectamente que no estoy para juegos, ni para citas, ni para nada que implique "conocer" a alguien a ese nivel. Estoy aquí por vosotras. El silencio que siguió no fue incómodo, sino cargado de una comprensión dolorosa. Sus amigas conocían la historia. Sabían que tras la fachada de chica alegre pero tímida, había cicatrices de una adolescencia donde la confianza fue traicionada. Sabían que Lisa no era "dura" por elección, sino por pura supervivencia. -Lisa, algún día tendrás que dejar de decir "no" por defecto -dijo Noelia con una suavidad casi maternal-. Entendemos el miedo. Pero no todos los hombres son como los que te hicieron daño. Algunos... algunos solo quieren ver esa sonrisa tuya sin pedir nada a cambio. -¿Recuerdas a Iván? -añadió África para aligerar el tono-. El tipo se creía un galán de cine y cuando intentó pasarse de listo, le pusimos los puntos sobre las íes antes de que pudiera parpadear. Lisa dejó escapar una risa genuina, la primera del viaje. -Eso fue legendario. No creo que vuelva a acercarse a una chica en años. -¿Y Álex? -insistió Noelia-. El chico era el paquete completo: atento, divertido, un cuerpo de gimnasio y te traía café cada mañana... -¡Ah, Álex! -suspiró Noelia. -Es gay -sentenció Lisa, cortando el romanticismo de golpe. Las tres estallaron en carcajadas. El peso en el pecho de Lisa se aligeró. -Bueno -concluyó África mientras el coche aminoraba la marcha-, solo diviértete. Cuando llegue el adecuado, lo sabrás. ¡Ahora, a disfrutar! Momentáneamente los fantasmas de Lisa disiparon. Por un segundo, se permitió creer que quizás, solo quizás, este fin de semana sería diferente. El coche se detuvo sobre la gravilla, levantando una pequeña nube de polvo detrás de otros dos vehículos. Al salir, el aire puro y frío del lago llenó los pulmones de Lisa, dándole una sensación de libertad que rara vez sentía en la ciudad. -¡¿ESTÁIS PREPARADAS PARA DISFRUTAR?! -gritó África al viento, estirando los brazos hacia el cielo azul. Caminaron hacia la cabaña principal, una estructura hermosa de troncos oscuros y una gran terraza de madera. Lisa sentía los nervios a flor de piel, pero se obligó a mantener la cabeza alta. Noelia llamó al timbre y, tras unos segundos, se escucharon pasos pesados acercándose. Cuando la puerta se abrió, Lisa sintió como si el tiempo se detuviera de golpe. Frente a ellas apareció un hombre que parecía haber sido esculpido en la misma madera de la cabaña. Era alto, de hombros anchos que llenaban casi todo el marco de la puerta. Su cabello era oscuro y corto, y su mandíbula marcada le daba un aire de seriedad que Lisa conocía demasiado bien. Sus miradas se cruzaron y Lisa sintió un vuelco en el estómago que no pudo controlar. Se quedó boquiabierta. No era un extraño. Era Ben, el jefe de seguridad del local donde ella trabajaba cada noche. En el trabajo, él siempre era una figura distante y protectora; el hombre que vigilaba desde las sombras del rincón más oscuro, asegurándose de que nadie molestara a las camareras. Lisa siempre se había sentido extrañamente segura bajo su vigilancia, pero nunca lo había visto fuera de ese contexto. Allí, vestido con una camiseta informal que marcaba sus brazos fuertes y sin la mirada severa del trabajo, Ben parecía... diferente. Más humano. Más peligroso para la paz mental de Lisa. Sus amigas se intercambiaron una mirada de triunfo absoluto. El muro que Lisa había construido con tanto cuidado acababa de recibir su primer golpe directo. El fin de semana no había hecho más que empezar.La música retumba en el pecho como un latido constante, pesado y eléctrico, que parece marcar el ritmo de la sangre en tus venas. La zona VIP de la discoteca es un santuario de luces tenues, terciopelo oscuro y el brillo intermitente de las