En la majestuosa mansión Blackwood, situada en las colinas privadas de la ciudad, la tensión se podía cortar con cuchillo. La abuela materna de Alexander, la venerable Victoria Blackwood, de setenta y ocho años, golpeó el bastón de madera noble contra el suelo de mármol del salón principal. Sus ojos, aún penetrantes y azules como el acero, brillaban de pura furia. —¡Eres una vergüenza para el apellido Blackwood! —gritó con voz sorprendentemente fuerte para su edad—. ¿Cómo te atreviste a humillar de esa forma a Valeria? ¡Echarla a la calle como a una cualquiera, delante de todo el mundo, solo para complacer a esa zorra interesada de Sophia Villarreal! Alexander estaba de pie frente a la chimenea, con un vaso de whisky en la mano y expresión impasible. Sophia, sentada en el sofá, palideció visiblemente. —Abuela, esto no es de su incumbencia —respondió él con frialdad—. Valeria era solo un contrato. Una oportunista que… —¡Cállate! —lo interrumpió Victoria, apuntándolo con el bastón—.
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