Mundo ficciónIniciar sesiónValeria Montenegro lo entregó todo por amor. Convertida en la esposa de contrato del despiadado CEO Alexander Blackwood, soportó tres años de humillaciones, desprecios y un matrimonio sin cariño. Para él, ella solo era una mujer oportunista que se atrevió a enamorarse del hombre más poderoso de la ciudad. La gota que colmó el vaso llegó el día en que Alexander la acusó públicamente de infidelidad, la echó de su mansión como a una cualquiera y firmó los papeles del divorcio sin siquiera mirarla a la cara, mientras su amante sonreía triunfante a su lado. Destrozada y con el corazón roto, Valeria descubrió esa misma noche que estaba embarazada… de trillizos. Decidida a no permitir que sus hijos crecieran junto a un padre tan cruel, huyó lejos y desapareció por completo. Cinco años después, Valeria regresa convertida en una exitosa mujer de negocios: hermosa, poderosa, inalcanzable y rodeada de tres niños idénticos a Alexander Blackwood. Ahora el juego ha cambiado. Alexander, que juró nunca volver a buscarla, se obsesiona al descubrir la verdad. El frío y arrogante CEO que una vez la humilló ahora está dispuesto a arrodillarse, perseguirla y suplicar por una segunda oportunidad. Pero Valeria ya no es la mujer inocente y sumisa de antes. ¿Podrá el hombre que destruyó su vida recuperar a la mujer que nunca supo valorar? ¿O será Valeria quien haga caer de rodillas al todopoderoso Alexander Blackwood? Una historia de venganza, pasión prohibida, arrepentimiento y un amor que renace entre mentiras y tres pequeños secretos que lo cambiarán todo.
Leer másEl sonido de sus tacones resonaban como una sentencia en el pasillo de mármol de Blackwood Tower. Valeria Montenegro apretó con fuerza la carpeta que llevaba contra su pecho, como si aquel papel pudiera sostener su corazón roto.
Tres años. Tres años de matrimonio de contrato, de amar en silencio al hombre más frío y poderoso de la ciudad, y hoy todo terminaba. Empujó las puertas de caoba del despacho presidencial sin llamar. Dentro, Alexander Blackwood estaba de pie frente al enorme ventanal, con las manos en los bolsillos de su traje negro Armani. Su silueta imponente contrastaba con la ciudad que se extendía a sus pies como un reino conquistado. Y a su lado, como siempre, Sophia Villarreal. La modelo de piernas interminables y sonrisa venenosa, con su mano perfectamente manicura apoyada en el brazo de él. —Vaya… —Sophia soltó una risa baja—. Mira quién se dignó a aparecer. Alexander giró lentamente. Sus ojos grises, fríos como el acero, la recorrieron sin ninguna emoción. Ni siquiera un destello de reconocimiento. Para él, Valeria ya era historia. —Firmaste los papeles —dijo Valeria, odiando cómo le temblaba la voz. Sacó los documentos de la carpeta y los dejó sobre el escritorio de cristal—. Solo necesito tu firma y desapareceré de tu vida, como tanto deseas. Alexander caminó hacia ella con esa elegancia peligrosa que siempre la había intimidado. Se detuvo a solo un paso, tan alto que Valeria tuvo que levantar la cabeza para mirarlo. —¿Tan ansiosa por liberarte, Valeria? —Su voz era baja, burlona—. Pensé que seguirías fingiendo ser la esposa devota un poco más. Valeria sintió que algo se rompía dentro de ella. Recordó las noches en que él la buscaba en la cama, posesivo y ardiente, solo para ignorarla por completo al amanecer. Recordó las humillaciones públicas, las palabras hirientes delante de sus empleados, las veces que le dijo que solo era una “mujer oportunista” que había tenido la suerte de casarse con él por contrato. —Nunca fingí amarte, Alexander —susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer—. Fui yo la estúpida que creyó que algún día me verías como algo más que un error. Sophia soltó una carcajada cristalina. —Qué patética. ¿De verdad creíste que un hombre como Alexander podría enamorarse de una secretaria mediocre? Alexander tomó la pluma de oro que estaba sobre el escritorio. Sin mirarla, sin dudar ni un segundo, firmó los papeles del divorcio con trazo firme y decidido. —Listo —dijo, empujando los documentos hacia ella—. Ya no eres nada mío. Sal de mi empresa y de mi vida, Valeria. Y no te atrevas a volver pidiendo dinero. Valeria recogió los papeles con manos temblorosas. El anillo de matrimonio, ese que nunca se había quitado, le quemaba en el dedo. Se lo quitó lentamente y lo dejó caer sobre el escritorio con un sonido metálico que pareció retumbar en todo el despacho. —Que seas muy feliz con tu elección, Alexander Blackwood. Dio