botellas de cristal premium, pero para ti, todo ese lujo es solo el telón de fondo de un juego mucho más peligroso.Hoy el aire se siente distinto, más denso, cargado de una electricidad que no proviene de los altavoces. Intentas concentrarte en tus tareas, en moverte con eficiencia entre las mesas bajas y los sofás de cuero, pero tus ojos tienen voluntad propia. Cada pocos segundos, tu mirada se escapa, buscando de forma casi magnética la figura de Ben en su puesto de trabajo.Y siempre lo encuentras.Ben no está simplemente trabajando; está vigilando, pero no a la multitud, sino a ti. Está apoyado con esa confianza arrogante que lo caracteriza, observando cada uno de tus movimientos desde la sombra. Cuando vuestras miradas chocan -y chocan consta
La tarde en el apartamento era un campo de batalla entre el deber y el deseo. Lisa intentaba memorizar artículos sobre el Código Civil, pero las palabras se emborronaban. Cada vez que cerraba los ojos, no veía leyes, sino la forma en que la polo de Ben se ajustaba a su torso, o el rastro eléctrico que sus dedos habían dejado en su palma.A las tres de la tarde, el hambre la obligó a salir de su burbuja. En la cocina, Noelia y África la esperaban como dos felinos acechando a su presa.-¿Se puede saber qué desayunaste que te tomó tanto tiempo volver? -preguntó Noelia con una sonrisa de suficiencia mientras servía la comida-. Normalmente a las cinco y media ya estás aquí, y hoy casi te dan las ocho.-Ben me invitó a desayunar -soltó Lisa, intentando mantener la voz neutral.Las dos amigas se congelaron. Se miraron entre sí y luego a Lisa, como si le hubiera crecido una segunda cabeza.-¡¿Ben?! -exclamaron al unísono-. ¿O sea que el "jefe de los músculos" ahora tiene detalles románticos d
El regreso a la rutina de la ciudad fue un choque de realidades. Lisa cruzó el umbral de su habitación y se dejó caer sobre la cama sin siquiera quitarse los zapatos. El techo de su cuarto parecía ahora el lienzo donde se proyectaban las imágenes del fin de semana: el azul del lago, la risa de sus amigas y, sobre todo, la figura imponente de Ben. Se pasó la mano por los labios, recordando lo cerca que había estado su aliento en la despedida, y una risa nerviosa y genuina escapó de su garganta. Con esa sensación de calidez en el pecho, el cansancio la arrastró a un sueño profundo y reparador que no dio tregua hasta las siete de la tarde.El sobresalto al ver la hora en el móvil fue casi violento.-¡No, no, no! -exclamó, saltando de la cama mientras el corazón le martilleaba las costillas.Tenía el tiempo justo para borrar el rastro del sueño y transformarse en la camarera eficiente del Malibú. Se metió en la ducha, dejando que el agua caliente relajara sus músculos todavía entumecidos.
La sorpresa dejó a Lisa paralizada por un segundo. Aquel hombre imponente no era un desconocido, pero su actitud en la cabaña distaba mucho de la frialdad profesional que mostraba en la **Discoteca Malibú**. Allí, Ben era una sombra vigilante; aquí, bajo la luz del sol que se filtraba por los ventanales de madera, era un torbellino de magnetismo.-Pasad, no os quedéis en la puerta -dijo Ben con voz firme pero amable.Al pasar junto a él, Lisa pudo notar el ligero roce del aire que desplazaba su cuerpo. Vio cómo sus músculos se tensaban bajo la camiseta para cederles el paso. Era como una danza de respeto y espacio.-Ben, ellas son Noelia y Lisa -presentó África con una sonrisa de oreja a oreja.-**Ya lo conozco** -soltó Lisa de inmediato, con una seguridad que la sorprendió incluso a ella misma.Ben arqueó una ceja y la recorrió con la mirada, de arriba abajo, tratando de encajar las piezas de un puzle que no terminaba de ver. Lisa, al notar el escrutinio, sintió que el calor subía po
Último capítulo