media vuelta y caminó hacia la puerta con la poca dignidad que le quedaba. Antes de salir, escuchó la voz de él por última vez, fría y cortante: —No vuelvas a cruzarte en mi camino. Para mí, ya estás muerta. La puerta se cerró detrás de ella. En el ascensor, sola, Valeria por fin dejó que las lágrimas cayeran. Se abrazó el vientre de forma instintiva, sin saber aún que, en ese preciso momento, tres pequeños corazones latían dentro de ella. Los trillizos de Alexander Blackwood.El equipo de Alexander se movía como sombras por las calles empedradas de Barcelona. Viktor, el líder, revisaba su teléfono en la parte trasera de una furgoneta negra sin distintivos. Habían sobornado a dos taxistas y a un empleado del aeropuerto privado. Tenían una dirección aproximada: una urbanización exclusiva en las afueras, cerca del mar. —Objetivo confirmado con un 70% de probabilidad que sea ella. —dijo Viktor a través del auricular—. Una gran villa con alta seguridad y una mujer embarazada. Procederemos al anochecer. En la torre Blackwood, Alexander recibía el informe en tiempo real. Tenía los nudillos blancos de tanto apretar el teléfono. —Si son mis hijos, tráiganlos también. No dejen que Damien los toque. Y si Valeria se resiste… sedúcela, amenázala, lo que sea necesario. Quiero que vuelva. Su abuela Victoria irrumpió nuevamente en el despacho, esta vez acompañada de un abogado familiar. —Alexander, detén esta locura ahora mismo —exigió con voz temblorosa de furia—. A
Alexander Blackwood estaba de pie en la pista privada del aeropuerto, observando cómo su equipo de seis hombres subía al jet corporativo. Todos eran exmilitares, discretos y leales solo al dinero. El líder, un hombre llamado Viktor con una cicatriz en la ceja, se acercó a él. —Tenemos coordenadas aproximadas en las afueras de Barcelona. Una villa protegida por gente de Cross. Si ella está allí, la sacaremos en menos de cuarenta y ocho horas. Alexander lo miró con ojos fríos y obsesivos. —No la lastimen… todavía. Quiero que la traigan viva. Si está embarazada, confirmen que los niños son míos. Si Damien Cross se interpone, elimínenlo. No me importa el escándalo. Nadie me roba lo que es mío. Viktor asintió y subió al avión. Alexander se quedó mirando cómo el jet despegaba hacia España. Su teléfono no paraba de vibrar. Mensajes de su abuela Victoria: “Si la traes por la fuerza, nunca te perdonaré. Arréglalo como un hombre, no como un tirano.” Mensajes de su padre Richard: “Los inv
Alexander Blackwood irrumpió en la sala de juntas de la torre como un vendaval. Diez miembros del consejo directivo lo esperaban con rostros graves. Sobre la mesa había recortes de prensa y los reportes financieros estaban en rojos. —Esto es inaceptable —dijo el presidente del consejo, un hombre mayor de cabello blanco—. Las acciones han caído un 18% desde el escándalo. Los socios internacionales preguntan si Blackwood Group es una empresa seria o el capricho de un hombre que humilla a su esposa embarazada en la calle. Alexander apretó los puños sobre la mesa. —Valeria Montenegro no es más que un error del pasado. Estoy manejando la situación. —¿Manejando? —intervino Victoria Blackwood, que había exigido estar presente—. ¡La echaste a la calle bajo la lluvia mientras estaba embarazada! Sophia Villarreal sigue viviendo en tu penthouse como si nada. La familia entera está siendo señalada como monstruos. Richard Blackwood, su padre, habló con voz baja pero letal: —Dos contratos mil
Alexander Blackwood caminaba como un león enjaulado por su despacho en la torre. Las paredes de cristal ofrecían una vista imponente de la ciudad, pero él solo veía rojo. Sobre su escritorio había informes de detectives privados, registros de vuelos y fotografías borrosas de Barcelona. —¡Nada! —rugió, lanzando una carpeta contra la pared—. Han pasado semanas y solo tengo migajas. Damien Cross se la llevó y la escondió como si fuera un tesoro. Sophia entró sin tocar, vestida con un ajustado vestido negro, intentando calmarlo con caricias. —Amor, olvídala. Esa mujer solo te traerá problemas. Si está embarazada, probablemente ni siquiera son tuyos. Solo quiere dinero. Alexander la apartó con brusquedad, mirándola con desprecio por primera vez. —Cállate, Sophia. Todo esto empezó por complacerte. Por escucharte cuando me decías que Valeria era una oportunista. Ahora mi familia me mira como si fuera un monstruo. La puerta se abrió de golpe. Victoria Blackwood entró apoyada en su bastó





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